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Más peligroso que la pornografía en el matrimonio es la mentira

Thomas Hawk
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Es una apuesta arriesgada, pero mi mujer fue el ancla a la que me agarré para luchar contra mi adicción

Ofrecemos esta nueva entrada del blog Porquesepuede, el valiosísimo testimonio de un hombre creyente que lucha contra la pornografía, y que intenta ayudar a otros como él. En este caso, habla de la persona que más le ha ayudado, su esposa. ¿Puede este problema tan grave convertirse, al contrario, en una lucha que una aún más al matrimonio? Éste es el desafío:

No se me ocurrió mejor manera de definirlo. Sentado delante de este blog, cuando comenzaba a imaginarlo, a darle vueltas, me di cuenta de que antes o despues tenía que hablaros de ELLA.

Una de las experiencias que aquí he intentado compartir por activa y por pasiva es que el pecado de la pornografía es, en esencia, el pecado de la soledad. En esta asquerosa habitación sin puertas que somos los adictos acontecen todo tipo de misterios, palabras, voces e imágenes. La mayor parte nos destruye. Es la soledad.

Confesémoslo de una vez: cuántas veces habéis terminado de ver o hacer algo que no debíais y habéis dicho algo parecido a “esta es la última vez”, “lo he intentado pero no he podido, luego no es culpa mía”, “¡he aguantado mucho más que antes!”, “al fin y al cabo soy un hombre (mujer) y me gustan las mujeres (hombres)”, “todos lo hacen, pero nadie tiene el valor de decirlo; así que no será tan malo”, y un largo etcétera. Todos estos diálogos de nuestro interior van, si os fijáis, desde el sentimiento desesperado de culpa al de la autojustificación más absurda.

En el espacio de reunión que, como sabéis, intenta ser este blog intentaré dar muy brevemente una experiencia fundamental.

Si en mi caso la pornografía era la adicción de la soledad su remedio fue, sobre todo, la ayuda exterior. Parece obvio, pero no lo es. Soy católico, lo he dicho muchas veces y rezando le pedía a Dios salir de ese pozo. Él, sin embargo, con una pedagogía diferente a la mía, tenía sus tiempos y sus motivos para esperar. Parecía que no estaba ahí para mí. Hoy veo que no es así y empiezo a entenderlo, pero eso os lo comentaré otro día.

La ayuda exterior se hizo palpable cuando Dios quiso. Para mí fue un regalo enorme. MI MUJER. Seáis creyentes o no, encontrad esa persona que os quiera enormemente, sin su ayuda, romper nuestras cadenas será casi imposible.

Recuerdo que todo fue muy difícil. Cuando oigáis que la pornografía acaba destruyendo el matrimonio no lo toméis a broma, ¡es cierto! El porno, como sabéis de sobras, es una adicción y se basa, además de unos píxeles de tu pantalla, en un concepto oscuro; que es el morbo. Cuando no estás con la pornografía no puedes librarte de la sensación horrible de que “te estás perdiendo algo por tonto”. Cuando no estás con ella estás pensando en ella. Entonces, le robas tiempo a tu mujer (e hijos, posiblemente), perviertes tantas veces la sexualidad con ella, aparecen los secretos y las mentiras. Hay tanto que decir del “matrimonio/pornografía” que quisiera reservármelo para una posterior entrada en el blog.

Por ahora quiero hablaros de la persona-ancla. Es un referente insustituible. Alguien externo a nosotros. Es mi opinión, es cierto, pero sin esa persona este blog no existiría, podéis darlo por seguro. A veces no la elegimos nosotros sino que es alguien que tenemos cerca y que se compromete a fondo en nuestro camino. Otras veces hay que buscarla. Debe ser alguien muy implicado afectivamente a ti, que te quiera, que esté dispuesto a acompañarte durante el proceso de desintoxicación que vas a seguir y, sobre todo, que no te juzgue jamás. Fijáos si tengo suerte: “lo que haces es muy duro, pelea, pero no olvides que nada tiene que ver con que te quiero, este es un problema diferente, de los dos y mientras seamos sinceros lo superaremos juntos”.

