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El Papa Francisco cree en la evolución

Michelle W
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Los ideólogos del cientificismo no captan el quid de la cuestión cuando se habla de creación

"¿Será que el nuevo papa cree en la evolución?", preguntó un artículo publicado poco después de la elección del papa Francisco por el Colegio Cardenalicio. La respuesta, que pretendía causar sorpresa, fue "sí". Y el autor añade a renglón seguido: "Los católicos, en gran parte, no captan el quid de la cuestión".
 
¿Por qué? Porque la Iglesia reconoce la existencia de un proceso evolutivo (san Agustín lo sugería ya en el siglo V d.C.), pero también insiste en afirmar que "la implicación de Dios" en ese proceso debe ser reconocida. Pero el darwinismo, a su vez, afirma que la evolución tiene lugar a través de la supervivencia de variaciones genéticas aleatorias, sin que sean guiadas por un propósito o designio superior alguno. Los comentaristas populares concluyen, por tanto, que la Iglesia Católica sólo acepta de boquilla a la biología moderna: la evolución y la creación no pueden ser compatibles, en realidad.
 
Los ateos y los fundamentalistas coinciden en el mismo error: que los cristianos tienen que elegir entre sus creencias y la biología. Esto es lo que Nietzsche llamó “auténtico juicio cristiano de la ciencia,” o sea, de que ésta es “de rango secundario, no definitivo”. Para los ateos, esta es una razón para repudiar al cristianismo; para los fundamentalistas, es una razón para repudiar a la biología moderna.
 
Pero sin embargo, aquí son los comentaristas populares, y no los católicos, los que no captan el quid de la cuestión: ¡la teología católica nunca ha tenido nada que ver con ese “juicio cristiano "!
 
Los argumentos favorables al diseño inteligente, populares en especial en los círculos protestantes, asumen que los argumentos teológicos sólo pueden valer cuando los biológicos fallan, y que la aparición de un propósito en la naturaleza sólo puede ser explicada por la invocación de un Creador divino, no por un mecanismo científico.
 
Pero desde la perspectiva católica, esta es una falsa dicotomía. El problema no es que Darwin no tuviera en cuenta el diseño, sino que la gente empezara a creer que la existencia o no de ese diseño se pudiera demostrar con la ciencia natural.
 
La suposición de que la evolución biológica no tiene ningún propósito o designio no entra en conflicto con la teología, porque es una respuesta a una cuestión científica, no teológica. Como Tomás de Aquino enfatizó, mucho antes de la revolución Científica, la ciencia natural y la teología no son cuerpos de conocimiento en competición; son, al contrario, formas distintas y complementarias de investigación.
 
"¿Por que existe la silla?". Según Aristóteles, esta pregunta puede ser interpretada de cuatro maneras diferentes, que son: "¿Quién hizo la silla?"; "¿Para qué?"; "¿Cuál es su naturaleza?" y "¿De qué está hecha?".
 
Cada forma de hacer la pregunta corresponde a una diferente causa. La palabra “causa”, en griego antiguo (aitia), también significa "razón": la razón por la que. Confundirlas lleva al absurdo: cuando alguien pregunta “¿Quién hizo la silla?”, es inapropiado responder “¡Para sentarse!”. Cada pregunta exige su propio tipo de respuesta. Una explicación completa, pensaba Aristóteles, recoge las cuatro preguntas y sus respectivas respuestas.
 
Que las cuatro causas originales puedan ser mantenidas en el ámbito de la ciencia, es algo controvertido. Lo que Aristóteles llamó "causa formal", que corresponde a la naturaleza metafísica de una cosa, fue atacado al principio de la era moderna por los escritos de filósofos como Locke y Hume. Ellos decían que la ciencia moderna puede explicar de qué está hecha una cosa y cuáles son las leyes que la gobiernan, sin  necesitar hablar mucho de naturalezas metafísicas.

 
Hayan sido o no las causas formales relegadas o no de la ciencia, lo que Aristóteles llamó "causas finales" ("¿para qué?") es una cuestión mucho más resistente, por lo menos en el campo de la biología.
 
