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​Miradas que sanan, palabras que dan vida

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 13/07/14

A veces llegamos a creer en que es verdad que existe esa semilla enterrada en lo más hondo nuestro y sonreímos

Hoy el Evangelio nos muestra la vida cotidiana de Jesús: «Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago». Lo cotidiano tiene a veces algo de mágico. La vida rutinaria de los que amamos para nosotros tiene el valor único de conocer a la persona en su lugar, con sus costumbres, con su mundo.

Jesús salió de casa. Nos consuela pensar que Jesús, el peregrino, el caminante, aquel que no tenía donde reclinar la cabeza, tuvo su hogar y sus raíces. Lo necesitó, como nosotros lo necesitamos. Seguramente esa época la guardó dentro durante toda su vida.

Nosotros también guardamos esos lugares donde crecimos y nos sentimos amados. Cuando estamos cansados volvemos con el corazón allí.

Su casa en Cafarnaún, la de Pedro. Ese lugar fue su hogar desde que empezó la vida pública. Iba y volvía a él, hasta que emprendió el camino hacia Jerusalén. Un hogar compartido con los suyos. Desde que los llamó, nunca se separó de los apóstoles.

Echó raíces en esa ciudad, junto al mar de Tiberíades. María también estaría. Su lugar era el lago. Allí oraba, paseaba, pescaba, allí soñaba y amaba, escuchaba, sanaba. El lugar del encuentro con la gente. Su propio lugar de descanso.

Jesús sale de casa sin nada previsto, sin agenda. Con el corazón abierto a lo que ese día su Padre le quiera regalar. Lo buscan muchos por sus palabras de vida, por sus manos que curan, porque tiene algo que hace que todos quieran reposar en Él.

Quizás en ese momento le hubiese gustado seguir solo, contemplando, rezando. Pero llegan todos, y Él cambia su plan: «Y acudió a Él tanta gente que tuvo que subirse a una barca». Es todo para ellos. Me gustaría tener esa libertad interior.

Jesús lo deja todo por cualquiera que se acerca a Él. A veces no es tan fácil. Son los imprevistos, los de repente que nos sacan de nuestro esquema. Eso fue la vida de Jesús, acoger a todos, adaptarse al otro.

Jesús tiene el corazón abierto a lo que su Padre le regale en el día. Deja su soledad por aquellos que son como ovejas sin pastor, y se conmueve. Jesús, desde la barca, les habla de su Padre, les habla al corazón, responde a sus preguntas.

Jesús tendría una voz potente. ¡Qué suerte, poder oírle, sentados en la orilla, mirando hacia el mar, Jesús en la barca! Dan ganas de sentarse en la orilla a escucharle: «Se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas».

Jesús se sube en la barca y les habla. Es bonita esa imagen. Lo buscan, lo escuchan. Necesitan oír sus palabras.

Con el tiempo nosotros es como si ya hubiéramos escuchado demasiadas cosas. No queremos oír más, tenemos bastante. No queremos perder el tiempo con palabras huecas, vacías. No nos abrimos a lo nuevo.

Jesús tiene palabras de vida eterna. Calman el alma. ¡Cuántas palabras a nuestro alrededor muchas de ellas vacías! ¡Cuántas noticias y discursos que nos dejan sin paz! Salimos vacíos.

Jesús hoy nos habla del sembrador que sale a sembrar: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga».

La semilla del sembrador cae en varios lugares: al borde del camino, entre piedras, entre zarzas y en buen terreno.

Impresiona siempre de nuevo escuchar estas palabras. Jesús habla de sí mismo, habla de su Padre Dios. La semilla es la palabra de Dios que muere en el corazón de los hombres y da fruto.


A veces su palabra son sueños perdidos y olvidados y no florecen. Palabras que fueron pensadas para la vida y han muerto.

Decía Mario Benedetti: «Dale vida a los sueños que tienes escondidos, descubrirás que puedes vivir estos momentos con los ojos abiertos y los miedos dormidos, con los ojos cerrados y los sueños despiertos».

Las semillas son esos sueños que Dios siembra en nuestra alma. Son varios caminos, varias posibilidades. Hoy pienso en la semilla de eternidad, de bondad, que Dios ha sembrado en nuestro corazón.

Hay personas que consiguen sacar de nosotros esa semilla que está oculta. Hay personas que nos miran por dentro, como Jesús mira desde la barca, como Dios nos mira. Miran la semilla oculta. Lo que somos, no lo que hacemos. Ven el árbol escondido en una pequeña semilla. Imposible verlo si no es con los ojos del alma.

Son personas que saben, al mirarnos, cómo somos por dentro. Creen en nuestras posibilidades, ven más allá de lo exterior. Personas que nos acercan a Dios, que nos hacen reconocer esa semilla única que es la huella de Dios en nuestra vida, la huella de sus manos al crearnos.

