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El Mundial de Fútbol bajo la mirada de un creyente

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Cómo la Teología ha abordado el tema del deporte

El año pasado, Gustavo Gutiérrez y el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Gerhard Ludwig Müller, publicaron el libro Del lado de los pobres. Teología de la liberación (San Pablo, 2013).
 
Este diálogo entre un teólogo latinoamericano y otro europeo rescata, una vez más, la pregunta: ¿cómo anunciar al pobre el amor de Dios? Y es que, aunque los contextos son diferentes y ambos continentes hayan caminado históricamente por procesos que podrían alejarlos, en términos de sus experiencias hay algo que queda claro: hoy más que nunca la Iglesia se preocupa por el pobre, pues es un dilema social que permanece a pesar de los cambios mundiales.
 
 El creyente ante el mundo de hoy

 
A este reto se le suman los cambios sociales, culturales, políticos y económicos actuales, esto es, lo que algunos llaman posmodernidad.
 
Sin discutir el término, lo que aparece a nuestra vista –y más a la de nuestros amigos de otros continentes– es que pareciera que, en algunos sectores de la humanidad, la seguridad de la modernidad va cediendo ante lo pasajero, lo líquido, lo relativo; se va sometiendo a modelos de relaciones económicas cada vez más agresivas, que son avaladas por las políticas de gobiernos que muchas veces excluyen y opacan la presencia del pobre en sus territorios.
 
Por otro lado, el pluralismo religioso va siendo tan evidente, incluso en países en donde el catolicismo ha estado tan arraigado en la cultura, que surgen movimientos, por un lado, “ultraconservadores” y, por el otro, “ultraprogresistas”, que desdibujan un poco el equilibrio fruto de una espiritualidad evangélica, encarnada y liberadora. Este hecho impone como reto convivir con el otro de una manera tranquila, reconociendo la diferencia en la unidad de un espíritu de amor.
 
 El mundo contemporáneo trae consigo, además, otros retos, como la revolución tecnológica, el “descuido” de sí, la crisis ambiental, la subvaloración de poblaciones excluidas socialmente –afrodescendientes, indígenas, LGBTI (lesbianas, gais, bisexuales, transexuales e intersexuales), víctimas de conflictos armados–, entre otros.
 
Y es allí donde cabe preguntarse: ¿cuál es el papel de quienes experimentan a Dios en su vida cotidiana, en ese contexto de cambio, diferencia, exclusión y esperanza?
 
 El deporte como reto contemporáneo
 
En el año 2012, se celebró en São Leopoldo (Brasil) un Congreso Continental de Teología. Allí, Juan Carlos Scannone lideró el taller sobre Teología, cultura e interculturalidad. En ese espacio se evidenció que el ser humano, con su hacer, re-crea el mundo y lo llena de significado; de ahí que tienda a cultivarse y a cultivar lo que le rodea. La cultura, asociada a los estilos de vida de los pueblos, debe ser humanizada, lo que implica una liberación integral de todos aquellos elementos presentes en ella, que oprimen al hombre y a la mujer y al mundo.
 
La cultura posee muchas manifestaciones y, en un mundo de cambios, ha surgido una práctica que ha cobrado gran relevancia en la sociedad: el deporte. Ya lo dice bien la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, reunida en Aparecida [ver documento conclusivo] en el año 2007, documento de Aparecida, nº 493:
 
En la cultura actual, surgen nuevos campos misioneros y pastorales que se abren. Uno de ellos es, sin duda, la pastoral del turismo y del entretenimiento, que tiene un campo inmenso de realización en los clubes, en los deportes, salas de cine, centros comerciales y otras opciones que a diario llaman la atención y piden ser evangelizadas.
 