Galileo, Newton y otros científicos habían dejado de lado el "¿para qué?" de las cuestiones de la física. La ciencia moderna parecía capaz de explicar el mundo físico en términos puramente "mecanicistas", sin recurrir a nociones no-científicas como "designio" o "propósito". Pero muchos resistieron la intrusión de la ciencia moderna en el terreno biológico.
 
La razón es que las causas mecanicistas parecían incapaces de explicar el propósito o la finalidad (el designio) observable en la naturaleza biológica. Los "vitalistas" alegaban que esto se debe al hecho de que la vida es algo metafísicamente único; incluso Kant, que no defendía los argumentos tradicionales respecto de Dios, sugirió que la naturaleza biológica indica el designio de una especie de Creador.
 
Darwin probó que la ciencia moderna puede explicar el designio mostrando que es ilusorio: la complejidad que parece ser marca de un Creador es el resultado final de variaciones aleatorias durante un largo período de tiempo. Así, expulsadas de la física, las "causas finales" que se habían refugiado en la biología fueron expulsadas de ella también.
 
Pero expulsar a las "causas finales" de la ciencia no es expulsarlas de toda forma de explicación. Ellas pueden seguir prosperando en el campo metafísico, como de hecho lo hacen.
 
Darwin sólo mostró que la biología, como opuesta, por ejemplo, a la metafísica, a la teología o a la ética, debe proveer las "causas finales" como la física hizo en los tiempos de Newton. Esto sólo libera a los biólogos de la necesidad de responder a preguntas sobre la finalidad, dejándonos libres para seguir lidiando con ellas, si lo queremos así.
 
El problema no es Darwin, sino la noción moderna de que la teología sólo puede discutir lo que la ciencia no consigue explicar. Dado que la ciencia no conseguía explicar el orden biológico en cierta época, las personas empezaron a creer que el orden biológico estaba más allá del avance científico. Pero si tu basas tu religión a partir de las lagunas del conocimiento científico, inevitablemente ésta se derrumbará cuando esas lagunas se llenen.
 
Es mejor seguir a Tomás de Aquino, que hizo una distinción de naturaleza entre las cuestiones teológicas y las natural-científicas.
 
Tanto la teología como la biología moderna preguntan: "¿Por que existen seres humanos?". Pero ambas entienden la pregunta de forma diferente. Para la biología moderna, la pregunta significa: "¿Cuáles son las partes que constituyen los seres humanos?", "¿Cómo y cuando los seres humanos entraron en escena?". Y las respuestas a esas preguntas ("células y genes" o "variaciones genéticas aleatorias a lo largo del tiempo") son lo que Tomás de Aquino llamó causas "secundarias". Son explicaciones mundanas de cosas en la naturaleza, que pueden invocar leyes probabilísticas, selección natural o lo que la teoría científica más reciente sugiera.
 
Pero la teología pregunta por aquello que Tomás de Aquino llama causas "primarias": "¿Cuál es la fuente extramundana del ser?", "¿Cual es el significado y el designio de la creación?". Ni los registros fósiles, ni la selección natural responden a estas cuestiones. Y no porque sean herramientas defectuosas, sino porque no son las herramientas adecuadas para esta tarea. Confundir cuestiones teológicas y científicas es cometer un error de categoría.
 
El concepto teológico de creación no es un concepto científico. El Dios de la teología católica no es, como Agustín enfatizó, el comienzo de la existencia, sino su causa en sentido extra-temporal y metafísico. Dios da origen y sostiene la existencia, llenándola de sentido: haya venido el hombre o no del pez, del mono o del polvo de las estrellas, y sean o no probabilísticas las leyes que rigen esa evolución.
 
Son los ideólogos contemporáneos del cientificismo los que "no captan el quid de la cuestión" en lo referente a la evolución. La evolución no rechaza a Dios, como tampoco el electromagnetismo rechaza la conciencia moral. Y el papa Francisco no es el primero en reconocerlo.
 

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