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¿Sigue colonizada Latinoamérica?

© Nino Modugno
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Resulta imprescindible superar los colonialismos mentales y simbólicos que aún perduran con fuerza en el continente

Se conmemora un nuevo aniversario de la Independencia argentina, una oportunidad para resaltar la importancia de un diálogo intercultural. La reciprocidad nos permitirá vernos diferentes, pero iguales poniendo en luz  el valor de la alteridad.
 
En el mes del mundial de fútbol, es común ver las manifestaciones de alegría y desazón de simpatizantes de numerosos países, conforme los resultados deportivos que se van obteniendo.
 
Los colores nacionales que cada uno exhibe, los idiomas, las costumbres, las formas y los modos, parecen todos sintetizar la cultura de cada país. Sin embargo, esta es solo la parte visible y relativamente pequeña de una cultura (el comportamiento humano, los rituales; pero también lo son la arquitectura, la alimentación, las instituciones, el arte, etc.).
 
Dichas manifestaciones se basan en la parte invisible (valores, normas, creencias, cosmovisiones, filosofías, etc.) que encarna el grueso de lo que es una cultura. 


 
Cultura es el universo simbólico que me permite interactuar de cierta manera con los seres humanos, pero también con el Absoluto y con la naturaleza.
 
Son los códigos que tengo para leer la realidad como tal y la experiencia humana en ella.
 
En la ocasión de un encuentro entre personas o grupos de diferentes culturas, como puede ser un mundial de fútbol, las partes visibles de este conjunto entran explícitamente en contacto, mientras que las partes invisibles determinan gran parte de la comunicación, sin que las personas estén conscientes de ello. 


 
La cultura de un país es una construcción histórica y, como tal, hundiendo sus raíces en el pasado adquiere nuevos significados en cada momento presente.
 
Así como la independencia de los diversos países latinoamericanos puso de relieve actores y eventos que marcaron la singularidad de dicho proceso, hoy nuestra percepción del mismo tiene otros significados.
 
Uno de ellos pone de relieve, precisamente, la diversidad cultural en (y entre) los países de América Latina.


 
Visibilizando la diversidad
 
Hablar de la diversidad cultural latinoamericana es referirse a una diversidad que había quedado sumergida, escondida y negada durante siglos pero que ahora surge con fuerza, irrumpiendo en los más variados ámbitos sociales e institucionales.
 
Referirse a culturas no es pensar solamente en culturas autóctonas o indígenas, sino también en las culturas urbanas, en las subculturas como la juvenil, en culturas nacionales, regionales, etc.
 
También es pensar en esas nuevas hibridaciones culturales o nuevos mestizajes que se están dando en nuestro continente, sobre todo en las periferias urbanas que son un gran entrecruce cultural. 


 
Sin embargo, el hecho de ignorar por tanto tiempo una gran porción de las culturas existentes en América Latina ha llevado a un sinnúmero de malentendidos culturales.
 
Acercarse al fenómeno de la diversidad cultural es colocar de relieve esta situación y buscar criterios para facilitar lo que sería el diálogo intercultural: que la interacción entre personas o grupos, tanto a nivel personal como estructural, de diversas culturas, no quede truncada en el conflicto, sino que se proyecte como una posibilidad de auténtico encuentro y crecimiento mutuo. 


 
Lo cultural es aquello que marca y condiciona el sentido que damos a todos. Son las relaciones de sentido y significación. Lo cultural pone en evidencia que las relaciones se rigen no sólo por el valor de uso y cambio de los bienes, sino también por el hecho de que esos bienes representan un valor signo y un valor símbolo.
 
Si consideramos un terreno cultivable, este tiene un valor de uso (dar productos para la alimentación) y un valor de cambio (el precio en el mercado). Pero a esto hay que agregar que este terreno tendrá también un valor signo que son las connotaciones que se asocian con ese objeto. No es lo mismo un terreno rodeado de otros terrenos muy productivos o de fácil acceso.

 
Pero además hay un valor simbólico que hace que, para algunos, ese terreno sea simplemente un terreno cultivable y muy bueno para hacerlo producir, mientras que para otros puede ser un lugar sagrado.
 
A esto podemos agregar que ese mismo terreno, para un grupo cultural, puede ser un simple objeto, mientras que para otros es un ser vivo frente al cual cabe el respeto y el cuidado. 


 
La diversidad cultural latinoamericana se convierte, entonces, en problema y desafío.
 
Es un problema porque las viejas recetas de imponer una hegemonía cultural e incluso religiosa sobre otras culturas o de erradicación forzosa de éstas a través de procesos de mestizaje y migración foránea, ya no son viables.
 
