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​San Pablo o cómo la misión se abre camino a través del error

par Nicolas-Bernard Lépicié

Carlos Padilla Esteban - publicado el 01/07/14

¡Cuánto bien nos hace que Dios, de vez en cuando, nos tire del caballo y nos muestre nuestra debilidad!

Pablo fue Saulo antes que Pablo. Saulo fue un enamorado de Dios, un hombre fascinado por la norma que marcaba un camino de vida, un hombre fiel y cumplidor. Las circunstancias lo convirtieron en perseguidor, porque era justo.

Sabía lo que Dios le pedía. Entendía lo que era su justicia. Veía en los cristianos un peligro para los planes de Dios. Los cristianos eran una amenaza para la ley judía y él era el encargado de buscarlos y hacer que fueran juzgados.

No conocía a Cristo, no comprendía a los cristianos. Sorpresivamente, en el camino hacia Damasco, escuchó la voz de Jesús: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». No conocía su voz. Pero Jesús lo conocía a él. Y él caminaba confundido por otros caminos.

Creía ver con claridad lo que tenía que hacer y acabó perdiendo la vista.Tenía odio en su corazón. Aquel día, aquella caída, le llevó a comenzar un nuevo camino, el de la conversión: « ¿Qué tengo que hacer?». Se encontró con Él en su camino y ya no pudo vivir sin Él. Con la misma pasión que antes perseguía a los cristianos, se entregó a Jesús.

Caer del caballo es el comienzo de todos los cambios. Saulo dejó de llamarse Saulo y empezó el camino de Pablo. Su fuerza, su pasión, cambiaron de rumbo. Fue llamado Saulo por última vez. Desde entonces su nuevo nombre marcaría el camino a seguir.

Todo nombre implica una misión. Pablo comprendió que Jesús necesitaba su amor, su entrega y se puso en camino. No dudó, creyó, se fió de aquella voz y de aquellos que Dios puso en su camino para fortalecer su fe. Pablo aprendió a obedecer.

Decía Benedicto XVI al hablar de Jesús: «Jesús sabía que no estaba jamás solo y, hasta su último grito en la cruz, no hizo más que obedecer a aquel a quien llamaba Padre, y toda su vida fue enteramente un tender hacia Él».

A partir de ese momento Pablo nunca estuvo solo y su vida fue un tender hacia Él. Pienso en ese Pablo. Pienso en mi propia vida. Tan importante es volver a caer del caballo para reencontrar el verdadero camino.

Nos creemos seguros en nuestro caballo, en nuestra zona de confort, viviendo como creemos que Dios quiere que vivamos. Pero muchas veces no tendemos hacia Jesús. Seguimos nuestro propio camino.

Nos pensamos capaces de todo y centramos todo en nuestras propias fuerzas. Creemos hacer las cosas bien y justificamos los errores. ¡Cuánto bien nos hace que Dios, de vez en cuando, nos tire del caballo y nos muestre nuestra debilidad!

Nos ayuda que Dios nos deje experimentar la derrota, la caída, la pérdida. A veces nuestro amor es demasiado pobre, instintivo, limitado. Está poco orientado hacia Dios.

Decía el Padre José Kentenich: «El amor instintivo no tiene fuerzas suficientes. Es superficial. No pocas veces está centrado en un solo objeto muy concreto. Y, si no lo encuentro, cesa el amor. Es un amor vacilante. Es un amor enfermizamente apegado al yo. El amor verdadero debe salir adelante en el sufrimiento y en la cruz»[1].

A veces es así nuestro amor por los demás, por la vida, por las cosas que hacemos. Un amor frágil y enfermizo. Un amor débil que gira en torno al propio yo. Atado, esclavo. Un amor que se busca.

Nos falta crecer en el amor verdadero. En ese amor que Dios pone en nuestros corazones. Nos hace falta descentrarnos e iniciar así un nuevo camino. Nos viene bien caer del caballo para entender.

