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¿Los demás entienden nuestro lenguaje?

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A veces nos vamos por las nubes, nos quedamos en las teorías, nos centramos en lo que nos ocurre a nosotros y no sabemos dar respuesta a los interrogantes que el hombre de hoy tiene

Las parábolas son imágenes. Referencias a la realidad para hablar del mundo de Dios. Jesús predicaba el Evangelio en forma de parábolas, tomando ejemplos de la naturaleza, de lo cotidiano.

Jesús hablaba de esta forma para hacer entender a los que le escuchaban las verdades más profundas de la vida: «Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada». Jesús sólo hablaba con imágenes para que le entendieran. Se acerca a nosotros, se abaja para que comprendamos la fuerza de su amor, el sentido de nuestra vida.

A veces nosotros hablamos en un lenguaje que los demás no entienden. Nos vamos por las nubes, nos quedamos en las teorías, nos centramos en lo que nos ocurre a nosotros y no sabemos dar respuesta a los interrogantes que el hombre de hoy tiene.

Como sacerdotes nos puede pasar que hablemos de verdades, volvamos a lugares comunes, profundicemos en realidades muy importantes para la fe, pero pasemos de largo por la vida, por lo que de verdad importa.

Puede ocurrir que toquemos muchos temas, menos aquellos que inquietan el corazón del hombre. Que no hablemos un lenguaje conocido y no nos adentremos en sus dudas y miedos. Puede ser que no usemos sus ejemplos, lo que les mueve por dentro y nos quedemos en reflexiones de despacho, en elucubraciones fascinantes.

Puede que no escuchemos de verdad y no estemos atentos a sus deseos más íntimos. A los cristianos nos puede faltar esa sensibilidad para, recurriendo a los ejemplos de la vida cotidiana, hablar de lo importante y dar respuestas a las preguntas que el corazón se hace.

Decía el padre José Kentenich que tenemos que palpar a Dios en la vida, en los acontecimientos cotidianos, en el paso suave o confuso de Dios a nuestro lado. Por eso comentaba que tenemos que estar abiertos a la vida: «Juan XXIII proclamó: abrid las puertas y las ventanas. Porque Dios habla a través de todas las circunstancias y de los cambios que se dan fuera de la Iglesia»[1].

Dios habla en la vida de hoy. No cerremos las ventanas por miedo a lo que pueda entrar. Dios nos muestra su voluntad a través de lo aparentemente menos importante. Porque de todas las cosas podemos sacar una enseñanza.


[1] J. Kentenich, Dios presente, Texto 218
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