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Sínodo de la familia: lo que es y hará; lo que no es y no hará

© David Amsler / Flickr
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Los 3 motivos de peso que hacen única la convocatoria de esta tercera Asamblea General Extraordinaria

El Papa Francisco ha generado una enorme expectación al convocar esta cumbre eclesial, lo cual no necesariamente significa que esté llegando una buena información a la opinión pública. Para muchos medios de comunicación, el asunto central de este Sínodo de Obispos será que la Iglesia debatirá sobre cambiar o no su posición sobre el divorcio.
 
La última etapa de preparación de la Asamblea sinodal ha comenzado con la publicación, el 26 de junio, en el Vaticano, del Documento de trabajo (Instrumentum laboris) al que harán referencia los Padres sinodales en sus discusiones.
 
Tenemos, por tanto, ya sobre la mesa todos los elementos para comprender qué es y qué no es, qué hará y qué no hará el Sínodo dedicado a Los desafíos pastorales sobre la familia en el contexto de la evangelización, que tendrá lugar del 5 al 19 de octubre de 2014.
 
Ante todo, hay que dejar claro que nos encontramos ante un Sínodo único en la Historia. Es único, porque no es un Sínodo Ordinario, sino una Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, que tiene un origen particular y tendrá una continuidad inédita.
 
Ciertamente, se trata del tercer Sínodo extraordinario en la historia de los Sínodos, restablecida tras el Concilio Vaticano II, en 1965. En este período de tiempo, los Papas han convocado otros dos Sínodos extraordinarios.
 
Pablo VI lo hizo en 1969, sobre las Conferencias Episcopales, que se habían creado en años precedentes; y Juan Pablo II, en 1985, para profundizar en las conclusiones del Concilio Vaticano II.
 
Ahora bien, la convocatoria de esta tercera Asamblea General Extraordinaria se convierte en única por tres motivos de peso.
 
* En primer lugar, porque ha sido la primera vez que un Papa convoca este tipo de cumbre eclesial tan sólo ocho meses después de iniciado su pontificado.
 
En el capítulo del Código de Derecho Canónico relativo a las Asambleas sinodales, se establece que el Sínodo de los Obispos ha de reunirse en Asamblea General Extraordinaria cuando el asunto en cuestión requiera una resolución rápida. Y el Papa considera que la respuesta de la Iglesia a la crisis de la familia no puede aplazarse.
 
«Es evidente que la crisis social y espiritual del mundo actual afecta a la vida familiar y crea una verdadera urgencia pastoral que justifica la convocatoria de una Asamblea General Extraordinaria», asegura el cardenal Lorenzo Baldisseri, Secretario General del Sínodo de los Obispos.
 
* En segundo lugar, se trata de un Sínodo único porque el tema escogido, reconocido como una cuestión urgente, es central tanto para la Iglesia como para la sociedad.
 
En los Sínodos extraordinarios precedentes, se tocaron cuestiones ligadas a circunstancias particulares e internas a la Iglesia. Aquí se convoca a los representantes eclesiales para afrontar una cuestión central para la Humanidad.
 
Este Sínodo afronta cuestiones verdaderamente existenciales: los divorciados que viven una nueva unión, la difusión de las parejas de hecho, las uniones entre personas del mismo sexo y su eventual adopción de hijos, los matrimonios mixtos o interreligiosos, la familia monoparental, la difusión del alquiler de úteros y el debilitamiento o abandono de la fe en el sacramento del Matrimonio y en la Confesión.
 
* En tercer lugar, este Sínodo es único porque constituye una etapa en un gran camino de reflexión para toda la Iglesia emprendido por este Papa.     
 
La Asamblea es el resultado de la primera ronda de reuniones de Francisco con el Consejo de cardenales, conocido como el Grupo de los 8, para la reforma de la Curia romana, realizada en el Vaticano del 1 al 3 de octubre de 2013.

 
Esta iniciativa fue lanzada por el Papa Francisco en respuesta a las peticiones presentadas por los cardenales en las Congregaciones Generales que precedieron al cónclave en el que fue elegido Papa.
 
Y, como explicó el 1 de julio en una entrevista al diario romano Il Messaggero, «mis decisiones son el fruto de las reuniones precónclave. No he hecho nada solo».
 
Según ha revelado a Alfa y Omega el cardenal Baldisseri, el Consejo de cardenales constató, en aquella primera reunión del G-8, «la necesidad de que el Sínodo sea un instrumento real y efectivo de comunión a través del cual se exprese y se realice la colegialidad deseada en el Concilio Vaticano II».
 
En pocas palabras, el Sínodo tendrá más espacios de participación. De hecho, hasta el pontificado de Juan Pablo II, los Sínodos no tenían momentos de debate. Y fue Benedicto XVI quien introdujo algunas sesiones libres de intercambio, que seguramente serán alentadas ahora por el Papa Francisco.
 
Pero, además, el Papa ha querido que la reflexión del Sínodo no acabe con esta Asamblea. Con una decisión sin precedentes, ha convocado un segundo Sínodo, esta vez de carácter ordinario, sobre la familia, para octubre de 2015.
 
En un Sínodo ordinario participa un mayor número de miembros: obispos de todo el mundo elegidos por las Conferencias Episcopales, así como otros representantes escogidos por el Papa o determinados por su papel en la Curia romana, y representantes de las Órdenes y congregaciones religiosas.
 
El Sínodo extraordinario, como es el caso del encuentro de octubre de 2014, está circunscrito a los presidentes de las Conferencias Episcopales, los jefes de las Iglesias de Oriente, los responsables de los diferentes dicasterios de la Curia romana y tres representantes de los superiores de los religiosos del mundo.
 
