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Decálogo del seminarista

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El Seminario no es un lugar ¡Es mucho más! Es una experiencia irrepetible

1. El tiempo del seminarista son horas de búsqueda intensa de Cristo, de encuentro con El y con un horizonte: dejarse agarrar totalmente por el para, luego, hablar, ser y vivir en El.

2. El Seminario no es un lugar. ¡Es mucho más! Es una experiencia irrepetible. Un oasis en el cual, el seminarista, va configurándose con Jesús, aclarando ideas y , sobre todo, ahondando en el deseo de ser discípulo de Cristo.

3. Como los Magos, el seminarista, pone sus ojos en el Señor; deja la ofrenda de su juventud o de su vida ante aquel Niño que, siendo joven, será salvación de la humanidad. Como los Magos, el seminarista, no debe de perder de vista “la estrella de la fe”.

4. Jesús gusta de compañía. No quiere llevar adelante el anuncio del Reino en solitario. El seminarista, de igual forma, se deja acompañar, querer, indicar y profundizar por aquellos que conviven con él: formadores, profesores, compañeros, sacerdotes, familiares, etc.

5. El seminarista sabe que, su trabajo, es perfeccionar su formación espiritual, humana y cultural. Son recursos de los que tendrá que echar mano el día en el que, postrándose en tierra, sea sacerdote para Dios, al servicio de la Iglesia y de los hombres.

6. El amor y el conocimiento de las escrituras, el amor a la Iglesia y la noción de su historia, ha de llevar y empujar al seminarista a comprender el Dios revelado en Jesucristo.

7. El seminario es un tiempo propicio para forjar la personalidad del futuro presbítero. Una etapa en la que se disipan dudas y temores y en la que, lejos de sentirse prepotente, el seminarista contempla a un Jesús humilde que quiere formar parte de su existencia.

8. Quien no descubre a Jesús..¿puede hablar de El? ¿Está capacitado para dar testimonio de su Reino y de su justicia? Vivir con Cristo, bajar hasta lo más profundo de su corazón, debe de ser para el seminarista una aventura constantemente inacabada. A Dios nunca se le termina de abarcar ni de conocer totalmente. El seminario promueve, incentiva con cuantos medios sean necesarios, el deseo de conocer más y más a Cristo.

9. Amar a María supone acoger una de las últimas voluntades de Jesús “ahí tienes a tu Madre”. El seminarista no se siente sólo en la cruz, en las pruebas, en la noche oscura. María le acompaña siempre en su búsqueda. Le sostiene porque sabe que, el seminarista, ama y quiere seguir los pasos de su Hijo.

10. Los Magos, después de adorar, volvieron a su tierra por otros caminos. El seminarista, después de una intensa etapa de formación, adoración, conocimiento, oración y maduración personal….ha de volver a la vida por caminos muy distintos a los que el mundo desea. Ha de ser, sobre todo, “alter Christus”.

Por Javier Leoz
Artículo publicado por Catholic.net

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