De esta manera, las construcciones humanas son grandes retos para el creyente de hoy, y para efectos de esta reflexión, el deporte es uno de ellos. Ahora bien, cabe aclarar que en la cotidianidad hablamos de deporte de una manera muy general. Por eso, en el uso coloquial, consideramos deporte el salir a caminar, ir a un centro de entrenamiento físico o incluso trotar con la mascota; sin embargo, en términos más técnicos, deporte constituye una realidad con unas características precisas que lo diferencian del ocio, la educación física y el ejercicio.

 
 El fenómeno deportivo es una actividad humana, que surge en la modernidad y cuyo objetivo es la competencia o rendimiento de los atletas. A través de sus normas, exige a sus participantes máximos niveles de esfuerzo haciendo uso de tecnologías de última generación; incluso, en muchos casos, derivando en consecuencias que vulneran la dignidad de los deportistas.
 
Debido a su nivel de aceptación, el deporte se ha visto envuelto en una dinámica de lucha de poderes e intereses económicos que pareciera que sin estos componentes fuese imposible su definición. La relación deporte-economía-política es tan estrecha que los objetivos educativos y lúdicos que muchos defienden se ven opacados en la utilización del mismo para intereses inhumanos. Es por esa razón que no todo lo que llamamos deporte lo es.
 
La mejor forma de identificar lo que se conoce técnicamente como deporte es poner como punto de referencia los Juegos Olímpicos o un Mundial de Fútbol.
 
 El discurso teológico sobre el deporte
 
Teniendo como punto de partida la pregunta por el interés de los creyentes en el mundo contemporáneo y el surgimiento del deporte como fenómeno de la cultura, algunos teólogos colombianos hemos intentado humanizar dicho contexto a la luz de la fe. Ese intento de humanización ha tenido varios frentes, pero uno de los más fuertes es la Teología del Deporte.
 
El discurso teológico sobre el deporte es una reflexión a posteriori sobre la experiencia trascendental del ser humano, que se dirige hacia el Misterio sagrado y que está circunscrita a un contexto histórico deportivo. Lo anterior significa que la teología es un hablar sobre Dios a partir de la experiencia que el hombre tiene de Él, pero hay un detalle, y es que a esa experiencia se le suma otra: la inmersión en un contexto específico, en un ámbito deportivo.
 
Por eso, el hombre, al experimentar su cotidianidad en una relación con Dios y con el deporte, empieza a relacionar ambas realidades y a hacerse preguntas como: ¿de qué manera se hace presente Dios en el deporte? ¿Es posible hablar del amor de Dios a los atletas y a todos aquellos que viven esta experiencia deportiva? ¿Es congruente la práctica deportiva con los valores evangélicos? ¿Cómo humanizar aquellas prácticas que en el deporte vulneran al ser humano y lo esclavizan? ¿Cuál es la relación entre la Iglesia y el deporte?
 
La Teología del Deporte es una reflexión cuyo punto de partida es la experiencia de fe del sujeto, que no se aleja de la historia y del mundo. Por eso, los humanos que buscan iluminar los retos contemporáneos se ven también abocados a una práctica cuya influencia puede, incluso, paralizar a toda una comunidad en torno a un partido de fútbol, por ejemplo.
 
Los intentos por establecer relaciones entre la fe y las prácticas motrices son antiguos. El deporte moderno tiene sus orígenes en la Grecia antigua, donde se celebraban ya los Juegos Olímpicos en honor a los dioses. Ellos constituían todo un ritual religioso en donde participaban muchos atletas provenientes de las distintas ciudades estado.
 
Con la expansión de la cultura helenista por Medio Oriente, dichas prácticas se instauraron, incluso, en tierra de Jesús, lo cual no era muy bien visto por muchos judíos, pues esas actividades eran consideradas como idolátricas.
 
Las competencias atléticas de la época antigua eran conocidas por los primeros cristianos; san Pablo es un claro ejemplo de ello. Él alude frecuentemente a la lucha, por ejemplo en cf. 1 Tm 6, 12:
 
Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y de la que hiciste aquella solemne profesión delante de muchos testigos.

