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¿Qué tesoro persigues?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 26/07/14

A veces perseguimos pequeños tesoros que dejan nuestro anhelo de eternidad insatisfecho

Hoy Jesús utiliza dos parábolas para explicar cómo es el Reino de Dios en la tierra: «El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra».

Lo compara con un tesoro escondido, con una perla fina. Sabemos que no es oro todo lo que reluce. Pero el Reino de Dios sí es oro verdadero. Hoy nos gusta ponerle un precio a todas las cosas. Le ponemos precio a los bienes, a las personas incluso. También los futbolistas tienen su precio. Algunos valen poco, otros mucho.

A veces el precio no se pone por el valor de lo que se vende, sino por el poder adquisitivo de quien está dispuesto a adquirirlo. Tienes mucho, puedes pagar mucho. Si hay mucha oferta, el precio baja.

Es difícil saber el valor real de las cosas. Se convierte en algo subjetivo, cambiante. El famoso valor de mercado le pone precio a las cosas, a la vida misma.

En esta época de crisis todo vale mucho y tenemos poco para comprar. Pero todos caemos en el peligro del que nos hablaba el Papa Francisco: «El antiguo culto al becerro de oro ha encontrado una imagen nueva y despiadada en el fetichismo del dinero. Hoy no manda el hombre sino el dinero. ¡El dinero debe servir y no gobernar!».

Nos hemos vuelto consumistas, esclavos. Compramos aunque no necesitemos. Deseamos poseer y la publicidad despierta el deseo de adquirir cosas nuevas. No compramos tesoros. Porque un tesoro no se pone a la venta, se guarda para siempre. Simplemente adquirimos cosas que luego podemos tirar para adquirir cosas nuevas. Compramos lo que nos es útil y lo que no resulta útil.

A veces las personas valen por los bienes que poseen. O valen más si nos son útiles y necesarias en un determinado momento.

En ocasiones deseamos adquirir algo y nos obsesionamos. Estamos dispuestos a pagar mucho, a endeudarnos. Deseamos una casa, un viaje, un sueño que puede hacerse realidad. Perdemos la razón y el sentido. Y si no alcanzamos lo que deseamos, nos desesperamos.

Son tesoros pequeños, mínimos, intrascendentes. Todos ellos dejan nuestro anhelo de eternidad insatisfecho. Jesús nos habla del Reino oculto y hallado. Lo más valioso, aquello por lo que merece la pena darlo todo, es el verdadero tesoro en nuestra vida. Es la belleza escondida en el corazón. El tesoro, nuestro propio tesoro, ¿qué es lo que buscamos en la vida? ¿Qué perseguimos, qué anhelamos?

El tesoro te lo encuentras. Donde está tu tesoro allí está tu corazón. Descubrirlo y poseerlo se convierte en la máxima prioridad en nuestra vida. Aunque no siempre sabemos dónde buscar. Creemos que el tesoro está muy lejos de nosotros. Pero está cerca. Lo dejamos todo para poseerlo. Somos capaces de renunciar a otras cosas por el tesoro que hemos encontrado. Deseamos un tesoro que no está a la venta, que parece inalcanzable.

Es el tesoro que encontramos cuando no lo buscamos, o a lo mejor nos sale al encuentro en medio de la búsqueda. Es un tesoro que nos cambia la vida para siempre. Una piedra preciosa que merece la pena. ¿Qué puede valer tanto como para que merezca la pena venderlo todo con tal de adquirirlo? Es el Reino de Dios, es ese amor de Dios que nos transforma, es su presencia viva y llena de esperanza.

Sí. El tesoro escondido es Cristo. En nuestra vida se esconde como un tesoro y a veces pasamos de largo buscando otros tesoros sin valor. A lo mejor nos hace falta tener esa mirada que Dios tiene para distinguir lo que realmente vale la pena.


Hace falta descansar más en el corazón de Dios para no vivir perdidos. Anclados en la tierra y anclados al mismo tiempo en el cielo. Queremos vivir entre los hombres y reposar en el corazón de Dios. Conocer la turbulencia de la vida, los conflictos, las injusticias, el dolor y la falta de paz y abrazar la esperanza de una vida plena.

Mirar cara a cara la muerte y la vida, vivir confiados aunque hayamos visto de qué color se viste la traición. Acariciar el desamor casi sin saberlo pero creer siempre que merece la pena amar. Recoger heridos por el camino con alma de buen samaritano. Fracasar y volver a empezar, sin miedo, con esperanza.

Mirar con ojos humanos la realidad con sus dificultades y alegrías, pero saber también caminar con una mirada divina. Saber ver debajo de la tierra, en lo invisible. No dejarse llevar por las modas, por las corrientes, por el valor de mercado.

El tesoro en esta vida se encuentra escondido y no es evidente. Las personas sencillas lo captan con prontitud. Las que están acostumbradas a buscar cinco pies al gato no encuentran lo que buscan. Lo importante es no dejar nunca de buscar.

El que anhela un tesoro para su vida es un buscador. Decía Khalil Gibran: «No me interesa saber a qué te dedicas. Quiero saber qué es lo que añoras y si te atreves a soñar o alcanzar lo que tu corazón ansía. No me interesa saber qué edad tienes. Quiero saber si te arriesgarás a parecer un loco por amor, por tus sueños, por la aventura de estar vivo».

Ser buscador significa estar en camino. Significa no tenerlo todo claro y seguir caminando buscando el tesoro. Significa estar dispuestos a dejarnos hacer cada día, sin miedo. Ser buscador es ser peregrino. No un poseedor, sino un caminante. Sin todas las respuestas, con muchas preguntas. Anhelando un tesoro, siempre buscando. 

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