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Anda, sonríe…

© Blanca / Flickr / CC
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Porque sonreír hace más fácil la vida. Abre puertas, allana los caminos. Levanta el ánimo y acoge con los brazos abiertos

En ocasiones valoramos de forma especial una sonrisa. En momentos de angustia o ansiedad, cuando tenemos dudas y miedos, cuando tememos el futuro y todo es incierto. En esos momentos una sonrisa vale oro. Es un tesoro. No cuesta tanto regalarla y se aprecia como lo más valioso cuando se recibe.
 
Hay personas que realmente no sonríen ni haciéndoles cosquillas. Su seriedad impresiona. Cuando uno vive así, tan agobiado por la vida, a veces no logra sonreír. No tiene ánimo para esbozar ni tan siquiera una leve sonrisa. Y cuando no sonreímos nos olvidamos de la luz de la vida.
 
Las personas serias ven que todo es importante, trascendente, grave. Ven mal las bromas fuera de lugar, cuando no corresponden. Les parece que las bromas desentonan. Como si una broma, una risa, una sonrisa, le quitara peso y valor a lo que tenemos entre manos. Todo parece muy serio.
 
A lo mejor falta alegría en el alma e ingenuidad para mirar la vida con más confianza y sin miedo. Decía el Padre José Kentenich: «La falta de Dios del tiempo actual significa una muy honda falta de alegría en nuestro tiempo, una carencia de alegría que está profundamente arraigada, que va ganando terreno»[1].
 
A lo mejor muchos ya no sonríen porque han perdido la esperanza, porque ya no encuentran motivos para reír. Y tal vez muchas personas hayan perdido la alegría porque ya no ven a Dios en sus vidas, ya no confían en un amor providente, en un Dios que los ama con locura.
 
Cuando es así, falta la alegría verdadera, la del alma, la que procede de Dios y no de las circunstancias de la vida. Es la alegría que anhelamos, la que nadie nos pueda quitar. Ojalá nadie pueda impedir nunca que sonriamos.
 
Me conmueve ver a personas mayores que sonríen siempre. Los saludas y sonríen. Les duele algo y cuando los miras, sonríen. Se despiertan aturdidos, y sonríen al verte. Los saludas con cariño y te responden con una ancha sonrisa. Parece que están tristes, pero en seguida sonríen.
 
Me gustaría llegar a viejo con una sonrisa grabada en el alma. Una sonrisa eterna, que proceda de Dios. Una sonrisa que alegre a otros. Porque sonreír hace más fácil la vida. Abre puertas, allana los caminos. Levanta el ánimo y acoge con los brazos abiertos.
 
Es verdad que la seriedad es importante en ciertos asuntos serios. Pero muchas veces una sonrisa lo hace todo más fácil, incluso lo serio.
 
A veces temo convertirme en un sacerdote muy serio. Siempre preocupado, concentrado, agobiado. Es el temor de pensar que los años pueden quitarle brillo a la vida, luz al día, alma a las cosas. Ayuda mucho mirar a los niños en medio de su alboroto y alegría.
 
Decía el padre Alejandro Ortega Trillo: «Los niños no saben ser felices en silencio. Ninguna risa es más sincera que la suya. Las risas adultas con frecuencia son afectadas, superficiales, teñidas de un cierto mimetismo camaleónico. La risa de los niños debe su autenticidad a una experiencia más honda que la de poder jugar y bromear. Los niños en general, si tienen unos padres medianamente buenos, se sienten inmensamente amados. Este es el secreto de su risa y de su dicha. La risa de los niños se apoya en su impotencia, en su dependencia, en su necesidad de alguien más que vela por ellos».
 
Sonreír como los niños. Sin nada que temer porque nos sentimos seguros. Confiar y sonreír. Descansar y reír. Como los niños.

 


[1] J. Kentenich,
Las fuentes de la alegría
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