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El genocidio polaco de Katyn, 1940 (II): la negación de Dios

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María Angeles Corpas - publicado el 18/06/14

Las consecuencias de una idolatría materialista

La masacre de Katyn no fue simplemente un episodio más de violencia indiscriminada durante la II Guerra Mundial. Puede entenderse como un modelo para entender las consecuencias profundas que se derivan de un orden idolátrico. Un sistema ideológico que rechazó la idea de Dios y que se erigió en instancia suprema de juicio y salvador de la humanidad. El pueblo polaco fue testigo sufriente de esta asfixia de la libertad y la verdad.

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1.    Entonces seréis como Dios: el hombre como ídolo

Ante todos los crímenes, en especial los crímenes contra la humanidad, surge la necesidad de encontrar un por qué. En el caso de Katyn, ese por qué alude a los fenómenos de dominación imperialista que borraron Polonia del mapa de Europa. Una explicación materialista de la violencia política nos ofrece un análisis incompleto de su causa.

Una perspectiva antropológica nos exige comprender los mecanismos mediante los que un orden político fundamentado en una ideología es capaz de diseñar y cometer actos aberrantes y presentarlos como un servicio al bien común.

Entender cómo los ejecutores materiales lo hicieron, no siempre obligados, sino muchos convencidos de la utilidad colectiva de estos asesinatos en la construcción de “su” utopía. Desde fuera, esta legitimación del mal resulta insostenible e irracional. Por ejemplo, los crímenes de Katyn cesaron el primero de mayo de 1940 para respetar la “fiesta del trabajo”.

Las víctimas fueron reducidas a la condición de “obstáculos materiales” que eliminar. Los verdugos fueron imbuidos para convertirse únicamente en ejecutores de la ideología. Las primeras, despojadas de su dignidad humana; los segundos, convertidos en siervos.

El rechazo de Dios y de todo respeto a un orden legítimo basado en la ley natural fue sustituido por una idolatría materialista. En el caso del comunismo soviético durante la era de Stalin, adquirió unos perfiles totalitarios cimentados en una divinización del hombre, capaz por sí mismo de crear su propio destino y erigirse en juez supremo del bien y del mal. El discurso ideológico y el culto a la personalidad el líder estaban impregnados de un vocabulario y unas connotaciones mesiánicas.

Sin embargo, a pesar de las promesas liberadoras, este tipo de idolatría resultó generadora de una profunda división y violencia. La masacre de Katyn adquirió por ello un fuerte carácter simbólico de esta contradicción entre lo que el régimen comunista decía ser y lo que realmente era. Así, la independencia polaca fue sacrificada en el ara de las idolatrías totalitarias.

REFERENCIAS:
*Gén. 1, 4
GIUSSANI, L.: “La energía de la razón tiende a entrar en lo desconocido”, en El sentido religioso, Encuentro, Madrid, 2008, pp. 191-202.

KATASTROFA SMOLEŃSKA
fot. Krzysztof Stępkowski

2.    La historia en el debate sobre la verdad

La historia tiene diversas funciones, algunas de las cuales se relacionan con el poder. Se ha utilizado tanto para legitimarlo como para criticarlo. Puede ser tanto una herramienta de opresión como de liberación. Cuando la URSS se convirtió en un aliado (1941) y luego en la potencia dominante (1945), los polacos tuvieron que aceptar forzosamente la versión oficial sobre Katyn.

Había que ocultar sistemáticamente la verdad y mantener públicamente la dimensión “libertadora” del régimen comunista. Sobre las familias de las víctimas y sobre toda la nación cayó la pesada losa de la ley del silencio, impidiendo la justa reparación y la necesaria sanación de las heridas infligidas contra la moral.

Es cierto que en 1943 la explicación nazi de la autoría soviética de la masacre de Katyn era difícilmente asumible por muchos. No podía considerarse una fuente “fiable”, ya que eran conocidos sus antecedentes de crueldad anti eslava (Leópolis, Ucrania 1941). Sin embargo, no hubo condena en los juicios de Nüremberg ni tampoco investigación contra la URSS. Katyn se convirtió en una verdad incómoda, que sólo parecía interesar a un pequeño grupo de “obstinados patriotas polacos”. Esta memoria silenciada, esta necesidad acuciante de restaurar la verdad ha condicionado de forma intensa las relaciones bilaterales ruso-polacas.

Tras la caída del muro, la Rusia de Yeltsin reconoció en 1990 la autoría soviética. No obstante, aún hay intelectuales y políticos rusos que se aferran a la versión estalinista, critican la desclasificación de documentos y cuestionan la autenticidad de las evidencias.

En 2013 el Tribunal Europeo de Estrasburgo rechazó una demanda polaca por ser hechos anteriores a la constitución de la ONU y las Comunidades Europeas. Si bien, censuró la escasa cooperación rusa en la investigación.

