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​¿Me conozco? ¿Me quiero?

MARIA ANTONIETTA

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 25/07/14

¡Cuánto importan las apariencias! ¡Qué fácil caer en el juicio sobre nosotros mismos y sobre los demás!

En el ser humano hay una tendencia natural a agradar desde el momento en el que nace. Porque nos gusta caer bien, ser simpáticos, despertar admiración. Buscamos el cariño y la atracción de las personas. Nos importa el qué dirán, lo que piensan de nosotros. Sabemos que el rostro es el espejo del alma y a veces sufrimos por ello. Porque nuestros ojos desvelan más de lo que quisiéramos mostrar.

Pero, para ser sinceros, el problema no está en lo que los demás ven en nosotros, sino en lo que realmente hay en el corazón y en nuestra mirada sobre nuestra vida. Lo importante es saber qué es lo verdadero y aceptarlo con alegría, sin miedos, sin angustias.

Cuando nos miramos bien, cuando nos queremos sin miedo, cuando nos aceptamos sin querer ser distintos, somos mucho más felices y plenos. Pero cuando no es así, cuando rechazamos nuestra verdad y tratamos de ocultar lo que somos, nos asusta entonces mostrar lo que sentimos, decir lo que pensamos, desvelar lo que está oculto en el corazón.

Nos gusta agradar y nos da miedo el rechazo. Por eso a veces usamos caretas, fingimos sentimientos y mostramos lo que no sentimos de verdad. El deseo de querer agradar es muy fuerte en el corazón.

Y como el rostro se empeña en reflejar lo que hay en el alma, disimulamos, fingimos, optamos por hacer prevalecer las apariencias antes que reflejar la verdad. Nos esforzamos por parecer más delgados, más guapos, más listos, más capaces, más deportistas, mejor vestidos. Siempre más. El móvil de último diseño, la ropa más valorada; es el mundo del escaparate.

Compramos por los ojos. Nos dejamos encandilar por una belleza tantas veces superficial. Y todos caemos en esa tentación de parecer lo que no somos. Por eso nos cuesta ser honestos y mostrar nuestra realidad. Sin tanto glamour, sin tanta belleza.

La apariencia nos atrae, la estética, esa belleza superficial que no habla necesariamente de la belleza interior. Las cosas que brillan, las personas que deslumbran con sus palabras, con su físico. Damos mucho valor al cuerpo, a lo que nos entra por los ojos.

Y olvidamos que el tesoro está escondido en lo más hondo, bajo los ropajes que lo disimulan todo, oculto en el corazón. Nos quedamos en la superficie, prendados, enamorados de lo que los ojos acarician y las manos retienen.

Nos convencemos de que no es lo importante y creemos que en realidad no nos movemos por ese criterio superficial. Pero luego la vida nos enseña que no es así, lo hacemos.

Muchas veces juzgamos por las apariencias, analizamos al que vemos por primera vez por su forma de vestir. Tratamos a las personas de forma diferente por su aspecto, por su forma de hablar, por su procedencia. Nos entusiasman las cosas llenas de luz y nos provocan desprecio las opacas.

Hay un temor en el corazón a la opinión que los demás puedan tener de nosotros. Su juicio nos asusta. Nos aplicamos el dicho: «Cree el ladrón que todos son de su condición». Y a veces somos tan duros en los juicios que nos da miedo que los demás puedan ser también inmisericordes con nosotros.

Decía san Agustín: «Hay hombres que juzgan temerariamente, que son detractores, chismosos, murmuradores, que se empeñan en sospechar lo que no ven, que se empeñan en pregonar incluso lo que ni sospechan».

El Papa Francisco nos ha hablado de los chismes: «¡Cuánto chismeamos nosotros los cristianos! El chisme es despellejarse, ¿no? Es maltratarse el uno al otro. Como si se quisiera disminuir al otro, ¿no? En lugar de crecer yo, hago que el otro sea aplanado y me siento muy bien. Parece agradable chismear. No sé por qué, pero se siente uno bien. Como un caramelo de miel, ¿verdad? Te comes uno -¡Ah, qué bien! -Y luego otro, otro, otro, y al final tienes dolor de estómago. ¿Y por qué? El chisme es así: es dulce al principio y luego te arruina el alma. Los chismes son destructivos en la Iglesia. Es un poco como el espíritu de Caín: matar al hermano, con su lengua

».

Nos hacemos chismosos y murmuradores. Etiquetamos a las personas nada más verlas. Por su forma de vestir, por su aspecto, por la imagen que dejan ver. Juzgamos y condenamos fácilmente. Y nos sentimos bien por un rato.

Pero después, como dice el Papa, viene la amargura al alma. Este mismo juicio de desprecio es el que nos gusta evitar. Queremos liberarnos de la murmuración. ¡Cuánto importan las apariencias! ¡Qué fácil caer en el juicio sobre nosotros mismos y sobre los demás!

Se diría que nos sucede lo que comentaba una persona: «Se miran demasiado el ombligo, están demasiado pendientes del juicio de los demás». Tantas veces vivimos así, preocupados del qué dirán. No decimos todo lo que pensamos. No hacemos todo lo que estaríamos dispuestos a hacer. Para no salirnos de la norma. Para no destacar demasiado. Para no ser juzgados. No nos arriesgamos.

Es una pena que nos importe tanto este juicio de los hombres. Es una pena que valoremos tanto las cosas por su brillo. A veces es porque no nos conocemos del todo. No sabemos que hay oro en nuestro interior.

Conocer mi alma implica ver lo bueno que tengo, lo que otros buscan en mí, lo que doy de forma natural, aquello que regalo con alegría. Las cosas buenas de mi vida, mis cualidades, mis buenos sentimientos, mi forma particular de entregarme, de caminar, de sonreír, de hablar, de callar, de trabajar, de expresar el amor, son un tesoro.

¿Me conozco? ¿Me acepto? ¿Me quiero? ¿Sé qué cosas buenas tengo, lo que me hace único y diferente? ¿Conozco el tesoro enterrado en mi corazón?

A veces tenemos tan poca autoestima que buscamos que nos quieran mendigando cariño, llamando la atención. Estamos heridos y queremos que nos quieran todos y siempre, sin excepción.

Cualquier muestra de desprecio, cualquier olvido, cualquier juicio, nos ofenden hasta el fondo del alma y tiramos por tierra todo lo construido. Y pensamos: «Nada de lo anterior importa, todo era mentira». Y echamos a perder muchas relaciones, porque no somos capaces de perdonar y olvidar.

Las apariencias a veces nos engañan. Dice un dicho conocido: «No es oro todo lo que reluce». No siempre lo que parece bueno es tan bueno. Hay que profundizar, ahondar, ir a lo verdadero. En la vida, en el amor, es fundamental.

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