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¿Es posible comprender todo?

Wolfgang Staudt

Carlos Padilla Esteban - publicado el 15/06/14

Nuestro camino está lleno de momentos de búsqueda, de encuentro, de oscuridad, de alejamiento

La vida es un misterio. Y los misterios tienen algo de luz y mucho de sombra, de desconocimiento y de presencia. De oscuridad y destellos. El amor de Dios nos supera siempre. Desborda nuestros límites. Da plenitud a lo incompleto. Queremos tenerlo todo claro en el camino, pero no es posible.

Entender que Dios es uno, que es Trino, que es Padre e Hijo al mismo tiempo. Que es un solo Dios y tres personas. Que se queda en la fuerza del Espíritu y está presente en nuestra vida. Que actúa sin que lo veamos y se hizo carne para poder tocarlo. Que ahora sigue presente sin poder abrazarlo, aunque el corazón desea tocar y abrazar. Es todo un misterio.

Queremos comprender con nuestros límites el infinito. Introducir el océano en los límites del corazón de barro. Y no es posible. Buscamos explicaciones que pretenden dejarnos tranquilos. Pero sigue siendo siempre un misterio.

Y el misterio nos desborda y sólo podemos arrodillarnos sorprendidos, sobrecogidos. Sin querer tenerlo todo claro, sin pretender comprender. Como Moisés al contemplar la gloria de Dios:

«En aquellos días, Moisés subió de madrugada al monte Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra. El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor. El Señor pasó ante él, proclamando: – Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad. Moisés, al momento, se inclinó y se echó por tierra. Y le dijo: – Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque ése es un pueblo de cerviz dura; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya». Éxodo 34, 4b-6. 8-9.

Dios desborda nuestros límites y nos hace aspirar a las alturas. Hoy, Moisés y Dios se encuentran. Se han buscado mucho tiempo. Como cada uno de nosotros, quizás, en nuestra vida. Nuestro camino está lleno de momentos de búsqueda, de encuentro, de oscuridad, de alejamiento.

Moisés y Dios se habían perseguido muchos años. Dios lo amaba y en ningún momento dejó de mirarlo y de cuidarlo. Ahora, Moisés, ya sabe cuál es su misión. Siempre, cerca de Dios descubrimos quiénes somos, para lo que estamos hechos. Nuestro ideal.

Moisés ya sabe quién es, a quién pertenece. Su historia se llena de sentido. ¿No nos pasa a veces que miramos hacia atrás y todo encaja? Cuando nos sentimos amados por Dios o por alguna persona, de repente, vemos que toda nuestra historia nos ha conducido a este momento.

Moisés sube a la montaña y Dios baja en la nube a estar con él. Moisés sube y Dios baja. Cada uno busca al otro. Se encuentran. Dios baja para estar con él, no para usarlo para dar los mandamientos a su pueblo. Lo ama y quiere estar con él.

A veces, cuando rezamos, pensamos que tenemos que sacar un propósito, una conclusión práctica. Y así la oración ha merecido la pena. Pero a veces lo mejor es estar sencillamente con Dios, descansar, contarle, o estar en silencio, mostrarle el corazón, mirarle, mirar juntos lo que ha sido el día, descubrir donde me salió al encuentro.

Moisés pronuncia su nombre, el de Dios. No nos dice cuál. Moisés lleva las piedras y Dios escribe en ellas que el amor es lo primero. Escribe la misión de Moisés. Para que lo cuente.

¿Qué es lo que Dios escribe en mi corazón, eso que es mío, esa cualidad, ese don, esa experiencia de amor que se me ha dado para regalar?

Antes de bajar del monte, Moisés habla a Dios y pide por su pueblo. Dios no le puede negar nada. No pide para él, no habla de él. Ahora tiene a Dios a su lado y pide por los suyos. Y su oración es escuchada.

¡Cuántas veces, cuando nos acercamos a Dios es para criticar y sentirnos mejores, para justificarnos

ante Él de nuestro desamor a otros, y lo usamos para que nos dé la razón, para quejarnos!

Ese día, la montaña y el cielo se acercaron. Moisés y Dios descansaron juntos, y hablaron de su amor común: su pueblo. Dios saca lo mejor de Moisés. Como hace siempre con nosotros.

Hay lugares que me hablan de Dios, como ese monte Sinaí a Moisés. Ojala escalemos a esos lugares. Hay personas que me muestran con su amor ese amor de Dios, porque me miran con esa misma ternura.

Su amor nos sobrepasa y le da sentido a nuestra vida. Nos hace comprender que estamos hechos para la vida eterna: «Entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna». No queremos morir para siempre. Queremos vivir para siempre.

Pero mientras tanto no pretendemos saberlo todo, controlar todas las variables. La vida es compleja, y no podemos controlarla. Un Dios que es Trino. Pero es uno solo. Se hizo carne, se hizo hijo. Es comunión, encuentro, amor que se dona. El amor del Padre derramado en el Hijo en la fuerza del Espíritu.

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