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Scorsese cuenta la epopeya de los cristianos en Japón

© DR
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El gran director ítaloamericano lucha con una historia poco conocida, la de los “cristianos secretos” del Sol Naciente

El 6 de junio, el Primer Ministro de Japón, Shinzō Abe, se encontró con el Papa Francisco, y como regalo le dio un espejo especial, “mágico”, fabricado por un artesano contemporáneo pero igual a los usados por los cristianos clandestinos del siglo XVII. Parece un espejo común, pero expuesto al sol, muestra una cruz y una imagen de Jesús; el Papa, apenas lo recibió, se acercó a una ventana, y llevando consigo a Abe, contempló el rostro del Salvador a plena luz.

Ahora, la dramática y gloriosa epopeya del cristianismo en Japón no es tan conocida como merecería – una primera aproximación la permite Rino Cammilleri, autor en 2012 del “cuaderno” Shimabara no ran. La gran revuelta de los samurai cristianos y la novela histórica El crucifijo del samurai (Piemme, Milán 2009)-; pero para desgarrar el muro del silencio llegará pronto una película, dirigida ni más ni menos que por Martin Scorsese.

Entre heroísmo y sacrificio, el acontecimiento de los Kirishitan (los cristianos japoneses perseguidos y luego reducidos a la clandestinidad) “atormenta” al famoso director estadounidense desde aquel lejano 1989 en que, por primera vez, tomó en su mente forma, aunque aún vaga, la idea de ponerla en escena.

Algo decisivo se desbloqueó en 2007 y empujó a Scorsese a decir públicamente que quería rodar aquel proyecto cuanto antes; el cineasta esperaba en 2008, pero una vez más tuvo que retrasarlo.

En 2009 logró contratar a actores del calibre de Daniel Day-Lewis y Benicio del Toro, y en 2013 también a Andrew Garfield, Ken Watanabe y Liam Neeson como protagonista, un misionero jesuita que siente muy adecuado: “He crecido”, dice Neeson, “como buen católico irlandés”.
 
Y ahora, finalmente, después de haber encontrado todos los fondos necesarios a través de la compañía Emmett/Furla Films, Scorsese comienza a filmar en Taiwan, sabiendo que le tomará los próximos meses de verano y, de esta manera, dando cita al público para el año que viene.

La película tiene ya título, Silence. Porque se inspira en la homónima novela histórica de 1966, que es universalmente considerada la obra maestra del japonés Shusaku Endo (1923 – 1996).
 
Endo – rara avis todavía hoy en Japón – era católico, fue bautizado alrededor de los 11 o 12 años por voluntad de la madre, que, a su vez, se volvió católica después de haberse divorciado, o quizá, como dicen otros, por voluntad de una tía a quien el pequeño fue confiado.

Pero esto no ha impedido a la crítica reconocer en él un talento indiscutible de la así llamada “tercera generación” de escritores posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en un país donde el catolicismo fue perseguido mucho tiempo con una refinada crueldad, permaneció proscrito hasta 1850 y luego básicamente fue percibido como extranjero.
 
A Endo incluso se le dedicó un museo literario personal en la Nagasaki “católica” y más veces su nombre fue susurrado para el Nobel.

Su novela, muchas veces galardonada, inspiró en 2012 la Sinfonía n. 3 Silence del músico escocés James MacMillan. Fue traducida a muchas lenguas y está disponible también en italiano, publicada en Milán como Silenzio por Rusconi en 1982 y reeditada por Corbaccio en 2013.
 
Además, todas las obras de Endo tienen siempre, secretamente, la persecución de los cristianos, y las problemáticas anexas, aunque prácticamente nunca enfrentan el tema directamente: el lector italiano tiene, por otra parte, a disposición sólo otra novela del escritor japonés, El samurai (trad. It. Luni, Milán 2013). También ésta gira alrededor del fuerte motivo de la fe prohibida.

Endo es considerado un católico muy problemático, constantemente luchando con el espinoso argumento de la enculturación de la fe (un tema muy personal para él, ciertamente no una divagación teórica), del encuentro con la cultura nipona que es casi siempre un choque con una cruz que produce escándalo.
 
Lo demuestra bien precisamente la obra maestra Silencio que ha inspirado a Scorsese, allá donde se despierta una historia controvertida y dolorosa: la misión del jesuita Sebastião Rodrigues –modelado sobre una figura histórica, el jesuita siciliano Giuseppe Chiara (1602-1685)– que es invitado a Japón durante las persecuciones de principios del siglo XVII para indagar sobre la apostasía del cofrade portugués Cristóvão Ferreira (1580 ca. – 1650), un personaje real que, para evitar el martirio, renegó de la fe, se adhirió a una “secta” zen (aunque sus escritos parece que revelen sobretodo una filosofía basada en el derecho natural) y se casó.
 
El padre Rodrigues se da cuenta que, al menos en Japón, la fe en Cristo es sobretodo la Pasión.
Después de que el director japonés Masahiro Shinoda, al colaborar con el mismo Endo, llevara a cabo la película de 1971 Chinmoku (como suena el título original japonés también de la novela), después que en 1996 el acontecimiento del apóstata Ferreira inspirara una segunda película al portugués João Mario Grilo, Os Olhos da Ásia, ahora es la vez de Scorsese.
 
Hay material suficiente para un verdadero escándalo, obvio; pero podría salir, en cambio, algo bueno. Los mártires kirishitan se lo merecerían.

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