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​¿Dónde nace una sonrisa?

© Martin Garrido / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 14/07/14

En el silencio, en la paz profunda, pero… ¿de verdad queremos y sabemos estar solos?

Una sonrisa auténtica necesita siempre estar precedida de buenas dosis de silencio.

Para que haya risa y sonrisa de verdad, hace falta hondura y profundidad de alma. Para que haya fuente es necesario un pozo hondo, profundo, cargado de agua. La fuente toma el agua del pozo.

Para que haya árboles, hacen falta raíces que busquen agua en el interior de la tierra. Raíces firmes,  fuertes.

Pienso que la sonrisa es sólo el exterior de un rico mundo interior, de una paz profunda. Por eso, una risa fingida, irónica, burlesca, es reflejo de poca hondura.

Una risa cínica, crítica, que se ríe del mal de los otros, que se burla de los defectos y caídas de los demás, es una risa sin fondo, vana, superficial. Por otra parte, una risa sincera y verdadera, inocente y pura, tiene que ver con la profundidad del alma.

¡Qué importante es tener silencio en el corazón! Al mismo tiempo, ¡qué difícil! No es fácil convivir con el silencio. A veces la soledad nos aturde. No es fácil estar a solas con nuestros temores y dudas.

El uso de los móviles ha acentuado la llamada «fronemofobia» o miedo a pensar. Un estudio realizado muestra que bastan entre 6 y 15 minutos sin cosas que hacer, para que la mayoría de la gente se sienta incómoda.

Hay una necesidad muy fuerte en el hombre de tener algo entre manos, ocupar la mente, no perder el tiempo, aprovechar cada segundo. Cuesta tanto desconectar esta cabeza nuestra siempre en ebullición…

Nos gusta estar ocupados y el móvil suele llenar ese vacío que sentimos. El silencio, la tranquilidad tan deseada, en el fondo, no es tan deseada. Vivir en una casa rodeada de vecinos parece más apetecible que vivir solo en mitad de la montaña, sin nadie a nuestro alrededor, sin niños.

La soledad asusta, nos enfrenta con nosotros mismos, con nuestros pensamientos más ocultos, con nuestros miedos y deseos inconfesables. Queremos oír ruidos, gente, niños, estar ocupados, tener cosas del exterior que nos den qué pensar, para no pensar en nada más.

Un silencio absoluto nos desconcierta e incomoda porque nos confronta con nuestra verdad. La soledad excesiva nos crea un problema. Estar solos con nosotros mismos, cuando no nos conocemos del todo, cuando hay preguntas por responder y temas por resolver, nos inquieta.

Un poema de John Milton dice: «La mente es tu propio lugar y en sí misma puede hacer un cielo del infierno y un infierno del cielo». En nuestra cabeza está la capacidad de vivir con paz o en guerra. Tranquilos o nerviosos.

Estar a solas con nuestros pensamientos nos confronta con nuestros límites e incapacidades, con nuestra pobreza y nuestras pasiones, con los pecados que tantas veces nos aturden y nos cuesta confesar.

Anhelamos la soledad, tener tiempo libre para nosotros, hacer cosas por nuestra cuenta, solos, sin nadie. Pero luego esa misma soledad anhelada nos resulta difícil de soportar.

Dios quiere hablarnos en el silencio. Decía san Francisco de Sales: «Uno se recoge en Dios para elevar suspiros hacia Él, y suspira hacia Él para recogerse en Él. El anhelo de Dios y la soledad espiritual se sostienen mutuamente».

A veces Dios se sirve, es verdad, de sucesos, de personas, de conversaciones. Muchas de esas veces vemos a Dios hablando en las cosas que vemos y oímos. Pero a Dios le gusta el silencio para estar ahí con nosotros. Viene a nuestra vida en ese espacio vacío, en ese tiempo sin ruidos, en que su voz resuena con mayor nitidez, con fuerza. 

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