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¿Es un acto de amor humano la fecundación in vitro?

© DR

Una mujer sometida a la fecundación in vitro muestra la foto de sus embriones gemelos

Aleteia Team - publicado el 21/07/14

Sólo la unión sexual íntima, amorosa e incondicional entre un hombre y una mujer puede constituir la causa digna de la existencia de un ser humano

Desde que en 1978 nació la primera niña probeta —Louis Brown—, se cuentan por miles los niños que vienen al mundo por fecundación in vitro. Muchas familias acuden a clínicas de reproducción asistida para tratar su problema de infertilidad y tener un hijo.

Los hijos nacidos de este modo son seres humanos dignos. Sus padres los quieren y se entregan a ellos de modo admirable, un comportamiento propio de amor de padres.

Ahora bien, ¿justifican éticamente estas bondades cualquier modo de desear un hijo y tenerlo? ¿Es radicalmente un acto de amor humano desear hijos y satisfacer el deseo de tenerlos a través de ese modo artificial?

¿Resulta igual de humano y de digno desearlos eligiendo la fecundación in vitro que desearlos a través de una relación amorosa en la que el hijo surge como fruto de esa donación interpersonal?

Resuelvo tales interrogantes de la mano de un sugerente análisis ético elaborado entre otros por Rhonheimer y Carrasco de Paula. En síntesis, sólo la unión sexual íntima y amorosa entre un hombre y una mujer —si es incondicional— puede constituir la causa digna de la existencia de un ser humano. Y tal unión y requisito de incondicionalidad están ausentes en la fivet.

Como explica Rhonheimer, el problema de la bondad moral no se localiza en que suceda lo que realmente busca la técnica, es decir: el resultado en sí, el surgimiento de vida humana al lograr reproducir el proceso natural de la fecundación.

Eso no es más que la mera efectividad técnica que culmina en la vida de un ser humano, vida que una vez generada, es tan digna como el resto de vidas concebidas de modo natural.

Concretamente, la clave determinante de la relevancia moral se encuentra en que tenga que ser deseado por los padres para que suceda precisa e intencionadamente eso: que venga un hijo.

Para la dignidad de la vida humana resulta inadecuado que los hijos deban su existencia y que esta sea buena por el simple hecho de desear de unas personas, que pueden ser los padres u otros.

En el acto de la decisión de recurrir a la fivet y a las acciones realizadas en el marco del correspondiente procedimiento, el ser buena de la vida humana se hace depender de su ser deseada, del reconocimiento por otros”.

Y el reconocimiento de su existencia deja de ser incondicionado porque depende de un claro requisito: la voluntad de unas personas que eligen que se exija su existencia a través de esa técnica efectiva.
Constituyendo el deseo de tener un hijo algo excelente y natural, este se desordena en cuanto que la existencia solo se mide con arreglo a que se haya satisfecho un deseo de los padres, en este caso por medio de una técnica. Sólo es hijo, y por tanto un bien, en cuanto deseado.

Se desea tener el hijo en la medida, y sólo en la medida, en que pueda ser satisfecho el deseo de tenerlo, y por eso, no es un hijo del que se espere su surgimiento, sino inevitablemente un hijo que se pide —un pedido— que se encarga.

No consiste en un tipo de deseo genérico, sino que expresamente se imprime la orden a una técnica en la que se busca la seguridad del resultado. Inevitablemente, este modo de desear un hijo lo instrumentaliza porque se le quiere tener como medio para lograr un objetivo: satisfacer el propio deseo de tenerlo, deduciéndose que por este simple hecho ya es bueno tenerlo.

“En este caso, la satisfacción de tal deseo no se considera buena porque haya surgido vida humana y a los padres les haya nacido un hijo (esto es un bien), sino precisamente, porque el deseo de tener un hijo se ha cumplido, porque ahora los padres ya tienen lo que querían.


A tal aspiración se le añade una pretensión colateral de la que, en la mayoría de los casos, no pueden evadirse, en concreto: desear el mejor de los resultados posibles, el mejor de los hijos.

Como están dispuestos a pagar por ello una cantidad importante no hay más remedio que deseen —y esto es razonable en esta lógica del deseo— el mejor hijo y al menor coste. Pactan con la regla económica del máximo beneficio que se traduce entre otras, en un deseo selectivo de las cualidades del hijo.

En síntesis, conviene insistir en que no se duda de la legitimidad del objetivo perseguido y del objeto de la intención: desear tener un hijo. Es la voluntad que persigue ese objetivo la que deviene errada sólo por el modo en que se consigue ese objetivo: “el mal no está en la técnica; el mal reside en la voluntad del que aplica esa técnica al ser humano”.

Y el modo, es perverso, porque producir el hijo supone instrumentalizar su procreación para satisfacer el deseo de tenerlo. La legitimidad de un deseo, por el solo hecho de su bondad no hace automáticamente lítico y exigible cualquier procedimiento para satisfacerlo.

No es suficiente con que el anhelo sea en sí legítimo y natural, ni es suficiente con que después al hijo se le vaya a querer de un modo adorable y digno como de hecho sucede.

En definitiva, pienso que aquí se localiza el problema más grave y relevante que cabe asociar a esta forma de reproducción asistida: el hijo deseado de este modo es considerado bueno solo porque fue deseado y querido.

Recurrir a la fecundación in vitro como modo de desear concebir un hijo nunca podrá considerarse un acto de amor humano, porque la naturaleza de todo acto de amor digno y pleno lleva en sí la incondicionalidad, condición que como hemos comprobado queda anulada en este caso.

A partir de ahora, el resto de inconveniencias éticas suscitadas por la fivet entrarán por la puerta grande que ha abierto este modo errado de desear la fecundidad.

Pero la puerta la ha abierto no la instrumentación técnica, sino ese género de deseo.

Si las instituciones, los poderes públicos y la sociedad quieren dar hijos a las familias que no pueden tenerlos, hijos que además desde el inicio sean queridos en sí mismos, resultaría más congruente destinar mayores recursos a la investigación de los orígenes y terapias de la esterilidad.

Además, no es justificable —y constituye una grave ocultación de información— ofrecer la fivet como único remedio a la infertilidad, cuando antes no se han prescrito pruebas diagnósticas y tratamientos elementales que existen actualmente para tratar la infertilidad, que resultan menos costosos, son eficaces y no plantean problemas éticos.

Al mismo tiempo, resultaría conveniente que a través de iniciativas sociales se exigiera a la administración pública ayudas económicas para los padres que quieran adoptar hijos, agilizando al mismo tiempo la burocrática de esos procesos adoptivos.

Finalmente, no estaría de más invertir con inteligencia y dinero en programas integrales de educación sexual que promuevan comportamientos claramente preventivos de la esterilidad.

Y por último, alentar a la sociedad y a todos sus miembros a que ofrezcan un constante consuelo y esperanza a todas esas personas que sufren por motivos de su esterilidad o infertilidad.


Por Emilio García Sánchez
Fragmento de un artículo publicado por Bioeticaweb

Tags:
bioeticafecundación in vitrosexualidadvida
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