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Celibato en la Iglesia: su historia y su sentido actual

© Public Domain
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El celibato favorece la dedicación completa al desempeño de un ministerio sin más preocupación que este

El experto de Aleteia Henry Vargas Holguín responde a la siguiente pregunta planteada desde Facebook:
 
El celibato de los sacerdotes en la edad media: circulan muchos artículos y reseñas históricas que hablan sobre prácticas cuestionables de concubinato y/o prostitución de algunos sacerdotes en aquellas épocas. Para el que conoce un poco de la fe se sabe que sí es probable que esto haya ocurrido, mas no era la norma. Sería bueno tener información más objetiva, sin ocultar o disminuir si se cometieron estos errores pero sin tinte de desprecio al respecto como circula en la red.
 
 
Para comenzar habría que echar un vistazo veloz a la historia. Ya se sabe que el celibato por el Reino de los Cielos es algo querido y deseado por Cristo para aquellos a quienes se les ha otorgado el don.
 
Por esto entre los consejos evangélicos, según el Concilio Vaticano II en el decreto Presbyterorum Ordinis, sobresale el precioso don de la «perfecta continencia por el reino de los cielos»: don de la gracia divina, «concedido a algunos por el Padre (cf. Mt 19, 11; 1 Co 7, 7) para que se consagren a Dios con un corazón que se mantiene más fácilmente indiviso (cf. 1 Co 7, 32-34) en la virginidad o en el celibato.
 
Es cierto que los apóstoles eran casados y, posiblemente, con hijos; pero también es cierto que lo abandonaron todo para seguir a Jesús.
 
En los primeros siglos muchos sacerdotes fervientes e idealistas vivían en continencia en los primeros siglos aun estando casados, y animaban a otros a hacer lo mismo. Era un idealismo más bien de tipo ritual.
 
Con el tiempo se vio la utilidad del celibato para custodiar los bienes de la Iglesia y no transmitirlos por herencia a los descendientes.
 
En la primera mitad del siglo IV se convocó el primer concilio celebrado en España, llamado Concilio de Elvira, en el que en sus 81 cánones, todos disciplinares, se encuentra, entre otras cosas, la referencia eclesiástica más antigua concerniente al celibato del clero.
 
En dicho Concilio también, a los que ya estaban casados, se les ordenaba no usar el matrimonio cuando de inmediato tuvieran que administrar sacramentos. Incluso se llegó a mandar que nunca se usara porque en cualquier momento podían ser requeridos para administrar un bautismo.
 
El celibato tardó en imponerse del todo hasta el siglo XVI en Trento.
 
Es claro que, a lo largo de la historia, siempre ha habido infidelidades de todo tipo a la norma del celibato, norma que ha acompañado y fortalecido a la Iglesia; pero dichas infidelidades siempre serán minoría y excepción.
 
Primero está la norma y luego viene el abuso; no es al revés, no es que a raíz de unos abusos se haya impuesto el celibato. El celibato es norma de vida para mejor servir al Señor y no es para corregir errores.
 
Fundamentos
 
Una vez, visto lo anterior, hay que decir que el celibato no es algo de institución divina sino de institución eclesiástica, es decir algo que disciplinariamente la Iglesia ha decidido. ¿Para qué? Para poder vivir un estilo de vida muy necesario en la vida de la Iglesia.
 
Pero reducir el celibato y la castidad a mera imposición de la Iglesia es de hecho una falta de respeto a la inteligencia, al mismo Cristo (que era el ‘sumo y eterno sacerdote’, ‘célibe’, que dio su vida por todos nosotros y que Él mismo recomendó), a los textos bíblicos que tienen una profunda valoración al celibato y a la castidad por el Reino de los cielos y, finalmente, a los Padres de la Iglesia, doctores y pastores que desde el inicio apostólico han defendido y defenderán dichos valores.
 
El celibato tiene tres fundamentos: Cristológico, pastoral y escatológico.

 
1. Cristológico: Jesús vivió, por obvias razones, de esta manera, sin esposa ni hijos. Entonces el celibato es imitar la manera cómo Jesús obró; es decir hacer las cosas como él las hizo.
 
La exigencia del celibato no supera las capacidades humanas: el mismo Cristo indica el camino cuando invita a buscar la perfección.       
 
Una plena realización del sacerdocio y del celibato lleva la personalidad del hombre a su auténtico desarrollo y entonces hace más fácil llegar a aquel objetivo al que todos estamos llamados: la santidad.        
 
