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¿Por qué bautizar de pequeño y no esperar a que elija de mayor?

© BlueHorse_pl/SHUTTERSTOCK

Julio de la Vega-Hazas - publicado el 08/07/14

Bautizar a una persona de pequeña, ¿le quita la libertad de cara a la práctica religiosa?

¿Por que es mejor bautizar a un niño? ¿No sería mejor que él mismo «eligiera» cuando sea mayor? (Pregunta desde Facebook)          

La pregunta es importante, porque se trata de una objeción que está bastante extendida. La respuesta aborda dos aspectos de la cuestión: uno antropológico, o sea, sobre quién y cómo es el ser humano; el otro es ya específicamente cristiano.

Sobre el primero, hoy en día es habitual encontrar una visión del hombre fuertemente individualista, cuyo ideal es el hombre autónomo, que hace y decide todo por sí mismo.

Esto tiene consecuencias en la educación, pues se busca no ya evitar inculcar una moral, sino incluso el sentido mismo de las cosas.

El constructivismo, que así se llama esta tendencia en la educación, pretende limitarse a dar información, de forma que el niño dé un sentido propio a lo que ve, y vaya eligiendo sus propias convicciones, incluidas las éticas.

Cada uno se haría así su propio sistema de valores. Puede parecer una teoría atractiva, pero en realidad es insostenible.

Los seres humanos necesitan aprender, y no sólo una información “en bruto”, sino el sentido que tienen las cosas. Y necesitan aprender a comportarse; no solo un aprendizaje teórico, sino que necesitan aprender a vivirlo. O sea, necesitan ser educados.

Por la misma naturaleza, los primeros y principales responsables de esa educación son sus padres.

Y a ningún padre se le ocurre dejar de insistir al pequeño en que dé las gracias cuando le regalan algo, con el argumento de que la gratitud es un valor ético que deberá elegir por sí mismo cuando sea mayor.

No se espera a que sea mayor para inculcar esas virtudes, sencillamente porque no se puede esperar.

Siguiendo el ejemplo anterior, si se espera lo que se descubrirá es que cuando llegue su mayoría de edad ya se ha convertido en un ingrato difícil de cambiar.

El ejemplo está puesto a propósito, porque es lo que suelen experimentar los padres que por el motivo que sea han abdicado de educar a sus hijos: que su criatura no manifiesta el más mínimo reconocimiento hacia sus padres por haberle dado la vida y todos los esfuerzos y sacrificios que han realizado por él.

No hay, en este aspecto, ninguna neutralidad posible, no lo hay asimismo en lo que se aprende: o Hitler era un indeseable, o sus ideas son una posible opción más.

Tampoco aquí se espera a que sea mayor para que haga su juicio de valor, y en caso contrario se expone uno a que un día se encuentre en su habitación un despliegue de parafernalia nazi.

La fe católica tiene algo importante que aportar en estas consideraciones. Lo cierto es que todos encontramos que hacer el bien requiere esfuerzo, mientras que para hacer el mal basta dejarse llevar.

Ya decía con cierto asombro el clásico latino Ovidio que veo y apruebo lo mejor… pero acabo siguiendo lo peor.

El hombre no es ni ángel ni demonio, eso está claro. Pero, dentro de su humanidad, tiene un cierto deterioro que, sin impedirle hacer el bien, le inclina con frecuencia hacia el mal.

Esto es fácil de ver, pero no de explicar. La explicación que da la fe se llama pecado original.

No es un pecado en el sentido habitual de la palabra, sino las negativas consecuencias heredadas del rechazo que el hombre hizo de Dios al principio de su existencia (por cierto, el pecado consistió, en términos modernos, en querer una autonomía total frente a Dios).

El primer motivo para bautizar a un niño es que el Bautismo suprime el pecado original.

Es cierto que no acaba con todas sus consecuencias, pues esa tendencia hacia el mal persiste, pero la amortigua y, abriendo la puerta a la gracia divina, hace posible contar con unos medios eficaces para superarla.

Cuando se habla de retrasar el Bautismo hasta una mayoría de edad en que el hijo escoja, se está incluyendo implícitamente la negativa a educarle en la fe, que es algo que se exige a los padres como requisito indispensable.
Y ya se ha mencionado que la neutralidad aquí es utópica. Si renuncian los padres a transmitirle sus convicciones, acabarán descubriendo que otros con menos escrúpulos lo han hecho.
Nadie está en una posición neutral, libre de influencias y, además, los pequeños necesitan modelos humanos a los que seguir; si no los encuentran en casa, los buscarán fuera.
Con esa actitud lo que a la postre han hecho los padres es dejar a su hijo vulnerable ante cualquier ideología o cualquier grupo religioso, varios de los cuales no son precisamente muy recomendables.

El reverso positivo de este razonamiento pasa por el hecho de que bautizar o no a un hijo suele mostrar el grado de fe de sus padres.

Cualquier padre o madre no desnaturalizados buscan lo mejor para sus hijos y, si está en su mano, se lo dan.
El Bautismo constituye a quien lo recibe en hijo de Dios, y le da la gracia que, salvo rechazo voluntario de la misma, le conduce al cielo. Para alguien con una fe auténtica, no puede encontrarse algo mejor que proporcionar al hijo.
Cuando no se hace así, los padres tendrían que ver si su fe es de verdad una convicción de recibir la verdad, y no solo una mera opinión con poca repercusión en la vida.
También tendrían que ver si conocen bien lo que significa el Bautismo, que es algo que va mucho más allá de una ceremonia de iniciación en la Iglesia.

Casi todo lo que se ha expuesto aquí lo encontramos resumido en el nº 1250 del Catecismo de la Iglesia Católica, que se expresa en estos términos:

«Puesto que nacen con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original, los niños necesitan también el nuevo nacimiento en el Bautismo para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios, a la que los hombres están llamados. La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administran el Bautismo poco después de su nacimiento».

Pero, podría objetarse, ¿la fe no debe abrazarse libremente? Sí, por supuesto, pero una sencilla mirada a la realidad indica que el Bautismo no lo impide: uno sigue siendo libre para aceptar o rechazar la fe.

Sucede más bien al contrario: el catecismo menciona la libertad de los hijos de Dios, lo que a este propósito significa que el Bautismo proporciona una ayuda sobrenatural para que esa elección esté menos condicionada por las consecuencias de ese pecado original –esa tendencia a dejarnos llevar por lo que no es bueno- con que todos hemos venido al mundo.
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