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¿Te cansa sufrir siempre la misma debilidad?

Raul Lieberwirth

Carlos Padilla Esteban - publicado el 20/07/14

Odio, calumnia, división, engaño, injusticia, fraude, maledicencia, mentira,... ¡cuánta cizaña hay en nuestro propio corazón!

En el camino de la vida ponemos piedras, levantamos torres, abrimos caminos, elevamos puentes, horadamos túneles. Nos esforzamos, entrenamos, no nos conformamos con el mínimo.

Nos vinculamos a las personas, a las cosas, a la vida. Echamos raíces, amamos, nos vinculamos, sembramos semillas, jugamos el partido de la vida con pasión. Disfrutamos del presente y nos vinculamos forjando vínculos profundos, como decía el P. Kentenich: «Podemos y debemos querer afectuosamente a seres humanos. Es tan importante hoy en día que seamos sanos. Las cosas no tienen sólo la tarea de vincularnos a ellas mismas, sino también de conducirnos a Dios. Sólo entonces cumplo con el sentido de las cosas. Debemos vincularnos de forma sana, no esclavizarnos. Deben ser peldaños sanos para llegar a Dios».

Pero no nos hacemos esclavos del mundo, de la fama y del prestigio, de la salud y los años, de la vanidad que pasa, de las cosas que nos ayudan a vivir, del día concreto que es un regalo. Nos vinculamos sanamente, porque hacen mucha falta personas sanas.

Por eso no nos vamos del mundo, no huimos de la cizaña y amamos el trigo. Vivimos con libertad en medio de los hombres. Sabemos que hay bien y mal, trigo y cizaña. Amamos al mundo, la vida, las personas, las cosas. Disfrutamos sin miedo de lo que se nos regala. Y anhelamos una creación liberada y plena, para siempre, infinita.

Echamos raíces sin miedo a amar. Porque nos sabemos amados por Dios. Aunque a veces se nos olvida su amor. Se nos olvida lo que decía una persona: «Entiendo cómo debe sentirse Dios tantas veces que nos grita a cada uno lo mismo, que no nos juzga, que no pasa nada que tengamos que justificar, que Él lo sabe y nos quiere igual, nos quiere más aún».

Nuestro juicio sobre nosotros mismos es peor que el de Dios. La imagen que tenemos de nuestra vida es peor que la suya. Él, que conoce nuestras caídas, debilidades y carencias. Él, que no nos juzga, nos quiere con locura y le encanta como somos. Nos ama sin condiciones. Nos ha soñado y está enamorado de nuestra belleza.

Hoy Jesús nos habla de la semilla buena y de la cizaña. El Reino de Dios es esa semilla buena que crece al lado de la cizaña: «El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: – Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña? Él les dijo: – Un enemigo lo ha hecho. Los criados le preguntaron: – ¿Quieres que vayamos a recogerla? Pero él les respondió: – No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega». Siempre me ha impresionado esta respuesta.

Alguna vez me ha tocado arrancar la mala hierba para impedir que ahogara a las otras plantas buenas en el jardín. Lo hacía con conciencia de misión y no me planteaba dejar que creciera la cizaña al lado de la planta buena sin quitarla.

La cizaña es esa hierba mala que todo lo envenena. Mi primera inclinación es arrancarla en cuanto la veo y acabar de una vez por todas con ella. Me da miedo que la vida verdadera muera sin hacer yo algo por impedirlo.

No me parece tan fácil la respuesta de Jesús que deja a las dos crecer al mismo tiempo. ¿Y si por culpa de la cizaña se ahoga la semilla buena? ¿Y si nuestra omisión trae consigo la muerte?

En la vida la cizaña es todo aquello que significa obstáculo, pecado, vicio. Es aquello que me impide avanzar en mi camino e impide que crezca el Reino de Dios con fuerza.

La cizaña tiene múltiples rostros y caretas: el odio, la calumnia, la división, el engaño, la injusticia, el fraude.

Cizaña es toda forma de egoísmo y de soberbia. Son nuestras propias pasiones desordenadas, que nos llevan a realizar lo que no queremos hacer. Cizaña es la intriga, la maledicencia, la mentira, el escándalo. ¡Cuánta cizaña hay en nuestro propio corazón!

Vemos semillas buenas que quieren crecer. Vemos también la cizaña que me tienta y no me deja avanzar. Son esas zarzas que ahogan la semilla y le quitan la luz y el aire. Esas rocas que no nos dejan echar raíces hondas.

