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​Sugerencias para crecer en humildad

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 10/07/14

Conocer mi verdad más profunda y el amor de Dios, que Él ocupe el lugar central, aprender de las derrotas, humillaciones y fracasos, alegrarme del trato conforme a mi pequeñez

Jesús nos invita a ser humildes. Es difícil ser humildes. Normalmente el amor propio y el orgullo nos alejan de las personas.

Jesús se describe a sí mismo y dice que es humilde de corazón. Es el Dios que se abaja, que no impone, que se oculta, que se hace pobre, que se despoja de su rango pasando por uno de tantos y se cansa por los caminos tomando ovejas perdidas sobre sus hombros.

Humilde en Belén, escondido en la fragilidad de un niño que necesita el abrazo de sus padres. Humilde en Nazaret, con la sencillez de una vida cotidiana, de un día tras otro con José y María, sin nada extraordinario.

Humilde en una aldea, aprendiendo a hablar, a correr, a rezar, a llorar. Humilde en el bautismo del Jordán, en la fila, detrás de todos, esperando como uno más a ser bautizado por el que no era digno de desatarle las sandalias.

Humilde cuando necesita irse al desierto a buscar, a encontrarse con su Padre. Humilde en su ser de caminante que no tiene hogar, que se hospeda donde le abren la puerta, que necesita a sus amigos, que disfruta lo que el Padre le da sin pedir nada.

Humilde cuando implora ayuda a su Padre en Getsemaní, cuando pide la compañía a Pedro y teme que los suyos puedan marcharse. Humilde cuando se deja azotar y coronar de espinas. Humilde cuando carga la cruz. Cuando se burlan de Él y Él guarda silencio.

Humilde cuando me espera cada día, cuando llama a mi puerta y aguarda paciente, respetuoso, a que abra para poder entrar. Humilde cuando sigue esperando y yo no abro.

¡Qué difícil ser humildes! Es un arte. Es una gracia. La humildad es lo que admiramos en las personas a las que más respetamos.

No hay nada que provoque más nuestro rechazo que la vanidad y el orgullo. Ante aquellos que nos hablan siempre de sus éxitos y capacidades, ante aquellos que no dejan de presumir de sus logros, no nos sentimos cómodos.

La vanidad, la prepotencia, la ostentación, no despiertan el amor. La humildad, por su parte, nos atrae. Aquellas personas humildes son un don. Pero no una humildad fingida o impostada. Sino una humildad auténtica, que brota de lo hondo del corazón.

Miramos a Jesús. Miramos a María. Ella es la humildad encarnada. La esclava, la sierva de Dios. En Ella confió Dios la misión más grande. Porque es humilde. Porque no se engríe.

Decía el Padre José Kentenich: «La eternidad nos mostrará un día que las almas pequeñas fueron las que determinaron el destino. Las pequeñas, no las grandes».

Las almas humildes son pequeñas, se saben pequeñas y aprenden a confiar en el poder de Dios. Son las almas de aquellos que confían, que se dejan guiar, que no imponen, que respetan. Un corazón humilde une y acerca a Dios, no impone, respeta. Nosotros servimos y obedecemos.

Pero la humildad es un camino que recorremos de la mano del Señor. Aprendemos a ser humildes cuando conocemos el amor de Dios y comprendemos que Dios no nos ama porque somos buenos, sino porque Él es bueno.

La desproporción entre lo que somos y lo que podemos llegar a ser es lo que nos hace humildes.

La humildad es verdad, es conocimiento de mi verdad más profunda. Nos alegramos de ser como somos y sabemos que podemos dar mucho más.

Dios puede hacer obras grandes con mi barro. Puede hacer una obra de arte. Pero eso no me hace vanidoso, sino humilde. Es Él con su poder. Él en mí. Él actuando sobre mi vida. Esa experiencia me descentra. Hace que el centro sea Él. Puede ocurrir que no aprendamos solos a ser humildes.

Entonces las humillaciones de la vida, las derrotas, los fracasos, nos ayudan a ser más humildes.

Decía san Francisco de Asís al preguntarse sobre la alegría perfecta: «

Si somos perseguidos, despreciados, etc., y tú te alegras en Dios, entonces tenemos la alegría perfecta».

Cuando Dios nos regala la gracia de ser capaces de alegrarnos en las persecuciones, en el fracaso, tenemos una alegría que procede de Dios y esa alegría nos hace humildes.

Alegre es el que se mira pequeño y confía. El que se sabe débil y sonríe. Sí. Es la alegría que da la verdadera humildad. Una humildad que tiene grados.

Grados de la humildad

Somos humildes cuando nos vemos débiles. Crecemos en nuestra humildad cuando aceptamos que otros nos vean débiles, vean nuestras torpezas, se rían de nuestra fragilidad.

Crecemos aún más cuando estamos dispuestos y nos conforta ver cómo los demás nos tratan de acuerdo a nuestra debilidad. Saben cómo somos y nos tratan de acuerdo a lo que somos.

Es duro ser humillados y sonreír. Alegrarnos de no tener nada seguro y confiar. El Padre José Kentenich dice al hablar de las cruces y dificultades:

«Queremos transformar las fuentes de dolor en fuentes de alegría. La educación en la alegría debe saber tocar también este sufrimiento con la vara mágica y hacer del sufrimiento una fuente de alegría. Esa vara mágica es el amor.

Sólo cuando sea el amor el que me impulsa a Dios, y sepa que todo es expresión de su amor, tendré en mi poder la vara mágica con la que todo puede convertirse fácilmente en fuente de alegría».[2]

La humildad ha de ir siempre unida al amor para poder ser fuente de alegría. Así podremos mirar nuestra vida y alegrarnos de ser pequeños. Repetiremos el Magnificat en nuestro corazón: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque ha mirado la humillación de su esclava». María se alegra de ser pequeña. Es el camino que Jesús nos propone.

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