 
O a la carrera, en 1 Cor 9, 24-27:
 
¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis.
 
y lo hace para mostrar de manera analógica que la vida del cristiano es una lucha y una carrera por alcanzar lo que los atletas buscan, pero en un plano espiritual y superior.
 
Estos vestigios dan cuenta de dos elementos que, de alguna manera, han estado siempre presentes en la vida del creyente y que poco han sido vislumbrados: la fe y las prácticas motrices.
 
Con la victoria del Imperio romano sobre la civilización griega, las competencias helénicas fueron conservadas en algunos lugares y transformadas en otros. Las que llaman particularmente la atención por la carga histórica y simbólica que tiene para el cristianismo son las luchas en el Coliseo romano.
 
En este lugar de combate eran condenados a muerte los cristianos que confesaban su fe. Su castigo, por contradecir las creencias del Imperio, era luchar contra las fieras salvajes hasta ser devorados por ellas.
 
El estadio era entonces un lugar de martirio, donde las personas se deleitaban viendo la sangre de los primeros cristianos. Con esto, se evidenciaba cómo podía permitirse que se asesinara a alguien y considerar dicha práctica como loable y ser aceptada socialmente.
 
Estos hechos fueron motivo de muchos pronunciamientos por parte de los Padres de la Iglesia, quienes se manifestaron en contra de tales actividades e incluso prohibían a los cristianos frecuentar todo aquello que fuera espectáculo o juegos competitivos, por considerarlos un culto a la persona e idolatría. Por eso, en el siglo IV d.C., cuando el cristianismo se convierte en la religión oficial del Imperio, gran parte de los juegos y espectáculos se prohíben. Solo se permiten aquellos que posibilitan la salud del pueblo y prácticas higiénicas.
 
Con este corto recorrido histórico, lo que se pretende es evidenciar que la relación entre los ejercicios competitivos y la vida de fe de los pueblos siempre ha estado presente, y esto puede hacerse extensivo hasta nuestros días.
 
Entre los grandes temas abordados por la Teología del Deporte, figuran:

 
La sistematización y fundamentación epistemológica del discurso teológico del deporte.
Reflexiones sobre el deporte a la luz de la Sagrada Escritura.
La relación entre la cultura deportiva y la Iglesia.
La espiritualidad deportiva, la pastoral del deporte.
La educación física y la religión, y el deporte en el magisterio pontificio reciente.
Precisamente, este último aspecto podría ser de gran interés para los lectores, por lo que, en las páginas siguientes, se explorará la visión que los magisterios de Benedicto XVI y Francisco tienen sobre el deporte contemporáneo (el del segundo, solo suscriptores en la versión íntegra).
 
El papa Benedicto XVI y sus intervenciones sobre el deporte
 
El pontificado de Benedicto XVI transcurrió entre el 19 de abril de 2005 y el 28 de febrero de 2013, casi ocho años. Su renuncia tomó por sorpresa a todo el mundo, pues con ella marcó un antecedente nunca antes visto en la historia reciente de la Iglesia. Durante este período, fueron varias las intervenciones, en su magisterio ordinario, que hacían alusión al deporte; en su gran mayoría eran dirigidas a grupos deportivos específicos o a jóvenes. Recordemos algunas de ellas.
 
21 de septiembre de 2005. Una de sus primeras intervenciones tuvo lugar en presencia de una delegación del Comité Ejecutivo de la Unión de Federaciones de Fútbol Europeas (UEFA) y de la Federación Italiana de Fútbol (FIGC).
 
El contexto fue una audiencia general, en donde destinó unos segundos a saludar a estas instituciones. Aunque fue una intervención muy corta, se destaca en ella la importancia del deporte y se advierte que, de ser practicado de manera adecuada, podría ser un sobresaliente agente educativo, promotor de valores humanos y espirituales y de buenas relaciones entre los pueblos.