Pero también resulta imprescindible superar los colonialismos mentales y simbólicos que aún perduran con fuerza en el continente.
 
Es un desafío porque en Latinoamérica la visibilización de esa diversidad cultural, camuflada bajo el manto de una supuesta homogeneidad cultural, exige dejar de considerar ciudadanos de segunda categoría a los pueblos originarios y a tantos otros grupos marginados. 


 
Por su parte, ya no es posible seguir viendo la pluriculturalidad simplemente como relaciones interpersonales entre personas de culturas diversas, sino que hay que asumirla en su desafío macro que apuesta por transformaciones políticas, económicas y sociales.
 
No se trata sólo de llevar a la práctica reformas constitucionales que reconozcan un fenómeno, sino procesos constituyentes para una transformación de la organización estatal, social y cultural. 


 
Diferentes pero iguales
 
Lo dicho anteriormente implica actuar según esta dialéctica dialógica: somos diferentes, pero iguales. Si se ignora lo primero (la diferencia), se llega a una suerte de uniformización cultural, social, étnica, política y económica.
 
Es lo que, históricamente, se propuso hacer, con mayor o menor éxito, mediante la mestización, o con la “mejora” de la raza a partir de la migración europea o con el exterminio de la población indígena, etc. De este modo se pusieron en acción mecanismos y estrategias de “invisibilización” de la alteridad. 


 
Por su parte, si no se toma en serio lo segundo (la igualdad), se puede llegar a sostener y practicar cualquier tipo de discriminación, marginalización y actitud racista.
 
Es la negación de la igualdad de derechos, igualdad que justamente por la diferencia, exige un trato diverso. Precisamente cuando no se da ese trato diverso surge la inequidad social.
 
Es la imposición, a veces inconsciente e involuntaria, desde estructuras de poder y desde una colonialidad que funciona desde ciertos marcos culturales, de los propios códigos culturales sin aceptar una modificación o abrir espacios para una participación activa y real desde los diversos grupos culturales. 


La raíz de la inequidad social, desde una perspectiva sociocultural, está en la relación con el otro, con aquel y aquella que es diferente a uno. Diferente en lo cultural y no sólo de las culturas indígena, afroamericana, marginal, etc.
 
Diferente en las relaciones de sentido, en la manera de situarse y estar en el mundo, de significar las relaciones con uno mismo, con los demás, con lo Absoluto y con la naturaleza.
 
Diferencias culturales como la que se da entre generaciones, entre lo popular y lo culto, entre lo urbano y lo rural, entre lo periférico y lo central, etc. 


 
¿Cómo comprender este problema de la alteridad para ejercitar una mirada hacia el otro que respete la diferencia desde la común igualdad o que valore la igualdad sin anular la diferencia?
 
Para responder, se parte de dos presupuestos importantes: 


 

-    Los seres humanos somos relación, somos un tejido de relaciones que nos constituyen y nos hacen ser lo que somos. Tejido de relaciones que se entreteje forjando la identidad: ese nexo entre cómo me veo y cómo me ven. Lejos de toda esencia inmutable, somos, más bien, una continua identificación a partir de las identidades múltiples que cada ser humano gestiona en su recorrido histórico. 

 

-    La sociedad es un tejido social y no una pirámide. Gran telar que se va articulando desde lo cotidiano y desde lo bajo. Cambiar el código y modo de relacionarse es cambiar una sociedad desde lo más íntimo. Por ello esta es la transformación más difícil. Con esto no se niega la necesidad y urgencia de cambios estructurales, en el modo en que los hilos se entrecruzan y tejen. 


 
Un cambio de época, un nuevo paradigma

 
La humanidad vive inmersa en un cambio de época de gran profundidad. Algo que va más allá del fenómeno de la globalización, el cual es causa y efecto de eso que está mutando en la hondura de nuestras conciencias humanas.
 
Cambio epocal, que justamente por la globalización, afecta a todos los pueblos, aunque de maneras y con consecuencias diversas.
 
Dentro de las diferentes lecturas e interpretaciones del cambio de época una que tiene bastante consenso, desde diversas disciplinas sociales y antropológicas, es la del cambio de paradigma.
 
Se entiende por paradigma el conjunto de experiencias, creencias y valores que afectan la forma en que el ser humano percibe la realidad y cómo responde a esta percepción.
 
Dentro de esta vertiente, se coloca el acento en distintos rasgos esenciales del nuevo paradigma emergente o en gestación: época ecuménica, época planetaria, época ecológica, etc.


