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Divorciados que no quieren volverse a casar, ¿y además se les juzga?

© Kaspars Grinvalds/SHUTTERSOCK
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El Sínodo planteará los problemas de estos divorciados que, a pesar de seguir siendo fieles al vínculo, a menudo no se sienten aceptados en la Iglesia

El Sínodo Extraordinario de la Familia, que se celebrará en Roma en octubre, tiene un documento de trabajo en el que las conferencias episcopales de todo el mundo han puesto el acento, entre muchos otros casos familiares, en pedir comprensión, cariño y ayuda para los divorciados que no se vuelven a casar por mantener la promesa de su matrimonio. Pide que la Iglesia “preste más atención” a estas personas y que no se les mire mal. La incomprensión de los creyentes ahonda en su soledad, cuando en realidad son fieles que quieren ser consecuentes con su fe.

Para los divorciados que no quieren casarse de nuevo “al sufrimiento del fracaso matrimonial se añade el de no ser considerados convenientemente por la Iglesia y son desatendidos”, cuando más necesitan “ser acompañados pastoralmente” (n. 97). Y añade el documento que “constituyen un gran testimonio cristiano la valiente aceptación de la condición de separados que siguen fieles al vínculo” matrimonial. La soledad y la pobreza –han visto reducidos sus ingresos y su nivel de vida– en que viven muchas veces los cónyuges separados, además de su sufrimiento, hace que sean considerados ellos también los “nuevos pobres”.

Estos separados o divorciados reciben la incomprensión por dos lados. Por un lado está la presión de familiares y amigos que les animan a que “rehagan” su vida, es decir que se vuelvan a casar en lugar de ayudarles a luchar para defender su posición. Por otro lado está la incomprensión de los creyentes que les miran mal también porque su situación es “rara” aunque correcta canónicamente. Estos cónyuges solos sufren también la pérdida de sus amigos/as. A veces, un divorciado que no se ha vuelto a casar parece que molesta, se encuentra en una situación incómoda socialmente, casi como un pulpo en un garaje. Cambia su entorno social de antaño, tal vez sus amistades, gente que pensaba muy amiga y que le dan la espalda, otros quieren evitar el “contagio” con los hijos, y un largo etcétera.  

Una mujer separada debe encontrar un trabajo estable para sacar adelante a sus hijos. Y en el trabajo es “cortejada” por hombres casados, viudos y divorciados, que le cuentan sus historias, sus “problemas de pareja”. A veces le invitan a una “comida de trabajo” donde se habla de todo menos de trabajo porque quieren husmear en su intimidad, saber cuáles son sus sentimientos, cómo viven, si necesitan “compañía”…

Los padres ayudan con los hijos, pero ya son mayores y poca ayuda pueden recibir más que su comprensión y compartir con ellos el sufrimiento, y sufren también porque sus padres sufren. Los padres de “la otra parte” son “abuelos” de sus hijos… En la Iglesia, el sacerdote y los agentes pastorales, deberían ayudar más a estos cónyuges que se mantienen fieles al matrimonio, echándoles una mano para rehacer el matrimonio y, si no, usar con ellos comprensión, cariño y ayuda, que tanto se necesita especialmente en los primeros años de la separación.

El documento preparatorio del Sínodo –que es un resumen de las respuestas de las conferencias episcopales de todo el mundo recibidas al cuestionario que envió el papa Francisco a todos los obispos—afirma que en los casos de divorcio, un mayor conocimiento de la nulidad matrimonial ayudaría, pues hay padres que creen que el hecho de ser declarado nulo el matrimonio, los hijos nacidos de este serían ilegítimos. Otras respuestas inciden en simplificar el proceso de nulidad canónica, sin que esto sirva para debilitar el vínculo, de modo particular en aquellos matrimonios con no creyentes los cuales no quieren colaborar en las causas de nulidad, como sucede en países asiáticos. El documento preparatorio afirma también que deberían estudiarse procedimientos administrativos y no solo los penales, al tiempo que solicita un mayor número de tribunales y conceder mayor autoridad a las instancias locales, pues en África, América Latina y Asia hay muy pocos tribunales (n. 98).

En los casos en los que los divorciados se han vuelto a casar por lo civil, dice el documento preparatorio de Sínodo, “la Iglesia no debe asumir la actitud del juez que condena”, como ha dicho el papa Francisco, “sino la de una madre que acoge a sus hijos siempre y cura sus heridas. Con gran misericordia, la Iglesia está llamada a encontrar formas de “compañía” para sostener a estos hijos en un itinerario de reconciliación (n. 97), que se haga cargo de intentar reunir a los cónyuges separados. Con comprensión y paciencia –añade– es importante explicar que el hecho de no poder acceder a los sacramentos, no significa quedar excluidos de la vida cristiana y de relación con Dios”.

El documento (n.87) pide dedicar una “atención especial”  a los hijos de los divorciados” que la Iglesia “está llamada a cuidar pastoralmente”, pues sobre ellos cae el peso de los “conflictos matrimoniales”. También la Iglesia debe cuidar a los padres de los divorciados porque “sufren las consecuencias de la ruptura del matrimonio”. Aconseja el documento que es bueno formar “grupos de oración” y actividades caritativas con los divorciados.
                  

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