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Chesterton y Belloc, en busca de un modelo económico justo

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Con los criterios de la Iglesia, se enfrentaron al Capitalismo y al Socialismo para instaurar el Reino de Dios

Los escritores ingleses Hilaire Belloc y Gilbert K. Chesterton desarrollaron su obra en el primer tercio del s. XX. En ese tiempo, había un gran interés por la cuestión social debido, en gran parte, a la promulgación de la Encíclica Rerum Novarum (1891) del Papa León XIII quien, siguiendo la línea iniciada por sus antecesores, condenó tanto el Comunismo, como el Capitalismo.
                 
Desde la Edad Media, con su Feudalismo y sus Cruzadas, aquellos eran los dos únicos sistemas económicos que se conocía Occidente. Por ello, era necesario reinventarse y reconstruir un nuevo modelo. Belloc y Chesterton estaban capacitados para esa tarea. Pero conocían sus limitaciones, porque las propuestas sociales nunca habían alcanzado su plenitud en la Historia.
                 
El mito de las “ciudades justas”
                 
Cuando Cristo nos enseña el Padrenuestro, al decir “venga a nosotros tu Reino“ y “en la Tierra, como en el Cielo”, nos rebela la continuidad del Reino de la Tierra con el Reino del Cielo. Uno y otro no son distintos. Es el mismo Reino que se halla en crecimiento. La Escritura utiliza la figura de una semilla. Es necesario trabajarla para que crezca.
                 
Intentamos instaurar ese Reino con valores de Verdad, Justicia y Amor. Valores que de nada sirven, si no se materializan. Pero, en el momento en que se materializa el Reino en nuestras ciudades, huye a los desiertos, lugar en que a nadie aprovecha. Como la línea del horizonte: cuanto más lejos vas, más lejos se va. ¡Tan huidizo es el Reino de Dios encarnado!
                 
La tentación entonces es defender el Reino con la “espada” y, en ese momento, empieza a desaparecer, en cierta manera, esos signos del Reino definitivo. En realidad, encontrar el Reino o la Iglesia en “estado puro” en la Tierra es un mito, porque están sujetos a a la Ley universal del tiempo.
                 
Las reducciones de indios en Paraguay
                 
Entre las experiencias de “ciudades justas”, se encuentran las reducciones de Paraguay del s. XVII, a cargo de los jesuitas. Cada familia tenía una casa y cada casa, un huerto. Las tierras de cultivo que rodeaban el poblado se explotaban en mano común. Los indios además vendían el mate a mayor precio y de mejor calidad que los españoles.
                 
La Historia dice que, engañado, el P. General ordenó abandonar las reducciones. Algunos hijos de San Ignacio se debatieron entre el deber de obediencia y la idea de que esas comunidades respondían a la instauración del Reino de Dios en la Tierra. Entonces, ¿cómo iba Dios a abandonar a Dios? Algunos de ellos resistieron, junto con los indios, pero sin frutos.
                 
Obligación de intentarlo
                 
Esta imposibilidad de conseguir los valores sociales en plenitud, sin embargo, no exime de la obligación de buscarlos.

La condena que hizo la Rerum Novarum del Capitalismo y del Comunismo había tenido una repercusión inmediata. La última tentación que iban a planear sus heridos partidarios era la de la desesperación: El sistema no tiene salida, “El Capitalismo es inevitable, sus crisis sólo se arreglan adoptando más medidas de Capitalismo”.
                   
Chesterton advierte a sus lectores de aquella tentación. Porque algo no se haya intentado nunca, dice en Al límite de la cordura (1926), no significa que sea inalcanzable. De hecho, cualquier medida que adopte para detener la acumulación de la propiedad siempre es una mejora.
                 
La Iglesia, en cuanto institución, no ofrecía una tercera alternativa económica. Pero algunos cristianos, a título particular y bajo la luz del Magisterio, sí hicieron nuevas propuestas. Es el caso de G. K. Chesterton y Hilaire Belloc y su Distributismo.

