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​¿El secreto para educar? Educarse uno mismo y dejarse educar

@DR

Carlos Padilla Esteban - publicado el 24/07/14

Al educar nos aplicamos lo que les pedimos a los que educamos, con paciencia y respeto

La autoeducación no es un trabajo de voluntad. Es un abrirse a la gracia, a la fuerza de Dios que penetra nuestra vida. Dios tiene paciencia y confianza con nosotros. El resultado supera las expectativas. Así es Dios. Siempre da más por poco que aportemos. Su amor siempre desborda. Dios cree en todo lo que podemos llegar a ser. Pero hay que actuar.

Decía el Padre Kentenich: « ¡Hay que actuar! No sólo soñar, entregarse a devaneos o criticar con soberbia. De otra forma el abismo entre conocimiento y realización será siempre mayor y mayor será la escisión. Cada uno es el artífice de su propia felicidad»[4].

En ocasiones pensamos que todo depende de Dios y nos relajamos. Nos olvidamos de lo esencial: nada sin ti, nada sin nosotros. Nada sin tu amor, sin tu gracia, sin el poder de la levadura. Nada sin mi sí, sin mi entrega diaria, sin mi esfuerzo, sin mi harina.

Decía el Padre Kentenich que somos educadores educados. Educadores que no se cansan de educarse, de ponerse en manos de María para que Ella forme nuestro corazón: «Ser educador significa mantenerse continuamente disciplinado, trabajar continuamente sobre uno mismo. Mientras educo a otros, trabajaré simultáneamente en mi propia educación personal. Si no lo hago, seré un fracaso, jamás podré cumplir con mi misión de manera clara, segura y duradera»[5].

El Padre Kentenich señalaba el papel fundamental de María como educadora: «Si estoy vinculado a María, no sólo intelectualmente sino instintivamente, entonces asumiré también su actitud. Y su actitud para consigo misma, para con Dios y la vida, es la santidad»[3].

Nos ponemos en sus manos para que Ella, jardinera, sembradora, trabaje nuestra tierra. Su amor nos enseña a amar. Su mirada sobre nuestra vida, llena de misericordia, nos enseña a mirar.

La miramos a Ella, llena de luz y esperanza. La miramos a Ella, plenamente mujer, plenamente hija y madre. La miramos a Ella y queremos que se tome en serio la educación de nuestro corazón. A veces tan impredecible, a veces tan vulnerable.

Somos conscientes de la pobreza de nuestro corazón. Por eso nos alegra saber que Ella nos entrega el suyo. Así es más fácil.

Como padres podemos conformarnos y pensar que ya no hay más de dónde sacar. Nos equivocamos. Podemos llegar a ser mucho más, mejores, más de Dios, más humildes, más niños, más hijos. Siempre es posible crecer.

Al educar nos aplicamos lo que les pedimos a los que educamos. Además, esa paciencia que tiene Dios con nosotros la queremos tener con los que Dios nos confía.

A veces, al educar, nos cuesta ser pacientes y respetar. Nos gustaría cortar todo lo que es distinto a lo que hemos pensado que es lo mejor para ellos. Nos gustaría que el campo de los nuestros fuera a imagen del nuestro. Es lo que conocemos, allí nos sentimos seguros. No entendemos cómo, habiendo sembrado lo mismo en nuestros hijos, cada uno es tan distinto.

Jesús, no enseña a sembrar, a esperar, a acompañar en cada opción que vayan tomando los nuestros, a soñar con el mejor campo para ellos, no para nosotros. Nos invita a esperar con paciencia, a cuidar con ternura, a confiar siempre en sus posibilidades, a respetar, a admirar, a amarlo como es, no como yo quiero que sea.

Dejar libre al otro ensancha nuestro corazón. Nos capacita para dejar que el trigo y la cizaña crezcan juntos. Lo difícil no es dejar que el otro decida libremente, sino aceptar que pueda tomar un camino distinto al que yo creo mejor, y aún así, permanecer y apoyar.

La libertad es un riesgo. Tenemos miedo a lo desconocido, al mar adentro donde no podemos controlarlo todo y tenemos que dejar el timón a otro. Siempre queremos proteger. Asegurarnos. Dejamos a los nuestros elegir, pero cruzamos los dedos para que elijan lo que queremos.

En el campo crece la cizaña y el trigo, ¡qué difícil aguantar y no cortarla pronto! Jesús nos invita a tener paciencia, a cuidar y a respetar, a cambiar la mirada, a abrir el corazón.

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