 
Para comprender la actual mutación es necesario tomar distancia y observar el hoy en un arco temporal más amplio.
 
Desde una clave antropológica se pueden identificar, en relación a cómo se ha condensado la relación con la alteridad, tres grandes épocas de la historia humana: la etapa tribal-aislacionista, la etapa imperialista-expansionista, la etapa pluralista y de la reciprocidad.
 
Estas etapas han marcado periodos históricos pero también expresan actitudes humanas, siempre latentes, de cómo relacionarse con la alteridad tanto a nivel personal como grupal.  


 
Se puede argumentar que, actualmente, se está en transición hacia la tercera etapa, la del pluralismo y la reciprocidad. El nuevo paradigma en gestación invita a abrirse, sin prejuicios y con una acogida plena.
 
“Ello implica pasar del paradigma aislacionista y expansionista al de la reciprocidad. (…) En la mentalidad tribal, el otro es negado; en la mentalidad imperialista, el otro es absorbido; en la mentalidad pluralista, el otro es reconocido” (Melloni , Javier – 2011 – Hacia un tiempo de síntesis. Barcelona, Fragmenta Editorial, p. 29).


 
En el nuevo mundo de la reciprocidad no hay futuro para estilos sectarios e imperialistas, elitistas y proselitistas.
 
El nuevo paradigma rechaza toda uniformidad ya que es germen de encierros y expansiones; implica un diálogo entre todas y todos a todos los niveles para evitar imposiciones y sumisiones; invita a dejarse interpelar por el diferente para enriquecerse recíprocamente; a dejarse poseer por la verdad en lugar de creer poseer la verdad.
 
Dado que estamos en un tiempo de transición, de paso, es claro que tanto a nivel personal como grupal, de instituciones y de pueblos, confluyen actitudes, sentimientos, acciones y pensamientos de los tres paradigmas mencionados.
 
Pero al mismo tiempo desde ese horizonte es nítido hacia dónde hay que caminar y orientar la vida personal, grupal, institucional y de los pueblos. 



 
Este paradigma en gestación que coloca el acento en la reciprocidad entre alteridades, es desde donde cabe acercarse a fenómenos como el de la inequidad social y la exclusión, que aún marcan el horizonte cultural latinoamericano en la actualidad, y que son las deudas pendientes de nuestra verdadera independencia.
 
De esta manera podemos tener un acercamiento propositivo y de transformación, que no ignora lo negativo, pero tampoco crea nuevas rupturas relacionales.
 
Las causas de la inequidad social se basan en la ruptura de esa reciprocidad: ruptura que se da por actitudes de superioridad que imponen una expansión de un marco cultural sobre otros, pero que también puede darse por actitudes de aislamiento ante la amenaza de habitar un espacio de pluralidad cultural.
 
La expansión imperialista, del tipo (desde lo religioso a lo cultural)  y a los niveles (desde lo personal a lo estructural) que sea, produce una violenta homogeneización que anula la diferencia y cualquier reciprocidad.
 
A su vez, el aislamiento tribal, del tipo y a los niveles que sea, produce la fragmentación y atomización de la diferencia impidiendo cualquier reciprocidad. 


 
Desafío
 
El desafío, entonces, es el de reconocernos iguales pero diferentes. Parece fácil, pero exige una transformación integra de la persona.
 
La inequidad social crece cada vez que se da una relación de aislamiento que promueve fragmentación, como también ante cada relación de expansión que unifica al otro al considerarse superior.  


 
Es por ello que la fraternidad intercultural podría aportar a la transformación de la inequidad social.
 
Desde una actitud dialógica será posible adentrarse en la renegociación continua de roles y espacios, para poder discernir los valores que entretejen y orientan los procesos de síntesis de cada sociedad. 


 
Se puede procurar un acercamiento intercultural a los lugares de la sociedad donde se manifiesta con cierta densidad la pluralidad cultural, social, religiosa, económica y política de nuestros pueblos latinoamericanos.
 
Allí es donde bulle la diversidad en una continua negociación e intercambio, no siempre desde relaciones simétricas y horizontales. Allí puede descubrirse cómo lo político y lo social es percibido y vivido de maneras múltiples y diversas en un mismo contexto. 


 
Desde esta actitud crítica creativa es posible promover fraternidad en dichos espacios tan característicos de nuestras sociedades. Y promover fraternidad en clave intercultural permitirá ponerle a la independencia este nuevo nombre para el siglo XXI: el de la diversidad cultural.
 
Por Lucas Cerviño y Osvaldo Barreneche
Artículo publicado por Ciudad Nueva Argentina

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