El celibato necesita, por la propia debilidad que sentimos como hombres, un gran deseo de superarse, pues es ir “contra corriente” de las propias pasiones y “necesidades”. El hombre, por el hecho de ser hombre, es capaz de controlar sus propias reacciones.                  
 
A diferencia del celibato de los laicos, el de los sacerdotes y consagrados está determinado por una elección libre y consciente del hombre psicológicamente maduro y como tal no provoca frustraciones.   
 
Hacer una elección libre significa siempre renunciar a otras posibilidades, a otros valores; y una elección libre es también testimonio de la convicción de que el valor que se ha escogido es superior a todos los demás.
 
2. Pastoral: El unir el celibato y el sacerdocio ministerial es una opción por una mayor radicalidad evangélica hecha por la Iglesia desde su potestad y respaldada por la Palabra de Dios y el testimonio de los santos y tantos hombres y mujeres que a lo largo de la historia desde este don, y aun desde sus fragilidades, trataron y tratan de darlo todo en exclusividad a Dios y a su pueblo.       
 
El celibato está a favor de una plena dedicación al desempeño de un ministerio, sin más preocupación que este.     
 
En definitiva, la persona está hecha para el amor y dándose, a tiempo pleno, al servicio de los demás es donde se plenifica, que es a fin de cuentas lo que ha enseñado Jesucristo: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”; y también: “nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos”.
 
Desde una visión materialista, que sólo comprende al hombre desde lo fisiológico y lo instintivo, difícilmente se pueden entender estos valores como un ‘don de Dios’, como un regalo e instrumento de servicio a la humanidad y al bien común.
 
3. Escatológico: La castidad, incluyendo la castidad matrimonial, y el celibato son además también un anuncio de las realidades futuras en donde la relación de las almas entre sí y con Dios no se regirán con los esquemas o parámetros humano-terrenos.        
 
La Biblia nos dice que, “en la resurrección ni se casarán ni se darán en matrimonio, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo” (Mateo 22:30). Esta fue la respuesta de Jesús al contestar una pregunta concerniente a una mujer quien había estado casada varias veces en su vida – ¿con quién estaría casada en el cielo (Mateo 22:23-28)?
 
Evidentemente, no habrá tal cosa como matrimonios en el cielo. No habrá matrimonios en el cielo, simplemente porque no serán necesarios. Cuando Dios estableció el matrimonio, Él lo hizo para llenar ciertas necesidades, que en el cielo ya no existirán.
 
Entonces el celibato es un medio de anticipar la realidad en el reino de los cielos; los sacerdotes y religiosos viven ya desde ahora como se vivirá en el cielo.
 
Infidelidad
 
Y, viene ahora la pregunta obligada. Si existen estos argumentos (de peso), si se acepta en teoría la validez de dichos argumentos y si libremente se abraza el celibato, entonces, ¿por qué algunos sacerdotes no lo han sabido vivir?
 
Se puede individuar

una causa común: la degradación moral. De ordinario empieza con una crisis de fe y con el rechazo interno de las reglas indicadas por la Iglesia; es decir, con una gran falta de humildad.
 
La mayoría de las veces, la ley del celibato es transgredida por personas demasiado seguras de sí mismas, que no buscan apoyo continuo en el amor de Dios.
 
La santidad, aunque requiera la colaboración del hombre, es antes que todo una gracia divina, don que hay que pedir humildemente en la oración. Cuando la oración se apaga, el sacerdote se hace más vulnerable a las presiones del ambiente.
 
Los malos ejemplos, consecuencia de la inmadurez y/o la fragilidad humanas que desembocan en el irrespeto o infidelidad a estos valores del celibato y la castidad, no invalidan la buena acción de quienes Cristo, legítimamente, ha llamado para su servicio y el de su rebaño y sí han sido fieles, responsables y convencidos; ni hacen cuestionable la importancia y razón de ser tanto de la promesa de celibato como del voto de castidad de quienes libremente quieren, como prioridad, dedicarse por vocación a construir el reino de Dios.
 
Ahora bien, ante dichos malos ejemplos, también habría que recordar que la eficacia de las acciones sacerdotales, dentro del contexto del ejercicio legítimo del ministerio sacerdotal, no depende de la santidad o no santidad de quien lo desempeña sino de Cristo.
 
Todos estamos llamados a la fidelidad a una vocación dada y a un estado de vida; y quien ha caído en pecado debe ser objeto de nuestra compasión y misericordia, pues “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

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