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Cómo la paz del Papa casi termina con la Primera Guerra Mundial

Library of Congress/Public Domain

Philip Jenkins - publicado el 28/07/14

El nuevo orden del mundo de Benedicto XV

Hace cien años, millones de cristianos europeos vieron la llegada de la guerra con un grado de aceptación, incluso de júbilo, que a posteriori parecía difícil de creer.

Para los alemanes, especialmente, este fue un momento de Transfiguración, un Nuevo Pentecostés. Otros países vieron cumplirse la profecía, un signo apocalíptico. Entre todas las iglesias del mundo, es difícil encontrar líderes que hubieran hablado como hubiéramos deseado que lo hiciera un hombre cristiano de experiencia en aquellas terribles circunstancias. Con algún alivio, sin embargo,  podemos mirar hacia aquel hombre que de hecho habló como un profeta, y quien además ofreció una visión genuinamente realística de la paz.

Bajo el Papa Benedicto XV (1854-1922), el Vaticano se volvió un centro para el activismo efectivo de paz cristiana. Benedicto asumió el cargo el 3 de septiembre de 1914, una pesadilla en la historia europea. (La muerte de su predecesor, Pío X, se había acelerado por la presión y los miedos debidos al comienzo de la guerra). El ejército alemán avanzaba en París, y la titánica Batalla de Marne estaba sólo a días de distancia. Había terminado el año y dos millones de soldados yacían muertos, cristianos asesinados abrumadoramente por otros cristianos.

¿Qué podríamos esperar que hiciera el Papa en estas circunstancias? Lo primero, claramente, era lamentarse de la matanza, y suplicar el fin de la violencia, y esto hizo Benedicto repetidamente. En el curso de una semana desde su ascenso, condenó “el terrible espectáculo de esta guerra que había llenado el corazón de horror y amargura, observando toda Europa devastada por el fuego y el acero, enrojecida con la sangre de cristianos”. La guerra era “la pesadilla de la ira de Dios”.

En noviembre de 1914, protestó, “No hay límite a la medida de ruina y matanza; día a día la tierra es empapada con la sangre recién derramada, y cubierta con los cuerpos de los heridos y asesinados. ¿Quién puede imaginar, mientras los vemos llenos de odio unos a otros de esta manera, que son todos de un mismo linaje, de una misma naturaleza, todos miembros de una misma sociedad humana? ¿Quién reconocería a los hermanos, cuyo Padre está en el Cielo?

En 1916, se llevó a cabo su famoso lamento “el suicido de la Europa civilizada”.

Benedicto también ofreció planes estrictamente prácticos para limitar el conflicto. En 1914, instó, al menos temporalmente al cese del fuego en Navidad para que el cañón no bombardeara la noche en que los ángeles cantaron. Pero su enorme contribución llegó en agosto de 1917, en un tiempo en que todo el poder de los combatientes se enfrentaban al agotamiento y la desmoralización – un tiempo de hambre, y profunda intranquilidad en todo el continente. En ese momento catastrófico, ofreció una propuesta de paz que, cuando consideramos cómo se llevaron a cabo los eventos, suena como una alternativa casi utópica.

Clamando hablar desde una posición de total imparcialidad, Benedicto invitó a la paz sin victoriosos o perdedores. Los estados rivales cesarían la batalla y restaurarían los territorios que habían conquistado, dejando las disputas al arbitraje. Básicamente, sin embargo, el punto fundamental debe ser la sustitución de la fuerza material de armas por la fuerza moral de la ley; por lo tanto, un solo acuerdo de todos para la reducción simultánea y recíproca de los armamentos, según reglas y garantías que establecieran en la medida necesaria y suficiente el mantenimiento del orden público en cada estado; Entonces, en lugar de ejércitos, la institución del arbitraje, con su noble función de pacificación, de acuerdo a los estándares que se acordaran y con las sanciones a decidir contra el estado, quien habría podido rehusarse a presentar asuntos internacionales ante el arbitraje o aceptar sus decisiones.

Una vez desarmadas, las naciones europeas usarían el dinero ahorrado para la reconstrucción social.

El nuevo orden global de Benedicto reconocería la libertad de los mares y los derechos de los países más pequeños:
El mismo espíritu de igualdad y justicia deberían dirigir el examen de otras cuestiones territoriales y políticas, especialmente aquellas relacionadas con Armenia, los Países Balcánicos, y los territorios compuestos por el antiguo Reino de Polonia, por el que especialmente sus nobles tradiciones históricas y los sufrimientos que había padecido, particularmente durante la presente guerra, habrían de emplear con razón las simpatías de las naciones.

Benedicto incluso favoreció el fin del reclutamiento militar, que en el contexto europeo de la época habría constituido una revolución social.

Aunque la propuesta de Benedicto fracasó en su propósito, los poderes enfrentados la trataron como una seria base para la negociación. Bajo su nuevo Emperador Karl, Austria y Hungría brevemente se inclinaron hacia la aceptación. El problema era que, incluso después de pérdidas desastrosas, cada poder creía que se entrevería una visión de la victoria final, que duraría lo suficiente para ver a sus rivales derrumbarse, y sobrevivir como el último soldado.

También, años de propaganda habían sometido a cada nación a la creencia que sus enemigos eran diabólicos con quienes no era posible ningún acuerdo. En su implacable poema “La Guerra Santa”, Rudyard Kipling denunció la credulidad idiota del “Papa, las incertidumbres neutrales” que fallaron en reconocer el carácter apocalíptico de la lucha.

Finalmente, los poderes rechazaron la paz, y el mundo tuvo que padecer otro año de masacre.

En retrospectiva, sin embargo, las ideas de Benedicto impresionaron por su practicidad. Si sus principios sonaban familiares, era porque habían sustancialmente incorporado los Catorce Puntos de Woodrow Wilson el año siguiente, que suministraron los términos en los que los alemanes derrotados finalmente aceptaron el armisticio. Llevados a cabo en la línea que Benedicto había previsto, su esquema de 1917 podía haber evitado los desastres de la guerra de 1918, e incluso la Segunda Guerra Mundial.

En 2005, cuando Joseph Ratzinger se hizo Papa, tomó el nombre de aquel gran predecesor que había intentado llevar la paz a una Europa profundamente dividida. Estaba rindiendo tributo a uno de los mejores papas de los tiempos modernos. El suyo es un nombre excelente para recordar en este centenario.

Philip Jenkins es un distinguido profesor de Historia en la Baylor University y autor de The Great and Holy War: How World War I Became a Religious Crusade.

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