Esto es enormemente complicado, pues la persona-ancla tiene que ser también muy “fría”, muy firme a la hora de decirte que te has equivocado, que lo que has hecho no está bien, que tienes que poner remedios ya (bloqueos de internet, el ordenador en el comedor, no quedarte nunca solo en casa e, incluso, ir rápidamente a confesarte si eres católico). A esta persona le dolerá tu situación. En muchos casos se preguntará por qué te pasa esto. Incluso, si es tu mujer, siempre tendra ese runrún en la cabeza de “¿qué encuentra él ahí que no le puedo dar yo?, ¿es que no soy suficiente para él?, ¿me miente?, ¿me querrá aún?”

Mi caso, por supuesto, era este. Se juntaba el tormento de salir de la pornografía con el miedo a hacerle daño. Si caía me decía: “no se lo cuentes a ella que la harás polvo”. Pero la mentira era lo peor. Ocultarle cosas.

Si las persona elegida es tu mujer voy a contaros una cosa que probablemente os sorprenda. Quizás incluso os parezca cruel. Estas dudas las debe sobrellevar ella sola. Ese fue mi caso. Puedes prometerle que eso que piensa es mentira, pero nada más. Tú tienes tus peleas y ella necesita su espacio vital. Es el precio que pagará por acompañarte, seamos claros. Yo la quiero muchísimo y ella a mí, por eso ha funcionado. Realmente, si la persona escogida es tu mujer, puedo garantizaros que es la apuesta más grande que haréis en vuestra vida. Puede salir fatal, pero si funciona (y si os queréis de verdad, lo hará) el matrimonio saldrá enormemente reforzado. “¿Qué derecho tienes tú a animarme a que arriesgue mi matrimonio?”, podéis decirme. Sin embargo, ya estamos poniéndolo en juego cada vez que vivimos nuestra doble vida. No es la pornografía la que matará el matrimonio, creedme. Es la mentira.

Fijaos lo que me salvó. Es importantísimo y quizás os ayude. No le prometí jamás que dejaría la pornografía o la masturbación. No puedes prometer lo que no estás seguro de poder llevar a cabo. Solo me comprometí a lucharl y a contárselo todo. TODO, por mínimo que fuera No solo la pornografía explícita, sino que si leía un simple periódico deportivo y veía a una mujer en top-less se lo decía; si buscaba en Google Imágenes algo que nada tenía que ver con el porno pero salía una imagen obscena, se lo decía; etcétera. Poco a poco empezó un cambio enorme en mí. Cuando iba a ver porno o a masturbarme me decía: “lo peor de esto es que, a pesar de que ahora me dé placer, luego se lo tendré que contar” ¡Y dejaba de hacerlo! Fue poco a poco, es cierto, pero funcionó. Al ver con qué cariño me respondía ella, cada vez me daba más miedo hacerle daño. Sin embargo, si alguna vez, y esto es importante, tenía la más mínima duda sobre si tenía que contarle algo, pues quizás lo consideraba exageradamente banal, entonces se lo contaba. No lo olvidéis. Los adictos somos totalmente incapaces de tomar decisiones acerca nuestras adicciones. Todo nos parece aceptable en un momento dado. O todo nos parece horroroso. La persona-ancla pone en su sitio las cosas desde su visión exterior. Avisa de lo que es importante y de lo que no. A mí me tranquilizaba.
 
Si no tenéis una persona así buscadla. Un amigo, un familiar, un sacerdote que realmente se implique con la gente (que los hay de todo tipo), etcétera. Todas estas anclas os ayudarán enormemente, pero siempre desde la sinceridad.
 
Mientras, si queréis, podéis cogeros a este blog. Aquí, al menos, entendemos lo que ocurre e intentamos estar juntos.

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