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Por el ojo de la aguja, o por qué Cristo tiene razón sobre los ricos

© Ruff/SHUTTERSTOCK

César Nebot - publicado el 02/07/14

En el fondo, el primer mundo cree merecer el estátus que tiene

Hay muchas áreas del saber que estudian el comportamiento humano. La psicología estudia la conducta y los procesos mentales de los individuos y para ello toma en cuenta los esquemas previos y los condicionantes familiares.

En la antropología, los esquemas culturales son importantes para explicar la concepción del hombre. Incluso, cuando vamos al médico lo primero que nos preguntan es por nuestro historial. El comportamiento del cuerpo se entiende leyendo la historia previa, incluyendo la propia genética.

Así pues para entender el comportamiento de nuestra mente, nuestras relaciones y  de nuestro cuerpo los puntos de partida se observan como relevantes.

No obstante, por alguna extraña razón, cuando analizamos el comportamiento económico, imponemos modelos matemáticos de decisión que suelen dejar de lado el punto de partida desde el que elige cada individuo.

A modo de simplificación matemática, la homogeneidad se impone y elimina la complejidad inherente a las diferencias en los puntos de partida de cada individuo.

Pero esto nos hace perder de vista elementos muy importantes para entender el comportamiento económico porque el punto de partida y las condiciones desde las que uno parte importan.

De hecho, los experimentos de Tversky y Kahneman premios Nobel de 2002, demuestran que las decisiones de los individuos siguen patrones psicológicos diferentes frente a la incertidumbre según el punto de partida.

No sólo resulta relevante, para entender y analizar el comportamiento económico, la historia de una economía que da lugar a unas condiciones de participación en el mercado, sino que son cruciales porque el comportamiento y el desempeño estarán condicionado por el punto de partida que dé lugar esta historia.

De igual manera que no puede ser evaluado de la misma forma una persona con antecedentes familiares de cáncer que otra sin antecedentes, no se puede considerar que dos economías cuyas historias difieran gravemente deban tener el mismo tipo de comportamiento.

Muchos economistas aluden a la no participación de África en los mercados globalizados como razón primordial que justifica su retraso en los estándares de vida y en los indicadores de desarrollo humano.

Si bien es cierto que achacar al fenómeno globalizador actual la culpa de este retraso es totalmente injustificado, puesto que no puede ser culpable de un asesinato alguien que nunca estuvo en la escena del crimen, no es justo obviar la responsabilidad del primer mundo en herir de gravedad la historia del continente africano y con eso limitar las posibilidades de participación en el proceso globalizador.

Esto ha sido avalado tanto por Joseph Stiglitz, premio Nobel de 2001, como Amartya Sen, premio Nobel de 1998, destaca a lo largo de toda su obra la importancia de las condiciones de participación en los mercados.

No se puede pretender un proceso de apertura que beneficie a una economía sin antes haber garantizado derechos como la libertad de expresión, la libertad de participación, los derechos de la mujer o la democracia.

Así pues, en el siglo XX, cuando Estados Unidos y la URSS en plena Guerra fría se repartieron las influencias en África promoviendo dictadores según fuera la tendencia de cada uno, hirieron la historia de este continente. 

Pretender que participe en los mercados de libre concurrencia un continente en el que se ha potenciado los conflictos y la desigualdad desde el primer mundo es cuanto menos sádico. Si nos remontamos a la época colonial, el panorama es todavía más desolador.

Pero este aspecto no sólo es relevante a escala de economías nacionales y supranacionales. En el fondo, tenemos una tendencia innata a obviar los puntos de partida en nuestra actuación económica y a justificar como merecido el estatus inicial.

Cuando el prójimo parte de una historia que le condiciona difícilmente mostramos compasión con su problemática que le impide participar y competir adecuadamente en los mercados.

Cuando disponemos de una situación de privilegio como punto de partida, la justificamos desde el merecimiento. Nos cuesta tremendamente vivir la clave de la gratuidad.

En un experimento en la Universidad de Berkeley, California, demostraron que el comportamiento económico depende tremendamente del status de partida.

No solamente opera el olvido del privilegio de un punto de partida superior sino que la percepción del desempeño económico posterior la intentamos desvincular de ese punto para atribuirlo al merecimiento.

Tenemos una tendencia pasmosamente peligrosa a olvidar la clave de la gratuidad. Y esto hace que estadísticamente los pobres sean más generosos que los ricos.

Uno de los grandes peligros conceptuales es que este egoísmo antropológico, esta falta de gratitud que nos ciega busca refugio científico teórico en la falta de memoria que entraña el mercado.

Darle cobijo en nuestros modelos y análisis económicos, puede ayudarnos a dar explicación de la naturaleza humana pero es peligroso para hacer las recomendaciones en términos de política económica.

En el fondo, desde el ámbito normativo de la economía, dejar que se instale en nuestros análisis es más una cuestión filosófica y axiomática que una cuestión científica.

Si lo permitimos y no reaccionamos, los europeos, por ejemplo, que disfrutamos un nivel de bienestar económico inédito en la historia de la humanidad, seguiremos con la frustración de vivir ansiando lo que nos falta, siendo ingratos con lo que se nos ha dado porque nos sentimos merecedores de nuestra cuna y juzgando el poco progreso de otras economías que no han disfrutado de nuestras oportunidades.

Vivir desde la gratuidad y no el merecimiento es una de las tareas más difíciles para el ser humano.

Después de tantos siglos de Historia, no iba tan desencaminado el análisis económico que hizo Jesús cuando estableció en Mc 10,24-25 “Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios”. Vivir la gratuidad es el reto. Sea pues.

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