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De “rey del aborto” a líder pro vida en EE.UU.

© Jorosmtz
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Hoy se cumple el aniversario del nacimiento del doctor Bernard Nathanson

El 31 de julio de 1926 nacía en la ciudad de Nueva York, Estados Unidos, Bernard Nathanson, quien como médico obstetra sería conocido en la década de 1970 como “el rey del aborto”. Murió en la misma ciudad el 21 de febrero de 2011. Tras supervisar o directamente practicar alrededor de 75.000 abortos (el primero fue el que eliminó a su propio hijo luego de embarazar a su novia), cambió radicalmente su posición y se convirtió en un líder provida en su país, con proyección internacional.

Ese cambio de posición en un tema tan polémico como es el de la legalización del aborto supuso en un científico como Nathanson una gran honestidad intelectual, consigo mismo, con sus colegas y con la sociedad en general. Máxime cuando, como en su caso, él mismo fundamentó desde la ciencia médica, las razones para dicho cambio. Pero lo que el lobby abortista, actualmente devenido en empresariado del mismo rubro, no le perdonará jamás no es tanto que como médico antes implicado en numerosos abortos hubiera cambiado de postura al respecto. Lo que no le perdonan es que habiendo sido activista por la legalización del aborto en su país, dijera al mundo la verdad sobre las campañas que llevaron, en EEUU primero y luego a nivel mundial, a dar tal paso legislativo. 

Los enormes avances científicos en el área de la ginecología y la obstetricia le permitieron, paulatina pero inexorablemente, al otrora profesional convencido de la licitud del aborto descubrir un mundo nuevo ante sus ojos. El propio Nathanson lo expresó con estas palabras en su libro titulado “La mano de Dios”: “Eran los ultrasonidos, que abrían por primera vez una ventana en el vientre. Empezamos también a observar el corazón del feto en monitores electrónicos cardíacos fetales. Por primera vez, empecé a pensar sobre lo que verdaderamente habíamos estado haciendo en la clínica [se refiere a la clínica abortista que él mismo dirigía]. Los ultrasonidos nos introdujeron en un nuevo mundo. Por primera vez, podíamos ver de verdad el feto humano, medirlo, examinarlo, y, desde luego, crear un vínculo con él y quererlo".

En 1974, al año siguiente de la legalización del aborto en su país y a pesar de que, según sus propias palabras, continuaba realizando abortos en aquellos casos en los que según su conciencia resultaban éticamente aceptables, escribió un artículo en el New England Journal of Medicine en el que afirmó que “… la vida es un fenómeno interdependiente para todos nosotros. Es un espectro continuo que comienza en el útero y acaba con la muerte; las bandas del espectro se designan con palabras tales como feto, bebé, niño, adolescente y adulto. Debemos afrontar con valor -por fin- el hecho de que en el proceso del aborto se aniquila un tipo especial de vida humana y, dado que la mayoría de los embarazos se lleva a término con éxito, el aborto debe verse como la interrupción de un proceso que de otro modo habría engendrado un ciudadano del mundo. Negar esta realidad es el tipo más burdo de evasión moral”.

La “comunidad” científica reaccionó con virulencia ante el ídolo que había cambiado de parecer, llegando incluso a recibir Nathanson amenazas contra él y su familia. Todo lo cual conduce necesariamente a preguntarnos ¿de qué lado están el dogmatismo y la cerrazón mental cuando discutimos sobre aborto?

El valor de la coherencia profesional

Con una gran sinceridad humana, expresó que siguió “practicando abortos en 1976. Realizaba abortos y traía niños al mundo, pero las tensiones morales iban creciendo y se iban haciendo intolerables. En una planta del hospital asistíamos partos, y en otra planta realizábamos abortos. Como el caso Roe vs. Wade no establecía restricción alguna, podíamos realizar abortos en el noveno mes, antes de los primeros dolores de parto. … Yo a mediados de los setenta, mientras estaba en una planta inyectando solución salina hipertónica a una embarazada de 33 semanas, atendía, otra planta más abajo, a una parturienta de 33 semanas y trataba de salvar la vida de un bebé. Las enfermeras cayeron en el mismo lazo, el mismo hachazo moral. ¿Qué hacíamos aquí, estábamos salvando niños o los estábamos matando?”.

Su nombre ha sido alcanzado, como era de esperar, por una suerte de conspiración de silencio por quienes temen que un testimonio como el de este valiente galeno se haga masivo. Recelan también de que trascienda lo más elemental y simple del pensamiento de Nathanson: que si la gente que opina sobre el tema, viera con sus propios ojos lo que es, por un lado, el milagro del desarrollo fetal, y por otro lado, la crueldad de la eliminación física de la persona por nacer, el aborto no sería más que un triste recuerdo de una época oscura en la historia de la humanidad.

Nathanson reconoció que hasta que no tuvo la posibilidad de acceder a las primeras imágenes del desarrollo fetal no tomó plena conciencia de lo que estaba haciendo cuando practicaba un aborto. De ahí la importancia de ver lo que el aborto hace en la vida del niño, y también de la mujer que consiente esa eliminación. Pretender negar esas imágenes huele a mala fe en uno de los más álgidos debates contemporáneos y guarda reminiscencias negacionistas con quienes, por caso, intentan negar las claras imágenes de otros genocidios humanos de épocas recientes.

Acaso tenga razón el periodista español Eulogio López quien asegura que, dado el grado de virulencia e irracionalidad por parte de los grupos abortistas que pretenden negar lo obvio, es decir, que tras el eufemismo de “interrupción voluntaria del embarazo” lo que tiene lugar es la destrucción física de una persona humana indefensa, posiblemente suceda con esta práctica lo que ocurrió, por ejemplo, con la esclavitud. Un día los hombres se tomarán la cabeza preguntándose “¿cómo pudimos justificar esto?”, de modo similar a como en el siglo XIX se abolió la esclavitud en el mundo.

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aborto
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