Pese a las polémicas ideológicas, Katyn como hecho, símbolo y resistencia es fundamental para desvelar la auténtica naturaleza del totalitarismo estalinista, debajo de su máscara propagandística como vanguardia libertadora. Es un ejemplo muy valioso para reconocer la utilidad de la historia como ciencia al servicio de la verdad.

DZWONY W KATYNIU
fot. Archiwum Krzysztofa Stępkowskiego

3.    Catolicidad: pilar de la identidad polaca

Las recurrentes amenazas externas hicieron del patriotismo polaco un sentimiento teñido de aspectos religiosos. A su vez, la práctica religiosa convivía en perfecta armonía con esta defensa de la identidad nacional. El perfil profesional y familiar de los represaliados durante la ocupación y, en particular en la masacre de Katyn, indicaba una clara voluntad de exterminar la independencia e identidad polacas.

La represión que descabezaba a Polonia se concibió como una estrategia calculada para desconectar al pueblo de sus raíces culturales y valores religiosos. El régimen comunista polaco fue estrechamente dependiente de la URSS y cualquier atisbo de autonomía fue vigilado y erradicado. Entre las cargas de esta condición de país satélite figuraba la conversión de Katyn en una cuestión tabú. No sólo con la introducción de elementos ideológicos extraños, sino con una injerencia abusiva del Estado* en la esfera personal.

Desde la URSS se exportó una antropología socialista, que pretendía superar las barreras del nacionalismo. Este nuevo “hombre socialista” quedaría liberado de las ataduras de la tradición y también de las falacias igualitarias del liberalismo capitalista. Sin embargo, para ese sueño debía sacrificarse la libertad.

El férreo control social y la asfixiante penetración del partido en la vida privada impusieron un ambiente de miedo, destinado a la perpetuación de la dictadura. Pero, más allá, en un proyecto a medio plazo, concibiendo una ruptura completa con el ser católico polaco. Fue otra forma de disolver la unidad comunitaria, de impedir su  transmisión generacional. Algo que impediría aún más la resistencia y aislaría a cada persona de los elementos más trascedentes y duraderos de su identidad.

REFERENCIAS:
*El uso del término “Estado” en mayúscula, debe entenderse como una precisión terminológica de un objeto de análisis histórico y no como una exaltación ideológica del mismo.
BARLINSKA, I.: La sociedad civil en Polonia y Solidaridad, CIS-Siglo XXI, Madrid, 2006. 

4.    La ideología: una antropología contra el hombre

El pacto germano-soviético de 1939 causó estupor, debido al acercamiento entre dos polos en principio opuestos, pero unidos por el totalitarismo. Millones de ciudadanos de Europa oriental, singularmente los polacos, padecieron las consecuencias de este pacto anti natura. Muchos militantes de izquierda en los países occidentales asistieron con incredulidad a la traición de quien pensaba que era la “madre patria del proletariado”. En realidad, ambas ideologías se enfrentaban entre sí y contra la civilización occidental con el anhelo de convertirse en un referente único para toda la humanidad. No sólo en lo económico, en el orden social o la estructura política. Más allá, como referente ideológico incompatible con cualquier filiación espiritual.

Las familias de las víctimas de Katyn fueron objeto de una persecución concienzuda, incluso utilizando las direcciones de las cartas de los fusilados para facilitar deportaciones masivas. Era un ataque frontal contra lo más sagrado: la libertad, la verdad e incluso el recuerdo de una memoria digna de sus fallecidos. Una crueldad existencial que tuvo consecuencias psicológicas y sociales de largo alcance. Para la Polonia democrática, restituir la memoria de sus víctimas y establecer la verdad histórica ha sido una cuestión de justicia y de auténtica regeneración nacional.

En este tipo de sistemas, al individuo se le niega la oportunidad efectiva de elegir. El autoproclamado carácter salvífico del Estado y su ideología se atrevió a establecer por decreto e imponer todo un conjunto de prácticas y creencias oficiales. A través de la educación, la propaganda, los medios de comunicación y la burocracia ramificada del aparato estatal se imponían estos nuevos valores, negando y persiguiendo todo aquello que pudiera convertirse en alternativa u oposición.

Además de negar todas las libertades personales, el totalitarismo estalinista amordazó toda expresión colectiva independiente. En diversas formas como los movimientos nacionales o sindicales libres. Aunque de un modo especialmente hostil, persiguió la faceta comunitaria del hecho religioso. Entendiendo como intolerable las capacidades del cristianismo para despertar las conciencias y fortalecer la libertad personal. Un compromiso incompatible con la violencia y la injusticia, que no podía reducirse ni asimilarse a un esquema materialista y antihumano. Este carácter profético, comunitario y caritativo del cristianismo sirvió de resistencia a muchos de los opositores a este régimen. En el caso polaco, la fidelidad a la Iglesia y el amor a la patria no fueron sino las caras de una misma moneda.

REFERENCIA:
MACKIEWICZ, J.: Las fosas de Katyn, Ediciones Paulinas, Bilbao, 1960.




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