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Violencia: ¿cómo se explica la diferencia entre Antiguo y Nuevo Testamento?

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El teólogo responde sobre esta aparente contradicción

Hay muchos puntos extremadamente violentos en la Biblia, uno de ellos es la ley del talión. Me resulta muy difícil pensar que Dios haya dado la orden de matar, me resulta más fácil creer que la ley ha sido la interpretación humana de la voluntad de Dios. Por ejemplo, si Moisés hubiera recibido bajo inspiración la orden de eliminar la maldad y él la hubiera interpretado con matar al malvado. De hecho, luego Jesús dirá “han oído que se dijo”, “pero yo les digo”. Esta frase dejaría entender que los padres habían entendido no precisamente correctamente la voluntad de Dios. O ¿es necesario creer que en el tiempo de la ley haya sido lícito matar y en el tiempo de Jesús no haya sido ya lícito porque el hombre había evolucionado y se había vuelto menos violento?

Responde don Gianni Cioli, docente de Teología Moral.

El lector captura agudamente el conflicto entre algunos dictámenes de la ley veterotestamentaria que obligan a contrastar el mal con actos violentos y la petición evangélica de renunciar radicalmente a la violencia.

Como consecuencia, él duda que tales dictámenes puedan haber sido expresión de la voluntad verdadera y propia de Dios.

Parecerían, más bien, una interpretación no plenamente adecuada de la voluntad divina por parte de los autores bíblicos, hombres ciertamente inspirados que han escrito bajo la moción del Espíritu Santo, pero realmente hombres condicionados por la cultura de su tiempo.

Me parece que la idea avanzada por el lector encuentra confirmación competente en un texto de introducción a la Escritura ahora ya clásica: La Biblia como Palabra de Dios de Valerio Mannucci, famoso biblista florentino, fallecido hace algunos años.

Al afrontar la problemática cuestión del herem, el exterminio sagrado mandado en nombre de Dios, Mannucci afirma que “se puede distinguir entre “voluntad-mandato” de Dios e “interpretación humana” contingente temporal del querer y del mandato divinos».

«La idea religiosa que inspira el entredicho es el deber por parte de Israel de permanecer fiel a Jahvé y a su alianza, por lo tanto, evitar cada peligro de contaminación idolátrica (…). Pero las medidas tomadas, es decir, el herem en concreto, son aquellas que las costumbres del tiempo dictaban; éstas constituirían la inevitable (entonces) interpretación humana y contingente del imperativo divino contra la idolatría (V. Mannucci, La Bibbia come Parola di Dio. Introduzione generale alla Sacra Scrittura, Brescia 2007).

La distinción puede ser adecuadamente basada en el presupuesto teológico que, “en la Sagrada Escritura, teniendo que ser leída e interpretada a la luz del Espíritu Santo mediante el cual ha sido escrita, para obtener con exactitud el sentido de los textos sagrados, se deben vigilar con diligencia el contenido y la unidad de toda la Escritura, teniendo en cuenta la viva tradición de toda la Iglesia y la analogía de la fe” (Dei Verbum 12).

La verdad teológica de cada texto del Antiguo Testamento no tendría, por lo tanto, un carácter definitivo sino que sería comprendido a la luz de la totalidad del mensaje bíblico.

“La revelación de la ley de perfección vino sólo con Jesucristo, y con ella el don del Espíritu que permite al hombre observar los mandamientos”.

Así, la teología bíblica debe ser entendida como una ciencia “histórica por naturaleza: ella debe seguir el desarrollo de las ideas y de los argumentos de un extremo al otro de los dos Testamentos para asegurar las bases de la dogmática y de la moral cristiana” (P. Grelot, La Biblia y la teología, Roma 1969, 120).

Como el lector ha justamente subrayado, la novedad evangélica surge en particular en las así llamadas “antítesis” referidas en el Evangelio de Mateo en el Discurso de la Montaña (Mt 5, 20-47).

Ahí Jesús presenta las exigencias de la nueva alianza y lleva a su cumplimiento la ley antigua de una doble manera: por una parte muestra querer conducir a las consecuencias extremas implícitas en ella, radicalizándolas y requiriendo una interiorización auténtica:

“Han oído que se dijo: No matarás; quien mate deberá ser expuesto al juicio. Pero yo les digo: quien se irrite con su hermano deberá ser expuesto al juicio. (…) Han oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo les digo: quien mira a una mujer con deseo, ya cometió adulterio en su corazón”); por otro lado, declara más bien poner en cuestión las bases de la misma ley, cual baluarte y fortaleza contra el mal presente en la historia y experimentado como permanente amenaza a la santidad de la comunidad de los elegidos (“Han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no se opongan al malvado; más bien, si uno te da una bofetada en la mejilla derecha, tú muéstrale la otra (…). Han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: amar a vuestros enemigos y orar por aquellos que los persiguen, para que sean hijos de vuestro Padre que está en el cielo; él hace surgir el sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos”.

Se debe reconocer que el uso de la violencia contra la violencia, en una historia marcada por el conflicto a causa del pecado, en el caso de la ley del talión como en otros casos ha podido tener una razón, no es otra cosa que un muro de contención sin fin.

Jesús, sin embargo, revela el rostro auténtico de Dios, padre misericordioso, y llamando a los discípulos a seguirlo presenta la posibilidad de una alternativa: vencer el mal con el bien (cf. Rm 12,21).

Es este el testimonio que todavía hoy el Señor confía a los cristianos para la vida del mundo: un desafío cuyo éxito, como enseña la historia, no es descontado y que nos llama permanentemente a la conversión (cf. K. Demmer, Interpretar y actuar. Fundamentos de la moral cristiana, Cinisello Balsamo 1989).

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