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​¿Cuál es la posición de la Iglesia ante las guerras del siglo XX?

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Jesus Colina - Alfa y Omega - publicado el 28/06/14

El mundo recuerda hoy los 100 años del estallido de la Primera Guerra Mundial

Este sábado, 28 de junio, el mundo recuerda los cien años del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria a manos de un terrorista bosnio de la Mano Negra.

Estallaba así la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial, en la que perderían la vida más de diez millones de personas. Veinticinco años después, un nuevo cataclismo bélico se llevaba por delante las vidas de entre 50 y 70 millones de personas.

La Iglesia, de modo especial a través de dos Papas (Benedicto XV y Pío XII), se convirtió en un referente moral a favor de la paz. Una frase del Papa Pacelli resume el magisterio de los varios Pontífices a lo largo del siglo XX: «Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra»

El 28 de junio se conmemora el centenario del estallido de la Gran Guerra. Hace apenas unas semanas, el 6 de junio pasado, recordamos los 50 años del desembarque de Normandía, la mayor operación de invasión por mar de la Historia, que daría el zarpazo decisivo al derrumbe del régimen de Adolf Hitler.

La Segunda Guerra Mundial, de cuyo inicio se cumplirán 75 años el próximo 1 de septiembre, tendría como resultado final entre 50 y 70 millones de víctimas.
¿Cuál es la posición de la Iglesia ante estas guerras que asolaron el siglo XX?

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, concluía su pontificado y vida terrena san Pío X, quien no sólo había vaticinado aquella guerra europea, sino que profetizó que estallaría definitivamente en ese verano de 1914.

Aquel conflicto fue para el Papa un golpe fatal. «Ésta será la última aflicción que me mande el Señor. Con gusto daría mi vida para salvar a mis pobres hijos de esta terrible calamidad», decía. Moría pocas semanas después, el 20 de agosto. Los romanos decían que fue, en cierto sentido, víctima de la Guerra.

El 3 de septiembre sería elegido su sucesor, Benedicto XV. Era la primera vez que no intervenía ningún soberano extranjero en la elección papal, tras el escándalo del veto austrohúngaro que había propiciado la elección de su predecesor, el Papa Sarto.

Sin mayores dilaciones, el 1 de noviembre de ese año, el nuevo Pontífice publicaba la encíclica Ad beatissimi apostolorum, para condenar el recurso a la guerra, declarando una imparcialidad estricta, que suscitó disgusto entre las partes beligerantes.

El Papa se planteó además dos objetivos durante la guerra: hacer todo lo posible por ayudar a todas las víctimas, «sin distinción de religión ni nacionalidad», y no omitir nada que pudiera contribuir al final de esa calamidad.

Durante el conflicto se movilizó para ayudar a las víctimas, creando, en diciembre de 1914, una oficina de prisioneros de guerra. Se convirtió en un instrumento para la distribución de víveres y medicinas.

Asimismo, organizó un servicio de búsqueda de desaparecidos, intercedió para liberar a presos de guerra, donó importantes cantidades de dinero (repartió cerca de 5 millones de liras, más otros 30 recogidos de colectas).

La imparcialidad no impidió al Papa denunciar los abusos de Alemania; en particular, la deportación de súbditos franceses y belgas para hacerlos trabajar en la propia Alemania, así como las represalias que sufrían los prisioneros de guerra.

También se manifestó ante Austria por el bombardeo de ciudades abiertas. Asimismo, acusó a Alemania y a Austria por violar el Derecho Internacional en los métodos de guerra empleados.

Casi al final de la guerra, el 1 de agosto de 1917, promulgó la Exhortación apostólica Dès le début, todo un programa doctrinal de cara a un posible armisticio.

Eugenio Pacelli fue elegido Papa con el nombre de Pío XII seis meses antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. El régimen nazi comenzaba a ocupar territorios europeos.


El nuevo Pontífice trató en vano de detener el desencadenamiento del conflicto con diferentes iniciativas, como el discurso que pronunció a la radio el 24 de agosto de 1939, en el que pronunció la frase símbolo de su pontificado: «Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra».

