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El dolor, la soledad, el abandono, ¿cómo vivirlos desde la fe?

Sophia Louise
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Cuando todas las ventanas de la vida se nos cierran, aparece la ventana de Dios siempre abierta para acogernos, abrazarnos

El dolor, la soledad y el abandono, ¿cómo vivirlos en cristiano, desde la fe? 

“Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: Eloí, Eloí, ¿lama sabactaní?, que quiere decir: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34) Éste es el grito de abandono lanzado por Jesús: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Es la expresión más nítida de una angustia sin límites en el abismo de su soledad.

Abandonado de los hombres, Jesús se siente también abandonado del mismo Dios. Es la expresión de la experiencia de abandono más radical pero es, a la vez, la expresión más patente de la relación que Jesús mantiene con Dios: Él sabe que Dios, aunque parezca que no está presente, está ahí, no abandona. Cristo eleva un grito al Padre al que reclama como “Dios mío”.

Cuando vuelven a resonar, una vez más, estas palabras de Jesús en nuestros corazones nos conviene recordar que esta escena nos explica tantas situaciones como se dan en la vida del hombre: tantos que, ante una enfermedad grave, han pensado que Dios les ha abandonado o han gritado “¿por qué a mí?”; tantos que, ante la muerte de un ser querido, han pensado “¿por qué me ha tenido que pasar a mí? ¿En qué situación quedo yo?". Sin embargo, cuando se conoce a Dios uno se da cuenta de que Dios no abandona nunca.

Dios sigue ahí aunque nos parezca que nos ha abandonado porque Dios es nuestro Padre, un Padre que se preocupa por sus hijos aunque, en ocasiones, los hijos no entiendan su modo de proceder.

¡Tantas veces en nuestra vida no acertamos a explicarnos el actuar de Dios! Es más, le echamos la culpa de lo malo que nos está sucediendo, nos sentimos abandonados por Él; pero nada más lejos de la realidad: Dios está siempre a nuestro lado, interesándose por nosotros, por nuestras cosas y dándonos cuanto necesitamos para que podamos salir adelante.

Cuando todas las ventanas de la vida se nos cierran, aparece la ventana de Dios siempre abierta para acogernos, abrazarnos y darnos lo que necesitamos en cada momento.

En los momentos de cruz es crucial seguir confiando en Dios, seguir convencidos de que Dios es nuestro Padre y nos sigue queriendo aunque no siempre coincida nuestra manera de hacer las cosas y la manera como las hace Él.

La fe es lo único que puede darnos esperanza y nos puede ayudar a recuperar la ilusión, a encajar los momentos de dolor y de amargura; para ello tenemos que confiar en Dios que nunca falla, como hicieron los santos, como hizo Cristo en el calvario cumpliendo la voluntad del Padre aunque ésta le suponga sufrimiento y dolor.

Así de sencillo y así de difícil, queridos hermanos: Dios, en nuestros momentos de dolor y de sufrimiento, no sólo no está lejos de nosotros sino que nos lleva en brazos y nos da su gracia para que podamos superar el sufrimiento, para que nos demos cuenta de que no estamos abandonados porque Él está a nuestro lado aunque nos resulte difícil verlo y sentirlo.

Que el Señor, cuando la noche se acerque a nuestra vida, cuando el dolor se haga compañero de nuestro camino, cuando el sufrimiento nos haga difícil seguir caminando, nos ayude a descubrir que camina con nosotros, que nos acompaña, que nos alienta y nos da fuerzas y gracias para salir adelante.

Que sepamos leer y sentir la presencia del Señor en nuestra vida, especialmente en esos momentos en que la fe parece que se tambalea y nos es más difícil creer.

Por monseñor Gerardo Melgar, obispo de Osma-Soria (España)

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