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​¿Yo podría ser santo? ¿cómo?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 24/06/14

Santidad es sabernos amados y tocar ese amor con los dedos del alma, Dios nos santifica cuando nos abandonamos en su corazón de Padre

La santidad es ese fuego que quema las impurezas del corazón, el agua que sacia la sed del alma y riega la tierra en sequía en la que vivimos. Es la luz que ilumina las oscuridades de las profundidades del corazón por las que nos movemos.

Es la gracia que nos permite vivir con paz y confianza las dificultades del camino. Es la vitalidad que nos hace capaces de saltar todas las alturas. Es el viento que eleva nuestra voz por encima de las montañas y llena así el silencio que nos rodea.

Sí, estamos llamados a algo grande. Nuestros pasos construyen la historia del mañana. Sembramos hoy y sabemos que otros cosecharán los frutos. Estamos todos llamados a ser santos. Estamos todos llamados a vivir en Dios.

Por eso nos enterramos para dejar que la vida surja de nuestra pequeña muerte diaria. Decía el Padre José Kentenich: «Tengo que ser enterrado en el surco, debo morir. Porque muriendo el grano de trigo germina y da mucho fruto. Y nosotros, los otros Cristos, las otras ‘imágenes de Cristo’ somos justamente los frutos de aquella muerte de Jesús»[1].

Dios va haciendo brillar lo que hay en nuestro interior, lo que es opaco y gris. Nos pule y saca brillo. El oro es acrisolado en el fuego de su amor. Necesita nuestra entrega, nuestro sí, nuestra disponibilidad para dejarle hacer a Él.

Santidad es sabernos amados y tocar ese amor con los dedos del alma. Dios nos santifica cuando nos abandonamos en su corazón de Padre. Y así logra sacar el oro escondido. Nos hace brillar. Nos eleva por encima de todo.

Jesús nos santifica, Él nos dice: “Aquí estoy, esperándote, para darte lo mejor de mi corazón, para darte el perdón inmenso, el amor incondicional, el descanso para tu cansancio, para darte un abrazo y ponerte en mis rodillas, para abrir mi corazón sin reservas para ti, para ser tu hogar y tu padre, para escucharte, para sostenerte, para modelar tu corazón de barro a imagen del mío.

Para darte la vida que no pasa, para dar un nuevo sentido a tu vida, para ser tu roca. Para responder a esa hambre que sé que tienes de que alguien te ame por lo que eres, para enseñarte que amar como Yo merece la pena, ensancha el corazón y da una paz que no pasa.

Para darte un trozo de cielo, para ser tu hogar. Te espero en el Sagrario. Ahí me he quedado para siempre. Siempre te espero, siempre te recibo. Te miro cuando llegas. Abro las puertas de mi corazón herido para que puedas descansar, por fin, en él. Como Juan en la cena. Eres mi predilecto. Te quiero. Te quiero como eres. No tienes que hacer nada para que Yo te quiera».

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