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Si te quieres es más fácil que otros te quieran

© Annabelle Shemer / Flickr

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 20/06/14

El amor comienza en el propio corazón, en ese corazón liberado y en paz consigo mismo

Es verdad que para poder amar necesitamos antes amarnos a nosotros mismos. Querernos como somos. Con nuestros límites, con las cosas feas que no nos gustan.

El problema es que cuando no nos gustamos a nosotros mismos no logramos vencer la barrera que nos separa de los demás. Nos sentimos juzgados por ellos, siendo nosotros nuestros peores jueces. Pensamos que los demás nos miran con esos mismos ojos críticos con los que nosotros nos miramos.

El otro día veía un anuncio en el que un retratista pintaba, sin mirarlas antes, a varias mujeres. Primero ellas se describían a sí mismas. Después otra persona que las acababa de conocer las describía. Claramente era mejor el retrato realizado con la descripción de un tercero. Mostraba una mujer más abierta, más feliz, con más luz. Cuando ellas se describían eran más duras y exigentes.

Tal vez nosotros, cuando nos describimos, somos más críticos que cuando describimos a otros. La realidad es que somos mucho más bellos de lo que pensamos, tenemos más luz, más alegría, irradiamos más paz.

Nosotros, al mirarnos, no pasamos por alto las arrugas, ni ese lunar que nos afea el rostro, ni las ojeras, ni ese rasgo de nuestro cuerpo que nunca nos ha gustado. Nos detenemos en cada desperfecto, en cada deterioro, y no tenemos misericordia.

El otro día una persona con 88 años me decía que pensaba que todavía gustaba a los hombres. Estaba convencida de su belleza interior y exterior.

Los problemas en nuestra vida vienen cuando no nos gustamos, cuando no nos gusta lo que hacemos, lo que somos y pensamos que los demás nos ven como nosotros nos miramos.

Es cierta entonces la afirmación: «Las cosas no las vemos como son, las vemos como somos». Lo que sucede entonces, es que, cuando no nos gustamos y no nos gusta nuestra vida, tampoco nos gustan las otras vidas, el mundo que nos rodea, las personas con las que convivimos.

Nos amargamos porque no nos gusta el deterioro que trae consigo el paso de los años, detestamos las secuelas que deja la enfermedad. No nos gustamos en muchas ocasiones. Y así nos cuesta amar a otros. Quererlos con libertad. El amor comienza en el propio corazón, en ese corazón liberado y en paz consigo mismo.

Dios nos regala siempre un trozo de vida para amar y entregarnos. Nos da el presente. A veces nos parece poco y se nos escapa entre los dedos. Nos quejamos porque nos falta tiempo. Pero es mucho lo que tenemos.

Es un tesoro que perdemos o malgastamos cuando nos enfadamos con la vida, nos quejamos de la mala suerte, nos avergonzamos de cómo somos, y vivimos angustiados por el miedo a perder lo que tenemos. No amamos. No nos amamos. La vida se nos escapa y no la aprovechamos.

Siempre pienso que esta vida que Dios nos regala es un gran tesoro. Lo bonito es vivirla en plenitud, amando hasta el extremo, aspirando a vivir santamente. La santidad consiste en dejar que Dios haga brillar la belleza de nuestro interior, ese oro escondido en lo profundo del alma desde que nacimos.

A veces pensamos que la santidad consiste en no pecar, en hacerlo todo bien, en cumplir con todas las obligaciones, en amar de forma perfecta. Normalmente no lo logramos.

Por eso, cuando caemos y nos sentimos lejos de Dios, entonces vemos la cumbre de la santidad como una meta inexpugnable. Pensamos que ser santos es el producto logrado a base de esfuerzo, labrado en una dura lucha por ser mejores.

Sin embargo, por mucho que nos esforzamos sólo logramos estresarnos y no alcanzar tanto como soñamos. Creemos que somos más santos si cumplimos, si cuando nos esforzamos las cosas nos salen bien, si respondemos a esas expectativas que pensamos Dios tiene con nosotros. Es casi como un premio por nuestro buen comportamiento.


Pero no es así. No somos inmaculados. No, la santidad es un don, una gracia, no una conquista. Los santos son aquellos que aprendieron a vivir en la alegría de Dios y se dejaron hacer por sus manos.

Nos recuerda el Padre José Kentenich: «La alegría es un profundo medio para llegar a ser santo. Nuestro deber moral consiste en educar a otros y educarnos a nosotros mismos para la alegría. La alegría debe comprenderse como un elemento central de nuestra vida religiosa»[1].

La alegría nos hace confiar y ser optimistas ante las contrariedades y cruces. Don Bosco decía: «La santidad consiste en estar siempre alegres, haciendo bien nuestros deberes». No hay santo triste, todos los santos son alegres. Porque se han sabido amados por Dios. Porque poseen el bien más preciado, la presencia de Dios en sus vidas, y lo han vendido todo para vivir con Él.


[1] J. Kentenich,
Las fuentes de la alegría
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alma
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