El 1 de septiembre, Alemania invadía Polonia, desencadenando la guerra. Pío XII siguió al pie de la letra el ejemplo que había dado Benedicto XV en la Primera Guerra Mundial. Ante todo, se opuso a la guerra y evitó tomar una posición política (lo que le valdría críticas de todos los frentes), haciendo presión para que Italia no entrara en guerra, algo que no logró.

Vale la pena recordar los mensajes radiofónicos de Navidad de 1941, 1942 y 1943, en los que el Papa Pacelli delineó un nuevo orden mundial, basado en el respeto recíproco entre las naciones y los pueblos.

Mussolini comentó el mensaje radiofónico de 1942 con sarcasmo: «El Vicario de Dios -es decir, el representante en la tierra del regulador del universo- no debería hablar nunca: debería quedarse entre las nubes».

Al igual que Benedicto XV, Pío XII se movilizó para organizar la ayuda a las víctimas y creó una oficina de información sobre los prisioneros y refugiados.

El New York Times, en su editorial de Navidad de 1941, elogió al Papa Pío XII por «oponerse plenamente al hitlerismo» y por «no dejar duda de que los objetivos de los nazis son irreconciliables con su propio concepto de la paz cristiana».

Varios historiadores judíos, como Joseph Lichten, de B’nai B’rith (organización judía dedicada a denunciar el antisemitismo y mantener viva la memoria del genocidio nazi), han documentado los esfuerzos del Vaticano en favor de los hebreos perseguidos.

Según el mismo Lichten, en septiembre de 1943, Pío XII ofreció bienes del Vaticano como rescate de judíos apresados por los nazis. También recuerda que, durante la ocupación alemana de Italia, la Iglesia, siguiendo instrucciones del Papa, escondió y alimentó a miles de judíos en la Ciudad del Vaticano y en la residencia pontificia Castelgandolfo, así como en templos y conventos.

Lichten, escribiendo en el boletín del Jewish Antidefamation League (Liga judía contra la difamación), dijo, en 1958, que «la oposición (de Pío XII) al nazismo y sus esfuerzos para ayudar a los judíos en Europa eran bien conocidos al mundo que sufre».

En 1945, el Gran Rabino de Jerusalén, Isaac Herzog, envió a Pío XII una bendición especial «por sus esfuerzos para salvar vidas judías durante la ocupación nazi de Italia».

Israel Zolli, Gran Rabino de Roma, quién como nadie pudo apreciar los esfuerzos caritativos del Papa por los judíos, al terminar la guerra se bautizó en la Iglesia católica y tomó en el Bautismo el nombre de pila del Papa, Eugenio, en señal de gratitud.

Albert Einstein, en la revista Time, el 23 de diciembre de 1940, escribió:

«Siendo un amante de la libertad, cuando llegó la revolución a Alemania, miré con confianza a las universidades sabiendo que siempre se habían vanagloriado de su devoción por la causa de la verdad. Pero las universidades fueron acalladas.

Entonces miré a los grandes editores de periódicos que en ardientes editoriales proclamaban su amor por la libertad. Pero también ellos, como las universidades, fueron reducidos al silencio, ahogados a la vuelta de pocas semanas.

Sólo la Iglesia permaneció de pie y firme para hacer frente a las campañas de Hitler para suprimir la verdad. Antes, no había sentido ningún interés personal en la Iglesia, pero ahora siento por ella un gran afecto y admiración, porque sólo la Iglesia ha tenido la valentía y la obstinación de sostener la verdad intelectual y la libertad moral. Debo confesar que lo que antes despreciaba, ahora lo alabo incondicionalmente».

Si bien Pío XII evitó que sus palabras fueran vistas como un simple apoyo a uno de los contendientes en la guerra, su enseñanza fue de total rechazo a la guerra. Basado en esa misma enseñanza, según puede saberse hoy a partir del Archivo Secreto Vaticano, apoyó un complot en 1940 de generales para asesinar al Fuhrer.

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guerrahistoria
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