Para ellos somos únicos, conocen nuestros dones cuando nosotros sólo vemos nuestros fallos. Cuando caemos nos siguen amando sin dudar de nosotros.

Ellos miran lo que somos, a veces mejor que nosotros. Ellos ven el jardín cuando nosotros sólo vemos una raíz fea. Nos miran con la mirada de Dios. Mejor aún. Dios nos mira por sus ojos limpios.

A veces incluso, por ellos, llegamos a creer en que es verdad que existe esa semilla enterrada en lo más hondo nuestro y sonreímos. Y nos apoyamos en ellos para levantarnos. ¡Qué seguridad nos da su mirada!

Esas personas son lo mejor de nuestra vida. Son los instrumentos predilectos del amor de Dios. Tienen la mirada pura que nos sana y nos sostiene.

Ojala nosotros seamos así con muchos y logremos mirar por dentro a los demás, desvelar sus semillas escondidas. Por una sola mirada mía puede sanarse una persona.

Puedo hacerle creer en su semilla. Puedo hacerle creer que, sin su semilla, yo estoy incompleto, me falta algo, porque lo que él me da, no me lo da nadie. Dios lo necesita. Como a mí. Creer en él. Como Dios cree en mí. Lo que Dios ha sembrado en el corazón del otro es un don para mi vida.

A veces nos cuesta verlo. Del mismo modo, la semilla que Dios plantó en mí, es un don para el mundo. Es el misterio del ser humano, nos necesitamos los unos a los otros.

Pienso en ese tesoro escondido en el campo por el que merece la pena venderlo todo. Tiene que ver con la parábola de hoy, con la semilla. Es ese nombre, esa semilla única y personal que Dios puso en mí. Por eso merece la pena dar la vida, dejarlo todo y luchar con toda el alma.

El sembrador siembra la semilla en todas partes, al borde del camino, en terreno pedregoso, entre zarzas y en terreno bueno. Jesús dice: «Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. El que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. El que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril».

Siembra en todos los corazones. Nos busca a todos. No elige la tierra buena para plantar la semilla y deja la árida. No escoge a los mejores porque piensa que son los que van a dar frutos. No. Ama a cualquiera, sin mirar si su tierra es dura, llena de zarzas, es buena, o está situado el borde del camino.

En realidad, no es eficaz, porque se van a perder muchas semillas por culpa del lugar en el que caen. Cuenta con nuestras limitaciones y confía en nosotros. Dios nos busca, busca nuestra tierra, sale de casa y va a nuestro encuentro.


Es ese Dios que sale cada día a sembrar. Busca a todos, pone la semilla de su amor en todos los corazones, sin despreciar a ninguno. Confiando en que cualquiera puede ser tierra buena, si saca las zarzas, si se aleja del borde del camino, si cava hacia dentro y profundiza, si saca las piedras.

Decía el Padre José Kentenich: «Parte del hombre pleno, como Dios lo ha pensado, pasa por actualizar esa capacidad de obedecer acogiendo el don de Dios»[1].

Confía en nuestra capacidad para obedecer, para acoger la semilla. Dios es el sembrador y también es el jardinero que, con nuestra tierra, tal como es, con sus durezas y sus piedras, con las zarzas que la ahogan, con su abono, con sus zonas profundas y sus zonas más secas, puede hacer la tierra más fértil.

Sólo Dios puede hacerlo y nosotros sólo tenemos que abrirnos a su gracia obedeciendo. Jesús no quiere decir que unos somos tierra buena y otros no. Nosotros lo vemos así, Él no.

Todos somos tierra con piedras, con zarzas, al borde del camino. Todos podemos ser tierra fértil, fecunda.

¿Cómo es mi tierra? ¿Qué durezas hay, qué cosas se me han quedado endurecidas en el alma, por mi historia, por mis heridas, que no deja que nadie entre? ¿Qué zarzas la ahogan, las cosas tontas que me preocupan, mi afán de poder o de valer, mi obsesión por el éxito?

Su mirada, desde la barca, es honda, sabe de mi sed y de mi necesidad. Es ése el sembrador del que hoy nos habla Jesús. Es Jesús mismo. Jesús salió de casa a buscarme. Dios sale de sí mismo para salir a mi encuentro.

Sale de casa para ir a mi casa. Sale a sembrar. Nunca se cansa, siempre me espera en la orilla del lago, va hacia mí para sembrar en mi alma la paz, la alegría, la vida. Se introduce en mi barca para predicar. ¡Qué amor más grande! Infinito, eterno.

Pero algunas semillas caen en tierra fecunda: «Significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno». Mateo 13, 1-23. 

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