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​Toda la familia a la maratón

Opus dei

Opus Dei - publicado el 25/07/14

La historia de un profesor de educación física que dejó su carrera deportiva como remero para dedicarse a su familia

Mi nombre es Juan Manuel Florido, tengo 39 años, soy profesor de educación física en un Colegio de Sevilla y mi afición es correr maratones. Hasta aquí no hay nada especial, pero si le añadimos que estoy casado y tengo 5 hijos, esperando el sexto, seguramente cambia un poco la cosa. Y si encima considero esta afición como un medio que me puede ayudar a acercarme a Dios, todavía cambia más.

Antes de practicar atletismo popular me dedicaba profesionalmente a otro deporte: el remo. Este deporte ocupaba el centro de actividad diaria siendo una etapa muy cómoda en mi vida, ya que empleaba el tiempo de trabajo exclusivamente a entrenar y competir.

Aunque es verdad que el deporte me ayudaba a desarrollar ciertas virtudes (esfuerzo, responsabilidad, sacrificio, disciplina, etc.) no le daba el sentido pleno que cualquier actividad humana requiere. 

Mi último año en la etapa de remero, y cuando tenía que afrontar una posible clasificación para los Juegos Olímpicos de Pekín y a la espera del nacimiento de mi tercer hijo, me daba cuenta que algo no iba bien.

Me costaba mucho compaginar mi vida familiar con la vida deportiva, y aunque contaba con el apoyo incondicional de mi mujer, algo fallaba. Entonces decidí radicalmente dejar mi carrera deportiva para dedicarme a mi familia.

Por aquel entonces, todavía no había oído hablar de santificación de la vida ordinaria ni de nada parecido, y por supuesto tampoco que una afición personal pueda ser un medio que nos acerque a Dios.

Comencé con mi nueva etapa de corredor aficionado a la vez que conocía las enseñanzas de san Josemaría. Y a partir de entonces, mi vida deportiva adquirió una nueva dimensión, ya que empecé a comprender que cabe ofrecerla a Dios y así acercarme a Él.

Mis hijos también aprovechan estas ocasiones para participar en competiciones.

Juan Pablo II era un gran deportista y veía la práctica del ejercicio físico como una escuela de virtudes. En las numerosas audiencias a gente de este mundo, les instaba a poner el deporte como un medio de crecimiento personal al servicio de Dios, y afirmaba que la actividad deportiva fomenta los valores familiares.

Conciliar el deporte con la vida familiar adquiere ahora el verdadero sentido en mi nueva etapa de corredor popular, y -¿por qué no?- una ayuda para acercarme a Dios.

Yo estaba acostumbrado a irme de concentraciones y regatas dejando a los míos en casa. Al apuntarme a las carreras, mi mujer me dijo ellos irían a verme. De hecho, que no se me pasara por la cabeza apuntarme a una carrera en la cual no contara con la presencia de toda la familia.

Y eso es lo que hacemos. Siempre vamos juntos a las carreras y solemos aprovechar el día para comer fuera, hacer turismo y quedar con otras familias.

Solemos buscar carreras en las que a la vez haya competiciones de pequeños, para que así mis hijos también puedan participar.

Me encanta llegar a los últimos metros de la carrera, justo antes de la meta, para ver a los míos que están gritando “¡papá, papá,…!”. A ellos les gusta contar los corredores que hay delante de mí para informarme del resultado. En muchas ocasiones estudiamos el recorrido para ver la posibilidad de encontrarnos en varios puntos por donde pasa la carrera.

Cuando vamos a las carreras nos tienen “identificados” ya que siempre vamos todos y son frecuentes los comentarios por este motivo.

Un día esta circunstancia solucionó un problema: además de mi prueba también había carreras de niños, y se unió la confusión de mi calentamiento con las carreras infantiles y se nos despistó la pequeña (tenía 2 años).

No nos dimos cuenta hasta que el “speaker” dijo mi nombre por los altavoces, reconociendo que era nuestra hija (por las veces que nos había visto en las otras carreras), y me llamó bromeando para que fuera a recogerla.

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