                 
Sostenían los distributistas que la Naturaleza debía dar sustento a los trabajadores y a sus familias. En sus pequeñas comunidades, trabajarían con animales, antes que con máquinas. Para desplazarse, los distributistas preferían los coches de caballos a los automóviles.
                 
La Liga Distributista
                 
Era el año 1926. Chesterton y Belloc, se saludaban en uno de los salones de la Avenida Strand de Londres. Entonces, los coches de caballos todavía convivían con los automóviles. Los periódicos de la City, “tabloides” se llamaban por la plancha que se utilizaba para la impresión, entre cuyos anunciantes estaban las firmas industriales, venían alertando de la acumulación de residuos que generaban aquellos animales. Ese día, el tiempo era lluvioso. El agua había tenido su efecto difusor. Los saludos eran distantes. Chesterton inició la sesión, tomando claramente partido: “La propiedad es como el estiércol: sólo es buena cuando está extendida”.
                 
En esa reunión se fundó la Liga Distributista. La asociación se fundamenta en estos principios:

1. Nace sólo como “alternativa” al Capitalismo y el Socialismo.

No pretendían que el Distributismo colonizara el mundo, como era la vocación con que sí habían nacido los grandes sistemas. Desde esa humildad en su formulación, el Distributismo se ha convertido en una de las experiencias de trabajo justo de mayor inspiración histórica.
                                   
2. Se garantiza la libertad del individuo y de la familia.
                                   
La familia había sido criticada por considerarse un órgano cerrado. Chesterton salió al paso de esa crítica. Si nos fijamos en una familia reunida para tomar el té, encontramos a los padres, la joven hija, quizá algún vecino o amigo, también una tía que nunca faltó a la cita, y algún joven pasante de la oficina del padre. Hace ya un tiempo que la hija mira que no le falten pastelitos en el plato del joven. Este muestra torpezas en sus manos y su palabra cuando percibe que la joven le mira. Ella conoce bien el número de terrones de azúcar y juega a equivocarse … ¡No merece la pena ni siquiera pensar que la familia no sea una realidad abierta!

3.  Se asegura la mejor distribución de la propiedad, sin grandes empresas, ni monopolios.
                                   
Cuando los snobs pasean por un suburbio pobre suele conversar acerca de la incultura que padecen sus habitantes, la cual les debería vedar guardar sus hijo con ellos y tomar decisiones propias. Si quieren pueden conservar el voto, pues hace mucho que no sirve para nada. Lo importante no es a quién se vote, dice Belloc, sino quién tiene el capital. Incluso, para que no se equivoquen, es posible redirigir el voto con las promesas electorales y la publicidad, que los mismos banqueros financian.
                                   
Pero bajo ningún concepto, se les debe conceder un pedazo de tierra y algún animal. Eso sí sería darles poder.
                                   
4. Se sigue el principio de subsidiariedad: La máxima iniciativa de los ciudadanos y la mínima intervención del Estado.

La educación de los hijos corresponde a los padres, no al Gobierno. El sistema ha producido una clase de empleados públicos especializados, con conocimientos técnicos, pero estos mismos se arrogan el derecho de dirigir la vida de los otros. Es necesario huir del paternalismo de los servicios sociales, que produce dependencia y que el sistema se retroalimente y se convierta en circular.

Chesterton y Belloc conocían la imposibilidad teórica y práctica de las “ciudades justas”. La Iglesia había condenado el Capitalismo y del Comunismo, pero no proponía una alternativa concreta. Cuando todo parecía perdido, gracias a su visión optimista y esperanzada, aportaron un nuevo modelo: el Distributismo. Así la Humanidad, maltrecha por las guerras y las ideologías del s. XX, con el impulso de la Iglesia, se proyectó otra vez y de nuevo hacia la superación.
 
 

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