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Pide docilidad: aprenderás a vivir de otra forma

© Milan Bruchter/SHUTTERSTOCK

Carlos Padilla Esteban - publicado el 28/07/14

¿Soy dócil cuando me corrigen? ¿Me dejo guiar por otras personas? ¿Acepto sólo las correcciones de aquellas personas a las que admiro y respeto?

La actitud del rey Salomón ante la vida siempre me impresiona. Dios le pregunta qué es lo que pide y Salomón no pide lo que era de esperar. No pide una vida larga, ni éxito en sus empresas, ni fecundidad, ni riquezas, ni siquiera paz en su reino. No, Salomón pide docilidad y sabiduría para decidir como rey.

Esa actitud conmueve a Dios. Docilidad para escuchar su voluntad y hacer realidad sus deseos. ¿Qué le pido a Dios al dar un paso importante en mi vida?

Salomón lo que pide es un corazón para estar al servicio de los demás. Salomón quiere que Dios sea el criterio de decisión en su vida, en cada paso del camino. Docilidad. ¡Qué bonita palabra! ¡Qué difícil vivirla!

Muchas veces le pedimos a Dios ser felices, plenos, tener éxito en la vida. Tal vez por eso hay tantas frustraciones en el alma. Pedimos lo que nadie nos puede asegurar. Nos obsesionan el dinero, el éxito, la fama.

Nos preparamos bien pensando en todo lo que podemos alcanzar. Soñamos con los mejores sueldos y el ascenso más envidiado.

Nos encanta despertar admiración y que los demás deseen lo que tenemos. Una empresa de éxito que triunfe en todo el mundo. Una idea genial que encuentre la gloria. Estar en el momento oportuno. Saber escalar posiciones. Utilizar a las personas en la medida en la que nos son útiles para lograr nuestros fines. ¿Le pedimos a Dios docilidad y sabiduría para la vida?

Pedir docilidad es aprender a vivir de otra forma. Quisiéramos ser dóciles para escuchar lo que Dios nos pide, para acoger otras opiniones, para estar dispuestos a aprender cada día. Pero la verdad es que la docilidad no es algo tan atractivo.

Decimos que alguien es demasiado dócil, que no tiene fuerza de carácter, que se deja llevar por la opinión de los otros, arrastrar por la marea. Suponemos que la docilidad nos convierte en personas inútiles, dependientes, influenciables, faltos de carácter y de decisión.

La palabra docilidad nos parece un sinónimo de debilidad. Pero no es así, es una palabra muy rica en contenido.

Cuando deseamos aprender algo en algún campo o vemos importante mejorar en nuestra vida personal, nos ponemos voluntariamente bajo la tutela de alguien que conoce y domina el tema, con el fin de progresar rápidamente y por un camino seguro.

La docilidad es el valor que nos hace tener la suficiente humildad y capacidad para considerar y aprovechar la experiencia y conocimientos que los demás tienen.

La docilidad nos ayuda a ser más sencillos, pues nos dispone a escuchar con calma y atención, a considerar las sugerencias que nos hacen y a tomar decisiones más serenas y prudentes a partir de la información recibida.

Pero no es fácil ser dóciles. Nos gusta imponer nuestro criterio. No nos gusta someternos a los criterios de los otros. Nos cuesta pedir ayuda y dejarnos complementar.

Miramos a Jesús. Él fue dócil en su camino en la tierra y nos enseña cómo vivir. La actitud interior de Jesús es la docilidad. Es niño, es hijo, es fiel a Dios en su corazón. María modeló su corazón. Jesús fue dócil en las manos de María.

Se hizo dócil a sus deseos y a los deseos de su Padre. Hasta el punto de afirmar que su único alimento era hacer la voluntad de Dios. Jesús es obediente, dócil a su querer. Jesús nos enseña que la actitud interior es lo que realmente importa.

Decía el padre José Kentenich: «Cuando Jesús habla de actos u obras exteriores, rompe lanzas por un cierto minimalismo. Vale decir que no pone tanto el acento en los actos u obras exteriores en sí mismos, sino más bien en cuanto son expresión de un sentimiento o actitud interior. Lo esencial es pues la conversión del corazón. Sí, es en nuestro interior donde tiene que operarse una transformación

»[1].

Los actos en su apariencia pueden ser parecidos. La motivación que nos lleva a realizarlos puede ser muy distinta. Le pedimos a María que nos enseñe a ser dóciles, a tener los sentimientos de Cristo, a ser como Él.

¿Soy dócil cuando me corrigen? ¿Me dejo guiar por otras personas? ¿Acepto sólo las correcciones de aquellas personas a las que admiro y respeto? ¿Acepto que me den consejos válidos incluso en aquellos campos que creo dominar? ¿Me dejo educar por otros? Son preguntas difíciles.

La vida nos muestra que muchas veces no somos nada dóciles. Tampoco con Dios. No aceptamos sus caminos. Nos rebelamos ante sus deseos. Nos asustamos al pensar en la cruz. Nos da miedo su fracaso en lo alto del madero.

La docilidad que nos lleva a dar la vida nos parece excesiva y temblamos. Queremos ser dóciles pero sólo hasta cierto punto, con una cierta medida, pero no sin medida. El amor de Jesús no tiene medida, no conoce límites, obedece hasta el final.

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