Decía el padre José Kentenich: « ¿No giramos demasiado en torno de nuestro propio y mezquino yo? ¿No nos hemos colocado a nosotros mismos como eje y punto central? ¿Quién es el que debe ocupar ese lugar? ¡El Padre del Cielo!»[1].

La cizaña nos vuelve egoístas, nos centra en nuestro deseo, nos aleja de los hombres. Nuestro pecado nos hace buscar egoístamente nuestra propia felicidad, querer satisfacer inmediatamente nuestros deseos.

Por eso, al pensar en nuestra vida, nos gustaría acabar ya con esos pecados que son cizaña, que ahogan las plantas del alma y no nos dejan ser algo más de Dios.

El otro día una persona me comentaba su frustración al ver una y otra vez el mismo pecado en su examen de conciencia. ¡Cómo avanzar si seguimos siempre igual! Es la tentación del perfeccionismo, de la pureza extrema, de pensar que sólo seremos santos cuando dejemos de pecar y erradiquemos toda cizaña del alma.

Es la tentación de pensar que seremos más felices cuando no pequemos siempre de lo mismo, cuando superemos esa cizaña que nos ahoga. ¿Cuál es la cizaña que tiene más fuerza en mi corazón?

Jesús nos propone algo muy difícil, aparentemente casi imposible. Nos invita a tolerar vivir con la cizaña, dejando que crezca a la vez que la semilla buena. ¡Pero si queremos acabar con ella inmediatamente! Nuestra reacción es la de los hombres que se acercan a pedir permiso para sacarla. Jesús nos pide paciencia con nuestra propia maldad. No es fácil. Somos impacientes.

Queremos ver resultados inmediatos. Nos cuesta aceptar que la cizaña siga viva junto con los pequeños logros que vamos obteniendo. Esto nos ocurre al pensar en nuestra autoeducación. A través de nuestra alianza de amor con María nos ponemos en sus manos y dejamos que Ella nos eduque.

María no arranca toda la cizaña. ¡Ojalá lo hiciera!, pensamos. Decía el Padre Kentenich: «No pasemos por alto que ser ‘otra María’ es la ilustración clásica de lo que significa ser otro Cristo. Ella ha sido modelada por Cristo y a su vez es modeladora de Cristo. No perdamos de vista a Cristo tal como Él ha cobrado forma y figura en su Santísima Madre»[2].

Miramos a María porque queremos ser otros Cristos. Ella engendra a Cristo en el alma. Es cierto que el camino de la autoeducación dura toda la vida. Es un camino largo y bonito. Vamos viendo avances y constatamos retrocesos. A veces creemos en la victoria final, en otras ocasiones vemos cerca el fracaso.

Pero aprendemos a vivir con la cizaña, sin miedo, sin tensión. Es aceptar que somos débiles y pecadores. Comprobar una y otra vez nuestra torpeza y ver cómo se mantiene vivo el pecado. ¡Ojalá fuéramos perfectos!, gritamos.

La vida nos enseña a vivir en presente. Es el camino en el que aprendemos de nuestros errores y aceptamos que no podemos hacerlo todo bien. La vida nos enseña que el crecimiento es lento, que hay retrocesos y que la cizaña permanece junto a la buena semilla.

Eso sí, siempre corremos el peligro de relajarnos y dejarnos estar. Decía Ramón Gómez de la Serna: «

Conservamos muchas imágenes de monos, no para que el hombre vea de quién desciende, sino hasta dónde puede descender».

Podemos descender. La semilla puede frustrar su futuro. Podemos perder las posiciones conquistadas. Nuestros sueños pueden quedarse en un árbol truncado, pequeño, frágil. El camino del descenso es posible cuando nos relajamos, cuando nos confiamos.

Es cierto que la imagen de la cizaña puede llevarnos a un cierto relajamiento. Como si pensáramos: no podemos hacer nada. Pero no es así. Tenemos que luchar. Dejar que la cizaña crezca con el trigo no significa abandonar nuestro esfuerzo por avanzar.

Convivir con la cizaña es comprender que el camino es largo y que hay cizaña con la que tenemos que convivir. No por ello dejamos de luchar y aspirar a ser mejores en todos los aspectos de nuestra vida.


[1] J. Kentenich,
Mi vida es Cristo
[2] J. Kentenich,
Mi vida es Cristo
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