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¿Recuerdas cuando descubriste tu vocación, cuando oíste su voz?

© Alexnika

Carlos Padilla Esteban - publicado el 15/07/14

Dios susurra caminos en el fondo del alma. Llama, elige, despierta y el alma tiembla

Una persona me contaba cómo nació su vocación a la vida consagrada: «Desde el primer momento del camino Jesús siempre estuvo a mi lado. Me habló en los silencios, con ellos me acariciaba. Me insinuaba lo que yo intuía, dibujaba en mi alma lo que sólo presentía. Era como si alguien que te conoce mejor que tú mismo pronunciara tu nombre. Sí, el nombre verdadero.

Desde ese mismo día, en la penumbra de la tarde, reconocí sus pasos, reconocí mi nombre. Aún hoy no sabría explicarlo bien. Fue un susurro. Hubo mucho silencio y poca luz. Pero surgió la certeza del fondo del alma. Un fuego incipiente. Él hizo ascender la luz hasta que me deslumbró súbitamente.

Y, desde entonces, esa luz siempre ha permanecido en lo más hondo. Infatigable, constante. Como la señal permanente de un pacto que ese mismo día, casi yo sin saberlo, había sellado. Pero todo ocurrió en silencio, solo, callado, de rodillas, entre lágrimas. Allí, en lo más profundo y verdadero de mi vida, vino a mi casa».

Esas palabras evocan el misterio de toda vocación. Dios susurra caminos en el fondo del alma. Llama, elige, despierta y el alma tiembla. Nos conmovemos al ver sus manos acariciando lo profundo de nuestro ser, desvelando la semilla escondida. Entonces descubrimos lo que nos pide. En el silencio del corazón.

Carlos Castaneda contaba en un relato sus dudas frente a qué camino tomar, y su maestro sólo le hizo esta pregunta: «¿Ese camino tiene corazón? Si lo tiene, merece la pena».

Cuando Dios nos llama a seguir sus pasos quiere que el corazón arda, quiere que camine el corazón. No camina sólo la cabeza. Camina la pasión, el amor, lo más humano. Prendidos de su amor Jesús nos mira y sostiene nuestro paso con firmeza.

Así, cada día, sin dejar de contemplarnos. Nos busca en el silencio, en la soledad de nuestra vida. Se adentra en lo más hondo de nuestro pozo. Llega hasta las raíces. Se sumerge en nuestra agua.

Nosotros somos como ese niño que se abre a la luz de un nuevo día y tiembla. Allí, como María en Nazaret, turbados, sin palabras, escuchamos su voz. Miramos a María, aprendemos de su sí sencillo y humilde.

Miramos a María, para que Ella engendre en nosotros a Cristo. La miramos, para aprender de su sencillez, de su belleza, de su sí confiado y alegre. La miramos en silencio. Aprendemos de Ella en silencio. De sus pasos ocultos, de su entrega sincera y plena.

La voz de Dios baja sobre la tierra de nuestra vida y la fecunda. Lo hace en el silencio. Nos quiere hacer hondos, busca lo profundo.

La semilla de Dios, su palabra, su llamada, penetra en lo más hondo del corazón. Dios nos habla en el corazón y nos desvela el nombre, nuestro nombre, nuestra misión, nuestro camino.

Dios nos llama a cada uno con delicadeza en el silencio de nuestra vida. En lo oculto del corazón es donde Él manifiesta su poder, en lo más hondo, donde somos más nosotros mismos, donde estamos en paz con nuestra vida, donde nos reconocemos y somos reconocidos.

Dios respeta nuestros tiempos. Nos busca, nos espera, y hace que todo crezca con calma, con lentitud, desde lo más profundo. Todos tenemos en el alma una zona más frágil, que se puede romper.

Si la tierra no se rompe no se puede sembrar dentro. Dios convierte lo más vulnerable de mi alma en su puerta de entrada. Dios convierte mi fragilidad en fruto abundante. Mi rotura en grieta por la que Él se desliza.

Desde lo más pequeño mío, desde mi herida de amor, mi sed, mi pequeñez, desde mi historia, desde esa debilidad que me hace sufrir. Ahí es donde la tierra se rompe, la dureza se abre y Dios pone la semilla con sus dos manos, acariciando, confiando en mí más que yo mismo.


Su amor es increíble. Así es el amor del Dios sembrador, que sale cada día a buscarme, que cada día, sin perder la paciencia, pone una o mil semillas en mí.

Y confía en que crecerá el mejor campo, el mejor bosque, la mejor cosecha, el jardín más hermoso. Cada día sale a mi tierra, que para Él es la más bonita, porque Él ve en profundidad.

Él sueña con un jardín cuando yo sólo veo tierra seca. Él ve lo que puedo llegar a ser, lo que ya soy en lo escondido. La palabra de Dios irrumpe cuando menos lo esperamos y nos acompaña en el camino. Sin forzar, cuidando la tierra del alma: «Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida. Riegas los surcos, igualas los terrones, tu llovizna los deja mullidos, bendices sus brotes». Sal 64, 10. 11. 12-13. 14.

Dios sabe lo que podemos hacer, sabe lo que podemos llegar a ser. Nos conoce en lo más hondo del alma y hace que la vida surja. Por eso las cosas verdaderas de nuestra vida llevan su tiempo. Tenemos que adentrarnos en nosotros mismos, profundizar.

Así la vida va creciendo. El agua del pozo aumenta, la semilla muere, la raíz se hace honda buscando agua. Necesitamos silencio en nuestra vida, para que la sonrisa sea expresión de la alegría de vivir, de la paz del corazón. Necesitamos una íntima vida interior para que surja una vida auténtica y verdadera.

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