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Takashi Nagai, el científico japonés que se convirtió leyendo a Pascal

© Public Domain
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Tras la bomba atómica en Nagasaki, el radiólogo dedicó su profesión a los demás, a pesar de conocer los riesgos que causarían su muerte

El 9 de agosto de 1945 Nagasaki, la ciudad japonesa más católica, recibió el bombardeo mortal del avión norteamericano Bockstar. El cataclismo impactó en pleno barrio Urukami, habitado mayoritariamente por católicos. Aunque la bomba atómica no provocó tanta masacre, se calcula que más de 80.000 personas morirían directamente o a consecuencia de su mortífera carga radiactiva. La decisión del presidente estadounidense Truman de lanzar la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki laminó prácticamente la semilla religiosa plantada alrededor de 450 años antes por el jesuita Francisco Javier.

En 1985, cuarenta años después, una ceremonia conmemoraba a las víctimas y, en ella, las palabras de un sacerdote aludían a Takashi Nagai para perdonar y superar la tragedia: “Solo si conseguimos tener un poco de aquella fe que poseía Nagai en la providencia del Padre Eterno y en el valor universal de la muerte de Jesucristo, podremos afrontar en paz cualquier acontecimiento”. Muchos desconocían qué rostro había detrás de aquel nombre.

“Prisionero del materialismo”

Takashi Nagai había nacido en 1908 en Isumo, en el seno de una familia sintoísta de cinco hijos. A los veinte años ingresa en la facultad de medicina de Nagasaki. “Desde la época de mis estudios de secundaria -escribirá más tarde- me había convertido en prisionero del materialismo. (…) Sentía gran admiración por la maravillosa estructura del conjunto del cuerpo humano, por la minuciosa organización de sus más pequeñas partes. Pero aquello que estaba manejando no era más que pura materia. ¿Y el alma? Un fantasma inventado por unos impostores para engañar a la gente sencilla”.

Contemplar la muerte de su madre cambió su vida y dirá de aquello que “con su última y penetrante mirada, mi madre derrumbó el marco ideológico que yo había construido. Aquella mujer, que me había dado la vida y que me había educado, aquella mujer que no había tenido ni un momento de respiro en su amor por mí, me habló con toda claridad en los últimos instantes de su vida. Su mirada me decía que el espíritu del hombre sigue viviendo después de la muerte. Todo me llegaba como una intuición, una intuición que contenía el sabor de la verdad”.

“Luz para los que quieren ver”

Pronto comenzó a leer a Pascal, el físico francés del siglo XVII, y quedó impactado por la relación entre fe y ciencia que mantenía, pues Pascal explicaba que a Dios se le puede encontrar mediante la fe y la oración, y aconsejaba a los no creyentes que continuarán rezando por su conversión. Apasionado de la experimentación, Nagai se preguntó: “¿Por qué no probar esa oración en la que tanto insiste Pascal?”, tras lo cual tomó la decisión de buscar una familia católica que le aceptara como pensionista durante sus estudios.

Le acoge la familia Moriyama. El 25 de diciembre de 1932 le invitan a que les acompañe a la Misa del gallo, pero él se excusa diciendo que no era cristiano, a lo que le responden que no importaba porque tampoco lo eran los pastores y los Reyes Magos que acudieron al establo.

En esa época le movilizan para ir a luchar contra los chinos en Manchuria. De allí volverá convulso por los terribles sucesos que ha visto en la guerra y por su vida desordenada, que le llevan a la catedral de Nagasaki donde hablará con un sacerdote nipón. Aquella conversación le empujó a estudiar la Biblia  en los ratos que le deja su trabajo de radiólogo. Retoma también Los Pensamientos de Pascal y queda subyugado por la frase: “Hay suficiente luz para quienes sólo desean ver, y bastante oscuridad para quienes mantienen una disposición contraria”. En ese momento decide bautizarse y caen los temores de que su nueva fe le pueda alejar de su familia, practicante del sintoísmo.

Con el nombre de Pablo, entra en 1934 en la Iglesia y se casa dos meses después con Midori, de la familia Moriyama, a la que previamente le expone de los peligros a que se expone por su profesión, ya que la protección para los rayos X era todavía endeble en aquel tiempo.

Apasionado por su profesión y por ayudar a los demás, Nagai se vuelca con todos y dirá: “La labor del médico consiste en sufrir y en alegrarse con sus pacientes, en ingeniárselas para disminuir los sufrimientos como si fueran los suyos propios. Hay que simpatizar con su dolor. A fin de cuentas, no obstante, quien cura al enfermo no es el médico sino la complacencia divina. Una vez se ha comprendido eso, el diagnóstico médico engendra la oración”.