 
Partido amistoso en Roma, 2007

29 de noviembre del mismo año, dirige un mensaje al cardenal Severino Poletto, arzobispo de Turín, donde hace referencia a la XX edición de los Juegos Olímpicos de Invierno. En sus palabras muestra que la luz de Jesús de Nazaret ilumina todos los aspectos de la vida, incluido el deporte, cuyos valores deben ser purificados. Los Juegos Olímpicos, para los cristianos –recuerda el Papa–, son una oportunidad para reflexionar en la lucha por la solidaridad entre los hombres y la construcción permanente de la paz.
 
1 de agosto de 2009, casi cuatro años más tarde, Benedicto XVI pronuncia lo que sería uno de sus discursos más extensos sobre el deporte. Lo hace ante una delegación de participantes en los Campeonatos Mundiales de Natación. El discurso se inicia con un saludo a todos los asistentes al encuentro, reconociendo que el deporte es un espectáculo de valores para el mundo de hoy en donde las metas se alcanzan con sacrificios y duros entrenamientos.
 
Los ejercicios competitivos –según el Pontífice– sirven a los seres humanos para formarse físicamente; y no solo eso: también promueven la educación en valores, que dan cuenta de un crecimiento personal y del establecimiento de las buenas relaciones sociales. Sin duda, Dios es el artífice de todas estas maravillas, Él es el creador del cuerpo humano, de su armonía y posibilidades, a Él debe agradecerse.
 
Insiste el Papa en que la Iglesia reconoce en el deporte no un fin, sino un medio para la formación. Afirma que la Biblia, en sus referencias al deporte, se constituye en una metáfora de la vida para alcanzar ideales éticos y educativos del ser humano. Por eso, los atletas son ejemplo para el mundo y buscarán ser campeones en la vida. Debido al impacto de los medios de comunicación, su ejemplo se expande en toda la sociedad.
 
Por último, el obispo de Roma saluda a los deportistas en sus diferentes lenguas, invitándolos a tener una actitud de ayuda a los demás, formación integral de niños y jóvenes, disciplina, belleza y ejercicio de la voluntad.
 
El discurso del Papa no se aleja mucho de la tradición magisterial de los pontífices anteriores, quienes, en su gran mayoría, presentan el deporte como un entrenamiento para el sacrificio y el esfuerzo, una práctica ascética; además, como una escuela de valores que, con su ejemplo, se torna educativa, sobre todo para los jóvenes. Otro elemento importante es el énfasis sobre la recuperación de la ética en las prácticas deportivas que la gran mayoría de los discursos tiene.
 
En el año 2004, el papa Juan Pablo II había instituido la sección Iglesia y Deporte en el Consejo Pontificio para los Laicos. Desde que se creó esta oficina, se han realizado en Roma tres seminarios internacionales que dan cuenta del tema que abordamos en esta reflexión.
 
El mundo del deporte hoy: campo de compromiso cristiano (2005).
El deporte: un desafío educativo y pastoral (2007).
Deporte, educación y fe: para una nueva etapa del movimiento deportivo católico (2009).

Con esos antecedentes, el papa Benedicto pronunció un discurso al inicio del seminario de 2009. Comienza citando la declaración Gravissimum Educationis del Concilio Vaticano II, donde se incluye al deporte como una estrategia para la formación de los seres humanos.
 
Para que esto sea así, debe ser practicado con un alto sentido ético y dirigido por personas cualificadas y competentes, lo que constituye un elemento novedoso en los discursos que hemos interpretado hasta ahora. La Iglesia valora la competencia en sus aspectos positivos, pero se opone a aquellas prácticas que causan daño al organismo.
 
Artículo originalmente publicado por Vida Nueva y escrito por JONATHAN ANDRÉS RÚA PENAGOS, gimnasta y teólogo antioqueño, investigador y docente vinculado a la Fundación Universitaria Luis Amigó de Colombia

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