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Las 30 horas de vida del pequeño Benedetto

© Giorgia Petrini

Giorgia Petrini - publicado el 19/06/14 - actualizado el 15/02/18

El testimonio de fe de Silvia, apodada mamá coraje “Ahí nuestro ‘SI’ se hizo carne”

Sencilla, vestida de claro, el pelo recogido, camina abrazada a su esposo Giovanni. Todo en ella habla de sencillez: es Silvia “mamá coraje”. Un “PERO” en el momento en que nos abrazamos me golpeó el corazón: sus ojos hinchados que hablan de Benedetto nacido en el cielo hacía siete días. Es todo normal: por un momento las “madres coraje” olvidan también la existencia del rimel.

Me regala la foto de Benedetto (que guardo cuidadosamente): “Giovanni y yo estamos casados desde hace casi 10 años y hemos tenido cuatro magníficos hijos: Agnese de 9 años, Pietro de 7, Tommasso de 4 y Benedetto, nacido el 4 de abril de este año y fallecido al día siguiente, después de (8 meses y) 30 horas de vida.

Desde que vivo en Cremona presto de vez en cuando servicio como voluntaria en el Cav Centro Aiuto Vita de nuestro hospital. Esto me ha permitido enfrentarme más veces al tema del aborto y a las difíciles historias de mujeres que enfrentan embarazos con miles de dificultades, desde económicas a de salud. Pero vivía todo esto con cierta distancia y quizá un poco inconcientemente, porque me consideraba a pesar de todo afortunada, con mis tres hijos y mi vida tranquila.

En el último año me había topado con la historia de Chiara Corbella Petrillo, que me había impresionado mucho y dejado sin aliento por la evidente sencillez y alegría con que esta joven chica había enfrentado sus pruebas, junto a su marido: ¿cómo no desear una fe así también para mi? Me parecía imposible.

Esto contribuyó a que surgiera en mí el deseo de acoger otro niño, respondiendo también a una cuestión abierta para mi marido, “ya listo” desde hacía tiempo. A mí, en cambio, me venían en mente un montón de objeciones: tenemos ya tres hijos, el dinero no es suficiente, la hipoteca parece no terminar nunca, la opción por las escuelas privadas católicas, los problemas organizativos (al no tener a los abuelos cerca), el trabajo que toma mucho tiempo…y este último gran miedo vinculado a la posibilidad que esta vez no fuera tan bien como las otras, que pudiera nacer un hijo con alguna discapacidad o con Syndrome de Down, dados mis 37 años.

Pero el deseo en mí crecía y entonces me confié a la oración y el embarazo llegó. Mi corazón, no estaba tranquilo. No respiraba ni siquiera un poco de esa alegría tan deseada: por cualquier dolor o pequeña pérdida corría al hospital para que me revisaran, como si en mi corazón ya supiera que este bebé no era para nosotros. Luego llegó el 23 de diciembre, día de la eco morfológica en el hospital y por primera vez, en una morfológica, quise junto a mí a mi marido.

Apenas la ginecóloga comenzó a mirar a nuestro bebé el clima pasó inmediatamente de bromista a relajado a helado y silencioso. Nuestro bebé tenía malformaciones en todos lados: el cerebro, el corazón (un desastre), un bracito, un piecito, una Trisomía 18, incompatible con la vida. Yo estaba en la semana 20, por lo que la ginecóloga me dijo que si me hubiera hecho inmediatamente la amniocentesis habría estado a tiempo de “escoger”. Con mi marido no hubo ni siquiera necesidad de mirarse a la cara para decir nuestro dolororísimo “si”: nuestro bebé estaba ahí, con su carita, sus manitas y piernitas que se movían. Si hubiera vivido o no, no habría sido opción nuestra.

Él había sido deseado así y de esta manera lo habríamos acogido. Él estaba vivo y no habría sido yo, su madre, quien lo matara. Mi primer pensamiento fue que el Señor quizá había entendido que no habría sido capaz de cuidar a un bebé discapacitado y me había regalado un mal aún más grande, que se lo habría llevado de mi, probablemente antes incluso de nacer. Pero el afecto a nuestro bebé se hacía cada vez más grande, tan grande que pedimos el milagro para que sobreviviera (hay bebés con Trisomía 18 vivos y fuertes, a pesar de sus miles de patologías). Cierto, nos daba miedo sólo la idea de lo que hubiera significado para nosotros y nuestros hijos pero si el Señor lo hubiera querido habría sido para nosotros.

Benedetto era tan fuerte y tenaz que resistió duro hasta la semana 30. Durante el embarazo nos apoyamos al equipo de la doctora Vergani de San Gerardo di Monza y fuimos acompañados por el neonatólogo del mismo hospital, el doctor Paterlini, y – aunque de lejos – por la neonatóloga,  Parravicini, experta en cuidados paliativos, en Nueva York.

Quiero recordarles por qué para nosotros no fueron sólo los médicos, sino parte de una compañía que nos ha ayudado a acoger a Benedetto, a quererlo desde el principio y a darle sólo lo que necesitaba, que en realidad es lo que todos necesitamos: ser amados y sentirse amados. Esto me hizo entender cómo el ser acompañados por profesionales que, no sólo extremadamente preparados en su campo, tienen una mirada abierta a la realidad, es indispensable en estas circunstancias delicadas: en la primera ecografía que hicimos en Monza, la doctora Vergani, primero que nada intentó ver si era niño o niña y no ver la larga lista de malformaciones que tenía Benedetto.

Cuántas veces, dirigiéndose a él, nos dijo “es un misterio”. Esto me ha ayudado a no dudar: no me ha surgido la duda de que fuera todo inútil, que estos meses de embarazo fueran meses desperdiciados, porque pienso que no he vivido momentos más bellos e intensos con mi marido, nuestros hijos y los amigos que nos han acompañado como hermanos.

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