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El Estado mexicano, la Iglesia y los migrantes

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Jorge Traslosheros - publicado el 29/07/14

Estamos ante una cotidiana emergencia humanitaria

El Coloquio “México-Santa Sede sobre migración y desarrollo”, además de una necesaria lectura religiosa que ya hemos tratado, tiene otra de carácter político que sobrepasa cualquier interés partidista o prejuicio ideológico, tan abundantes en nuestros días.

Es claro que el interminable flujo de migrantes desde Centroamérica y México hacia Estados Unidos ha tomado ya la forma en una extraña paradoja: estamos ante una cotidiana emergencia humanitaria. Esto implica un reto cultural y político de dimensiones épicas que ningún actor de la sociedad es capaz de resolver por sí mismo. La colaboración nacional e internacional es un imperativo ético y un asunto de sentido común.

En esta lógica, la Iglesia como actor destacado de la sociedad civil en México y en el concierto internacional,  bien podrá aportar su experiencia y red de apoyo e información, así como una visión antropológica fresca centrada en la dignidad de las personas; mientras que el Estado podrá otorgar su capacidad para sumar esfuerzos con distintos actores sociales y articular políticas públicas de larga duración dentro y fuera del país. En esta dinámica, de consolidarse, podría darse la feliz coincidencia entre las razones de la fe y la fe en la razón como instrumento capaz de resolver problemas en miras al bien común. Cuando esto sucede, sin excepción, los primeros en salir beneficiados son los más sencillos y vulnerables.

Bajo cualquier hipótesis, lo cierto es que la celebración del Coloquio y la visita del cardenal Parolín nos indican claramente que estamos entrando en una nueva etapa de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, lo que constituye una excelente noticia para los mexicanos.     

Como es bien conocido, la historia de las relaciones entre el Estado y la Iglesia no ha sido sencilla en México. Terminado el proceso de independencia en 1821, de forma natural se experimentó con un Estado nacional de tipo confesional que, por diversas razones, fracasó. El resultado fue el nacimiento de un modelo muy distinto que llamamos Estado laico, producto de las reformas de mediados del siglo XIX encabezadas por Benito Juárez. Un experimento de organización política aconfesional desconocido no solamente en la historia de México, también en la de Occidente. Desde entonces, su manejo ha significado un largo y doloroso proceso de aprendizaje que ha implicado distintos momentos de persecución religiosa, abierta y de baja intensidad, como también situaciones de connivencia producto de la falta de claridad en los marcos de relación, a su vez derivada de una pobre comprensión del modo de llevarla adelante. La situación  empezó a ganar claridad con las reformas constitucionales de 1992 que otorgaron personalidad jurídica a las iglesias, de las cuales participó el cardenal Parolín, y, más reciente, con la reforma en materia de libertad religiosa.

El camino ha sido largo. La Iglesia, no sólo en México, realizó un esfuerzo inmenso para comprender la nueva situación histórica, lo que derivó en la doctrina sobre la libertad religiosa del Concilio Vaticano II. Así, poco a poco, los católicos hemos aprendido a ser sociedad civil, sin necesidad de diluir nuestra identidad. Nos falta mucho, pero las bases son firmes. Al mismo tiempo, ante la maduración de la sociedad civil, el Estado mexicano ha aprendido a relacionarse sin complejos con los muy diversos actores de la sociedad, entre ellos la Iglesia Católica cuya complejidad internacional, hecho que la caracteriza, finalmente se toma en cuenta sin tapujos.

Esta nueva situación parece incomodar a los nostálgicos del pasado. A quienes sustituyen el análisis con teorías del complot, viendo en cada puerta que se abre al diálogo el fracaso del Estado laico, los invito a reflexionar sobre las bellas implicaciones de la normalidad democrática. A cuantos ven en la colaboración un acto de sumisión al poder del Estado o, peor, el renacer de vanaglorias que nunca existieron, les recuerdo el Evangelio: quien pone la mano en el arado y echa la vista atrás, no es digno del reino de los cielos. 

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