Saulo no amaba como amaba Pablo. Saulo giraba en torno a sí mismo, a su ego, a su ambición. Pablo se desprende de su yo y se entrega sin reservas. No teme la muerte. Ama sin miedo. Y no teme perder la vida si es para seguir al Señor donde Él le pida.

Pablo experimentó la debilidad en su propia vida. Un aguijón en la carne que le hacía consciente de su pequeñez: «

Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí.

 Y me ha dicho: -Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». 2 Corintios 12, 7-10.

La debilidad deja ver la fuerza de Dios en su vida. Él, llamado por Dios, caído del caballo, inicia una misión inmensa: llevar a Cristo a los gentiles, a los que no eran judíos, a los no creyentes.

Y en esa misión comprueba una y otra vez su limitación y su debilidad. Dios permite que encuentre en sus caídas el camino para que se vea con claridad el rostro de Dios.

¡Cuántas veces nos quejamos en la vida de nuestras debilidades! ¡Cuánto nos cuesta reconocer nuestro pecado, las tentaciones que nos impiden crecer! En nuestra debilidad está nuestra salvación.

La fuente de vida surge de la grieta que tantas veces nos paraliza. Nuestra debilidad se convierte en camino de misión. Pensamos que nada podemos hacer con nuestras debilidades. Creemos que es mejor taparlas y construir sobre ellas.

Dios se sirve de nuestra debilidad para dar vida a otros. La utiliza para salvar a muchos.

La herida, esa parte del pasado que nos cuesta reconocer y aceptar, puede ser fuente de vida. Pablo, judío estricto, fiel a la ley, se convierte en camino de salvación para los no judíos. El perseguidor de los cristianos, se hace cristiano.

No podía ser creíble entre ellos. Fue perseguidor, ¿cómo fiarse de su conversión? ¿Cómo olvidar todo lo que había hecho? Ese dolor, esa herida, se convierte en la puerta hacia otro camino: los gentiles.

Su pasado será el estigma que le acompañará toda su vida. Pero no era necesario olvidar nada. En su propio pasado está el camino de salvación. Pablo perdona a Saulo.

Decía el Padre Kentenich: «Muchas personas no pueden soportar el sentimiento de culpa y por eso lo niegan, y cuanto más lo niegan más enferman psíquicamente. Mañana o pasado mañana colapsarán también corporalmente»[2].

Pablo perdona sus errores, su fanatismo, su confusión. Pablo se arrepiente del camino seguido pero comprende que será fuente de vida. El estigma le lleva a los no judíos. La deshonra, el rechazo, el desprecio de los suyos, le hacen ver su misión verdadera.

Pablo es un converso. Tiene el fuego de los conversos en el alma. Se convierte y cambia radicalmente su vida, no de forma de ser. No deja de lado su pasión, su fuego, su amor por la vida.

No deja de lado todo lo que le llevó a perseguir a los cristianos. No cambió su pasado. El pasado no cambia. Se acepta o se rechaza. Se niega o nos sirve como camino de vida.

Pablo cambia el rumbo. Sigue un nuevo camino. Para poder hacerlo tendrá que perdonarse a sí mismo. Muchas veces es lo más importante para volver a creer. Tal vez lo único importante. Pablo perdona a Saulo. Tal vez muchos no perdonaron a Saulo y esa mancha acompañará sus pasos, enturbiará sus logros, lo hará sospechoso.

La duda siempre estará en sus obras. Deja su tierra y se hace peregrino, misionero, enviado de Dios. Y allí donde no lo conocen, él mismo se encargaría de contar su historia: «Último de todos también se me apareció a mí como si fuera a uno nacido prematuramente. Para que no nos creamos salvados». 1 Corintios 15:7-8.

Dios nos saca de nuestra tierra, nos busca en nuestra pobreza, para que no pensemos que Dios necesita nuestras grandes capacidades. Para que volvamos siempre de nuevo a suplicar su gracia.

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