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Recuérdalo, todo tu esfuerzo es para el mañana

© total 13 / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 17/07/14

La vida de fuera depende de la vida interior, la fuente depende del pozo, el fruto de la raíz, la sonrisa de la hondura del alma

Impresiona la fecundidad, que no es nuestra. Ponemos tan poco y Dios da tanto. La cosecha es inmensa. Imposible de calcular. No es fácil. Pero es bonito ver lo que Dios hace con nuestro poco esfuerzo.

¡Cuántas veces en la vida, nos toca sembrar y otros ven los frutos! ¿Cómo lo vivimos? Nos toca sembrar, tocar puertas, poner de nosotros sin recibir más que la alegría de trabajar y hacer lo que Dios nos pide. Ponemos piedras de aquellas catedrales en las que otros rezarán.

Eso nos ayuda a ser libres en nuestra entrega, sin esperar el fruto, sin anhelar el aplauso. Es verdad que lo importante no es la eficacia, sino dar todo lo que tenemos, sencillamente, aceptando que los tiempos de Dios no son los nuestros. Eso nos hace más fuertes, nos ayuda luchar sin ver mucho, nos hace libres, nos hace más confiados, más hijos de Dios.

Otras veces es al contrario, nos toca recoger frutos de muchos que han sembrado silenciosamente sin ver nada antes que nosotros. En estos momentos, es importante ser agradecidos, saber ver todo el trabajo aparentemente ineficaz de muchas personas durante tanto tiempo.

Cosechamos lo que otros sembraron. A nosotros nos ha tocado el final. Para que seamos fuente, otros han sido pozo. Vamos juntos siempre. En nuestro propio trabajo, si tocamos el éxito alguna vez, es porque, antes de nosotros, muchos han fracasado, lo han intentado, se han dejado la vida, han rezado en lo oculto de su corazón, muchos se han confundido, antes de que acertáramos.

Muchos nos han apoyado con su entrega, con lo que en Schoenstatt llamamos capital de gracias, es decir, el ofrecimiento diario y silencioso de sus vidas. La cosecha viene precedida de muchas semillas entregadas con humildad y sacrificio.

Por eso es importante, cuando sembramos, disfrutar de sembrar simplemente y regalarle a Dios los frutos. Y cuando recogemos, cuando cosechamos, no olvidarnos de todos los que sembraron, y reconocer con humildad que no es nuestro, que es de otros, que es de Dios.

Vivir con el corazón abierto a lo que Dios nos regale. Ser generosos al sembrar en la oscuridad y al recoger en la luz. Y saber que hoy tenemos fruto y mañana veremos el fracaso.

Y no pasará nada, volveremos a comenzar, sembraremos de nuevo de la mano de Dios. Confiando en que Él es el que siembra en nuestra vida, el que cuida, el que recoge, el que protege.

Sabiendo que el fruto es una gracia, un don, un regalo por nuestro sí generoso. Y ese fruto es inmenso, supera nuestra entrega, lo poco que hemos puesto como prenda. Su amor siempre supera nuestro amor.

La semilla ha de morir para dar fruto. Las cosas importantes en la vida exigen esfuerzo. Nos cuesta entregarlo todo sin ver los frutos. Queremos el éxito inmediato, alcanzar la cima sin esfuerzo.

No comprendemos que el sacrificio es necesario para avanzar. Sin esfuerzo no hay cosecha. Sin noche no hay luz del día. Sin silencio profundo no hay sonrisa verdadera. Sin pozo hondo no hay fuente. Si no sembramos no hay fruto.

Sembrar exige renuncia. La semilla cae bajo tierra y muere antes de poder dar vida. No nos gusta tener que morir. Pero lo comprobamos una y otra vez. La renuncia y el sacrificio son fundamentales en la vida.

No hay fruto sin esa semilla que muere. Es el tiempo escondido. La semilla crece con su tiempo de maduración. No es inmediato. Está un tiempo guardada en la tierra. Oculta. No se ve nada.

La tierra rota deja meter la semilla y crece lentamente, desde dentro hacia fuera. Primero en lo hondo del corazón, después hacia el exterior, para que otros puedan comer y disfrutar del jardín y de la cosecha.


Hay momentos en nuestra vida de raíces, de ahondar, de profundizar. Aunque por fuera no se vea nada, la mano de Dios está modelando en el silencio. Momentos de pozo, para que después pueda haber una fuente. De silencio, para que luego haya risas.

Son tiempos de sacrificio, de buscar, de rezar, de preguntar, de oscuridad. Nadie ve lo que pasa por dentro.

Muchas veces, cuando miramos hacia atrás en nuestra historia, nos damos cuenta de lo importantes que fueron esas épocas hacia dentro, épocas de sacrificio, o de estudio, o de enterrarnos en lo rutinario, de oración, de inseguridad. Fueron la roca que después sostuvo momentos de alegría y de fruto, de recoger.

La vida es lenta, crece desde lo que somos, desde nuestra tierra, desde nuestro barro, desde nuestro nombre. Así modela Dios. A veces tapamos lo que somos y queremos ser otros, queremos ser santos ya, mirando o imitando a otros, repitiendo cosas, y no escuchamos el grito de nuestra alma.

Me encanta esta imagen de la semilla escondida en la tierra, que crece por dentro primero sin que nadie lo vea, hasta que brota hacia fuera. La vida de fuera depende de la vida interior. La fuente depende del pozo. El fruto de la raíz. La sonrisa de la hondura del alma.

Nos lo recuerda San Pablo: «Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá». Estamos construyendo para la vida eterna. Estamos sembrando para el mañana.

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