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El genocidio polaco de Katyn, 1940 (I): La negación de la libertad

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María Angeles Corpas - publicado el 17/06/14

22.000 polacos fueron brutalmente asesinados por los ocupantes soviéticos.

La masacre de Katyn es un ejemplo significativo de la capacidad de los totalitarismos para detonar el mal y aniquilar cualquier vestigio de moral natural o legal. Cuando se descubrió el crimen en 1943, el régimen estalinista culpó a los nazis, sumando a este genocidio “selectivo” de la nación polaca, la manipulación y la mentira.

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1.    Una masacre silenciada

Todo empezó en Polonia. La II Guerra Mundial, la peor guerra de toda la historia, se inició el 1 de septiembre de 1939 con una agresión contra la integridad territorial polaca. Más allá del conflicto fronterizo y del ataque a la soberanía de una nación independiente, latía una pulsión totalitaria.

El objetivo nazi no era el control o la influencia sino, en palabras del propio Hitler, la destrucción de Polonia. En el mes que duró la resistencia inicial, los polacos hubieron de enfrentarse a algo aún peor que una maquinaria de guerra industrializada. Tuvieron que afrontar una traición monstruosa, producto del entendimiento entre dos totalitarismos.

El pacto nazi-soviético, a pesar de su provisionalidad, mostraba la paradójica cercanía de los extremismos. En la zona de ocupación soviética se establecieron campos organizados por la policía secreta del NKVD. En centros como Ostashkov, Kozelsk o Starobielsk en territorio soviético se concentraron miles de prisioneros, producto de la guerra y de la represión paramilitar.

En abril y mayo de 1940, unos 22.000 de ellos fueron asesinados. Se trató de ejecuciones sumarias, utilizando disparos en la cabeza. Las víctimas tenían las manos atadas a la espalda y fueron apilados en fosas comunes a unos 3 metros de profundidad.

El nombre de “masacre de Katyn” proviene del bosque cercano a Smolensk, donde se ubican algunos de estos enterramientos. Tras la invasión nazi de la URSS (1941) se produjo el hallazgo de las fosas, hecho público en abril de 1943.

Los ocupantes permitieron la identificación de algunos restos e iniciaron una batalla propagandística contra la URSS. Ambas potencias se acusaron mutuamente de haber cometido aquel crimen atroz.

En marzo de 1940, la masacre había nacido del impulso exterminador del jefe del KNVD L. Beria con el beneplácito de Stalin. La precipitación hizo que los restos humanos conservaran distintivos para probar su procedencia polaca. Dada la naturaleza represiva nazi y soviética, para la opinión mundial ambas autorías podían resultar verosímiles.

REFERENCIA:
ABARINOV, V., The murderers of Katyn, Hippocrene Books, New York, 1993. 

KATASTROFA SMOLEŃSKA
fot. Krzysztof Stępkowski

2.    Un genocidio selectivo

El genocidio es una categoría jurídica compleja, definida con precisión a partir de la institución de la ONU. Implica la existencia de una voluntad criminal premeditada contra un grupo nacional, étnico o religioso para causar daños físicos y morales, perjudicar su reproducción social e incluso promover su exterminio.

Más allá de esta definición, Katyn puede considerarse un modelo de genocidio selectivo ¿Por qué? No fue un acto de guerra, contravenía la legalidad internacional vigente, expresada en la Convención de Ginebra y en la fundación de la Sociedad de Naciones.

Ciertamente, el objetivo no era el exterminio de todos los polacos, pero sí descabezar la nación, impedir cualquier resistencia, eliminar sus fundamentos identitarios, en especial el pilar católico y reducir al pueblo a la condición de esclavitud.

El perfil de las víctimas refuerza este argumento. Unos 8.000 eran militares de alta graduación. 6.000 policías y funcionarios de prisiones.

Entre los civiles, se hallaban destacados profesores, intelectuales y científicos, así como un número importante de sacerdotes y consagrados. Por añadidura, esta crueldad desmedida con las víctimas tuvo efectos colectivos profundos y duraderos.

El dolor de las familias afectadas precipitó la extensión del miedo a toda la sociedad, instrumento propio de las dictaduras. En especial, al negar principios esenciales de libertad, verdad y justa reparación.

Polonia había visto amenazada su existencia en ocasiones anteriores por la apetencia de países vecinos. Eso explica su acercamiento a los aliados occidentales y el desarrollo de un patriotismo orgulloso de sus raíces. L

a reacción nazi-soviética de 1939 fue la aniquilación deliberada de esa dignidad como pueblo y una amenaza explícita para la libertad de Europa. En los años previos, muchos buscaron una paz pactada que evitara un segundo 1914. Objetivo loable siempre que no se pagara cualquier precio. El ministro de exteriores polaco Józek Beck delimitó esa frontera moral ante la amenaza nazi: “sólo hay una cosa que no tiene precio en la vida de las naciones y los pueblos: el honor”.

REFERENCIAS:
LÓPEZ CAMBRONERO, M. y MERINO, F., “The illness of reason and crimes against humanity: genocide as ideological act”, Journal of East-West thought, nº 2, vol. 3 (Junio, 2013), pp. 85-96.