El número reducido de sus miembros se debe al carácter extraordinario de la convocatoria y al limitado tiempo de preparación.
 
El cardenal Baldisseri explica que el objetivo del Sínodo extraordinario consiste en «evaluar y profundizar en los datos, testimonios y sugerencias de las Iglesias particulares para responder a los nuevos desafíos de la familia».
 
El Sínodo ordinario, previsto para 2015, con el título Jesucristo revela el misterio y la vocación de la familia, más representativo, según el purpurado italiano «reflexionará en un segundo momento -integrándose en el precedente trabajo sinodal- sobre las temáticas afrontadas para individuar líneas operativas pastorales».
 
Por tanto, a diferencia de lo que algunos medios de información han señalado, no hay que esperar de este próximo Sínodo extraordinario decisiones inmediatamente revolucionarias. Las orientaciones o cambios pastorales llegarán más bien como culminación de todo este proceso tras la Asamblea de 2015; un proceso de participación del episcopado mundial que no tiene precedentes en la historia moderna de la Iglesia.
 
Ni dictadura, ni democracia
 
Cuando se leen las crónicas de algunos medios informativos sobre el próximo Sínodo, da la impresión de que nos encontraremos ante una reunión del Senado de la Iglesia en la que se decidirá por voto sobre cuestiones de teología y moral.
 
Se constata también aquí un desconocimiento de la naturaleza y funcionamiento de la Iglesia. Los obispos no pueden cambiar las enseñanzas de Jesús en el Evangelio.
 
A diferencia de los Concilios, que tienen capacidad para llegar a una definición común de dogmas y que pueden legislar, los Sínodos son sólo consultivos y tienen por misión primaria asesorar al Papa.
 
El Documento de trabajo que servirá para el debate en la Asamblea sinodal se ha realizado tomando en cuenta las respuestas de las diócesis del mundo a un cuestionario

enviado por la Secretaría del Sínodo de los Obispos a mediados de octubre de 2013, en alemán, árabe, español, francés, inglés, italiano y portugués.
 
El propio cardenal Baldisseri aclara que no se trataba de un sondeo, ni de un referéndum, sino de «la voluntad de conocer directamente cuál es la experiencia de las personas, no sólo individual sino también de grupo, para reunir datos estadísticos, reflexiones, elaboraciones. Nuestro cuestionario es mucho más que un estudio sociológico. Es una reflexión eclesial y espiritual», aclaraba el purpurado.
 
El Sínodo tiene carácter de órgano consultivo, no deliberante, salvo que el Papa le otorgue tal función y apruebe sus conclusiones. De hecho, lo que hace en realidad un Sínodo es recoger propuestas y votar su aprobación.
 
Las propuestas, después, son recogidas por el Papa en la Exhortación apostólica postsinodal, un documento firmado por el obispo de Roma y basado en su autoridad. En pocas palabras, la autoridad de los documentos del Sínodo procede del Papa y no de la asamblea de obispos.
 
Etimológicamente, la palabra sínodo, derivada de los términos griegos syn (que significa juntos) y hodos (que significa camino), expresa la idea de caminar juntos.
 
La idea de restablecer los Sínodos, como en la antigua Iglesia, había surgido ya en la fase preparatoria del Concilio Vaticano II. El cardenal Silvio Oddi, entonces nuncio apostólico en la República Árabe Unida (Egipto), hizo una propuesta, el 15 de noviembre de 1959, para establecer un órgano de gobierno central de la Iglesia o, usando sus palabras, un órgano consultivo.
 
Decía: «Desde muchas partes del mundo, llegan quejas de que la Iglesia no tenga, aparte de las Congregaciones, un órgano permanente de consulta. Por tanto, debería establecerse una especie de Concilio en miniatura formado por personas de toda la Iglesia, que pueda reunirse periódicamente, al menos una vez al año, para tratar los problemas más importantes y sugerir nuevas posibles direcciones en la marcha de la Iglesia.
 
Este órgano abarcaría toda la Iglesia, al igual que las conferencias episcopales reúnen toda o parte de la jerarquía de uno o varios países, y al igual que otros órganos, como el CELAM (el Consejo Episcopal Latinoamericano), extienden su actividad en beneficio de todo un continente».
 
Fue, sin embargo, el papa Pablo VI quien dio fuerza a estas ideas. En su discurso conmemorativo con ocasión de la muerte de Juan XXIII, siendo aún arzobispo de Milán, el cardenal Montini hizo referencia a una «continua colaboración del episcopado, todavía no efectiva, que permanecería personal y unitiva, pero que tendría la responsabilidad del gobierno de la Iglesia universal».
 
Elegido Papa, volvió al concepto de colaboración en el colegio episcopal -los obispos en unión con el sucesor de Pedro en la responsabilidad del gobierno de la Iglesia universal-.
 
Al concluir el discurso inaugural de la última sesión del Concilio (14 de septiembre de 1965), el mismo Papa Pablo VI hizo pública su intención de instituir el Sínodo de los Obispos, que «será convocado, según las necesidades de la Iglesia, por el Romano Pontífice, para su consulta y colaboración, cuando, para el bien general de la Iglesia, le parezca a él oportuno».
Por tanto, queda claro que la Iglesia no es una dictadura, en la que el Papa decide lo que le da la gana, ni tampoco una democracia, controlada por un Senado de obispos.
 
Tanto el Papa como los obispos están obligados a la fidelidad a las enseñanzas de Cristo en el Evangelio. Y en el caso de la familia son muy claras, como, por ejemplo, la indisolubilidad del matrimonio.
 
Artículo publicado originalmente por Alfa y Omega

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