Tras volver de la nueva guerra chino-japonesa, Takashi se entrega en cuerpo y alma para realizar radiografías, muchas de ellas porque nadie las quiere hacer por los peligros que comportan para la salud. Agotado, un día descubre marcas extrañas en sus manos. Se pone a rezar el Rosario como era habitual cuando encontraba un hueco y se sienta derrengado delante de una imagen de la Virgen. En esa oración volverá a recuperar siempre la paz interior, según escribe en su diario.

Sus colegas le animan a hacerse una radiografía. El resultado: hipertrofia en el bazo; diagnóstico: leucemia. Él murmura: “Señor, no soy más que un siervo inútil. Protege a Midori y a nuestros dos hijos. Hágase en mí según tu voluntad”.

De regreso a casa, Takashi lo comparte con su mujer. Ambos se hincan de rodillas y rezan, en medio de sollozos de una y de remordimientos del científico por no pensar las consecuencias de su quehacer para su mujer y sus hijos.

Pocos días después, acogiendo uno y otra la voluntad de Dios, una explosión de luz tritura el cielo de Urakami. Eran las once horas y dos minutos del 9 de agosto de 1945, la bomba atómica había caído en el barrio norte de Nagasaki. En la facultad de medicina, situada a 700 metros, Nagai es catapultado al suelo con el costado acribillado de trozos de cristal. Poco después, el caos campea en la ciudad y comienzan a llegar heridos, muchos arrastrándose o trasportados por otros, al hospital. Nagai se desvive hasta el límite de sus fuerzas: 48 horas de trabajo casi ininterrumpido hasta volver a su casa. En medio de escombros, descubre los restos carbonizados de su esposa. De rodillas, reza, perdona, llora y recoge los huesos en un recipiente. Un objeto brilla en el amasijo de cascotes: ¡el rosario! Una alegría restalla en el dolor: “Dios mío, te doy las gracias por haberle permitido morir rezando. María, Madre de los Dolores, gracias por haberla acompañado en la hora de la muerte… Jesús, Tú que llevaste la pesada cruz hasta ser crucificado, ahora acabas de esparcir una luz de paz sobre el misterio del sufrimiento y de la muerte, la de Midori y la mía”.

Japón se rinde el 15 de agosto de 1945. Nagai, cuya enfermedad ha sido agravada por la radiación, agoniza y recibe los últimos sacramentos mientras afirma: “Muero contento”. Pero no era la hora de Dios, pues al día siguiente, se encuentra fuera de peligro y cuya curación atribuye a la intercesión del padre Kolbe.

“Desposeído de todo”

Nadie quiere volver a Urakami, pero él puja por “ser el primero en volver allí”. Así lo hace, para lo cual se construirá un refugio con unas planchas al lado de las ruinas de su casa. Sus enseres: una botella, su uniforme de marino, repartido por el ejército, y el encontrado crucifijo de su casa le llevarán a decir: “He sido desposeído de todo y sólo he encontrado ese crucifijo”.

En noviembre, en la celebración del funeral por las víctimas junto a los escombros de la catedral de Nagasaki, se dirige a los congregados: “Es evidente que existe una profunda relación entre la destrucción de esta ciudad cristiana y el fin de la guerra. Nagasaki era sin duda la víctima elegida, el cordero sin mancha, holocausto ofrecido sobre el altar del sacrificio, aniquilado por los pecados de todas las naciones durante la Segunda Guerra Mundial… ¡Debemos agradecer que Nagasaki haya sido elegida para ese holocausto! Debemos agradecerlo, porque a través de ese sacrificio ha llegado la paz al mundo, así como la libertad religiosa al Japón”.

Ya reunido con sus dos hijos, emprenderá nuevamente un trabajo agotador. A ellos les dirá: “Amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos. Os dejo estas palabras como herencia”. Tras un trabajo ingente y la escritura de varios libros, entre ellos Campanas de Nagasaki, muere el 1 de mayo de 1951.

En el trayecto final, le acompaña un gentío que recorre el camino del kilómetro y medio que separa la catedral del cementerio, donde reposa actualmente junto a su mujer.

Para conocer más la vida de Takhasi Nagai, el libro Requiem por Nagasaki, de Paul Glynn (Palabra)

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