KATASTROFA SMOLEŃSKA
fot. Krzysztof Stępkowski

3.    Víctimas de las ideologías totalitarias

El totalitarismo es una hipertrofia de la ideología que consiste en una apropiación del Estado* y de los movimientos sociales que destruye la libertad personal en todas sus formas. Los regímenes ocupantes de Polonia, pese a sus diferencias, compartían muchos de los rasgos definitorios de este mal del siglo XX.

Entre otros, el culto a la personalidad del líder, un control social asfixiante, la negación de la disidencia, la instrumentalización del partido único o la sacralización del Estado como único mediador entre el individuo y la comunidad. Estos regímenes se concebían a sí mismos como utopías liberadoras. Por tanto, la oposición o resistencia les resultaba inaceptable.

Así, el comunismo soviético era presentado como redentor del proletariado internacional y Stalin como patriarca omnímodo de esa liberación. En este sentido, la violencia represiva era justificada en beneficio de aquél bien supremo.

El fin justificaba los medios. En extremo, toda oposición fundamentada en la libertad personal, la dignidad de un pueblo y el sentido religioso de la existencia debía ser eliminada sin piedad. Por añadidura, fulminando cualquier límite moral en sus ejecutores materiales, hasta que despojaran a sus víctimas de la condición humana.

Aunque finalmente, no sólo como personas de un tipo inferior, sino prácticamente reducidos a la condición de animales u objetos. Entidades de las que se puede disponer plenamente, juzgar y eliminar sin consecuencias morales ni legales.

Así, para el NKVD los oficiales e intelectuales polacos fueron indeseables “contrarrevolucionarios”. Una élite molesta, reacia a la “re-educación”. Una piedra en el camino, que debía ser removida de forma premeditada e implacable para facilitar la esclavización de Polonia. De forma similar al nazismo, el respeto a la ley natural, en particular el valor intrínseco de toda vida humana, desapareció sacrificado a un culto bárbaro e insaciable.

*El uso del término “Estado” en mayúscula, debe entenderse como una precisión terminológica de un objeto de análisis histórico y no como una exaltación ideológica del mismo.

ARENDT, H., Los orígenes del totalitarismo, Alianza, Madrid, 2013.

KATASTROFA SMOLEŃSKA
fot. Krzysztof Stępkowski

4.    Una nación reducida a la esclavitud

El nacionalismo surgió como ideología y movimiento social en el siglo XIX, sirviendo de vehículo para la expresión de conflictos latentes. En casos como los americanos, en forma de emancipación de las metrópolis. En otros, articulando un discurso nacional cohesionador de las revoluciones liberales.

En el siglo XX, cuando adquirió importancia una noción cultural o esencial del nacionalismo, éste se radicalizó adquiriendo formas imperialistas. Algunas naciones, como las surgidas del antiguo Imperio Austro-Húngaro, buscaban su “espacio natural” más allá del orden tradicional. Otros países, como la Alemania nazi o la URSS, se proyectaron mediante una política hostil y colonizadora de sus vecinos.

Su propia afirmación como naciones con un Estado fuerte, militarizado y orgulloso de sus características culturales, crecía mediante la anulación de estos rasgos en los países ocupados. Como un “Saturno devorando a sus hijos”.

La independencia de Polonia había estado amenazada en ocasiones anteriores. Ninguna con la voluntad y fuerza exterminadora de la agresión de 1939. Esta traición fue el pórtico y el detonante de la II Guerra Mundial.

Pero además fue un laboratorio para el ensayo de una ingeniería social atroz de ambos totalitarismos. En el caso nazi, basándose en una pretendida superioridad racial apoyada en el darwinismo social. Una justificación aparentemente científica para legitimar sus crímenes. En el caso soviético también existían prejuicios anti polacos, heredados del imperialismo zarista.

Junto a esta tentación “rusificadora”, aplicaron una interpretación estalinista del horizonte utópico del marxismo. Es decir, que existía una fuerte contradicción entre el discurso liberador de los trabajadores oprimidos como expectativa de una sociedad sin clases y el método inmediato para conseguirlo, caracterizado por una violencia material y moral extrema.

Los polacos resistieron incorporándose a los ejércitos de las potencias aliadas, organizando un gobierno en el exilio y una red de guerrillas contra la ocupación. Como demuestra el levantamiento de Varsovia (1944) o la valiente denuncia del Holocausto por Jan Karski, el pueblo polaco no se resignó sin ofrecer un testimonio imperecedero.

Cuando en 1945 concluyó la guerra, no desaparecieron sus dificultades. Las fronteras del país se movieron al oeste para beneficiar a la URSS y castigar a Alemania. Sólo en apariencia, recuperaron su soberanía, pasando rápidamente a depender de la órbita soviética durante la Guerra Fría. La versión oficial falseada de Katyn se convirtió en una profundísima herida cuyas consecuencias llegan al presente.

No obstante, el genio polaco seguiría ofreciendo al mundo testimonios personales y colectivos imprescindibles para ganar su auténtica libertad: Karol Wojtyla y Solidaridad.

REFERENCIA:
WAJDA, A. (dir.), Katyn, (2007). Película distribuida en España por Karma producciones.




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genocidiopoloniasegunda guerra mundial
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