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Debate en España: ¿Monarquía o República?

© Ivonne Wierink/SHUTTERSTOCK

Marcelo López Cambronero - publicado el 05/06/14

¿Es mejor una que otra? Pues depende, hay que tener en cuenta muchas cosas

La abdicación de Juan Carlos I como Rey de España ha provocado una ola de manifestaciones en favor de la República en algunos lugares del país que, si bien han sido minoritarias, han agrupado a parte de la izquierda, llegando a despertar el debate no resuelto sobre la forma de estado en el seno del Partido Socialista. En ciudades como Granada, por ejemplo, un grupo de revoltosos llegaron hasta la enorme bandera de España que preside el principio de la Avenida de la Constitución para izar, en su lugar, el antiguo blasón republicano. El acto en sí constituye un delito según nuestro vigente Código Penal y el Delegado del Gobierno en la ciudad se ha apresurado a advertir, con poquísimo entusiasmo y credibilidad, que perseguirá a los responsables, entre los que se cuenta el Delegado de Fomento del gobierno andaluz, que es a la vez coordinador de Izquierda Unida en la provincia. En todo caso no creo que nadie se apresure a elevar una gamberrada a la categoría de juicio oral. No lo merece la cosa.

Demos un paso atrás y miremos los asuntos  con el afecto y la paz con que un padre medita sobre el rostro dormido de su vástago. La República no es una forma de estado, al menos en abstracto, ni de izquierdas ni de derechas. Su idea central es que la instancia superior, aquella que aúna por igual a todos los ciudadanos y ejerce una serie de funciones institucionales y de representación cuya importancia varía de unos países a otros, sea elegida por los ciudadanos en elecciones libres. Visto así, ¿quién podría dudar de que esta manera de elegir a la “cabeza” del estado es más adecuada, está más a la altura de nuestro tiempo, que la cadena sucesoria en la que se asienta la monarquía? Desde este punto de vista la República es racionalmente más adecuada.

Ahora bien, si tal argumento es poderoso no lo es menos otro. El modelo republicano inevitablemente sitúa en lo más alto a una persona que difícilmente va a representar a todos los ciudadanos de un país, puesto que es elegido en unas elecciones desde una plataforma ideológica y por su pertenencia a un partido determinado. Es un régimen, por lo tanto, en el que la institución cuya función es manifestar la unidad del país y expresarla en su acción representativa no puede hacerlo más que llevada por la hipocresía, y siempre bajo la crítica del resto de grupos políticos que aspiran, legítimamente, a que a la próxima les toque a ellos. En este sentido es indudable que el modelo sucesorio, que es completamente independiente de las posiciones del monarca presente o futuro, tiene una mayor capacidad de reunir a los ciudadanos al mostrarse de manera unívoca y no partidista.

Sin embargo, se equivoca radicalmente quien desee organizar la política y las instituciones desde una racionalidad desencarnada y ahistórica, que no existe. Esta pretensión es la que da lugar a posiciones ideológicas impositivas e intolerantes que, suponiendo que están en la absoluta posesión de la verdad, se muestran dispuestas a imponer a los demás su respetable pero a menudo simplona y populista manera de pensar. Todo lo contrario, la política consiste en la gestión de la realidad presente sin olvidar el proceso temporal en el que se inserta y el camino de futuro que se anhela. Si se deja de lado el carácter histórico y sentido de las circunstancias, que es lo que constituye a un pueblo y a cada uno de sus miembros, impondremos un modelo ideológico que será ajeno al carácter propio de una sociedad y, por lo tanto, que le resultará intrínsecamente violento.

Por eso el debate al que nos referimos, tal y como se plantea por parte de determinados actores de la política española, es sencillamente absurdo y da cuenta de la baja cualificación de ciertos profesionales de los asuntos comunes, al tomar el arte político como una ciencia que se construye en base a sus etéreos y particulares ensimismamientos. O todavía peor, tal vez no debamos temer la ingenuidad sino la maldad explícita de quienes quieren dotar de de sesgo ideológico a la forma del estado que ha de ser, de suyo, aquello que precisamente no lo tenga.

Esta intención no aboga por una asepsia democrática sino que oculta al monstruo del totalitarismo: se pretende identificar al estado con una ideología, la de algunos, sean más o menos, pero con todos y cada uno. Este camino de odio, división y sufrimiento es justo lo que tenemos que evitar los españoles, y cada pueblo, a toda costa.

Así, precisamente por la insensatez e intolerancia de los que abanderan la república, nos conviene coyunturalmente la monarquía. Es cierto que la abdicación que se nos presenta es, como poco, inoportuna, puesto que los índices de popularidad de la corona han descendido notablemente en la última década y no sin razón. No es el momento de alimentar un debate que puede ser utilizado por quienes carecen de escrúpulos y afecto al bien común. En los últimos tiempos no se ha percibido a la Casa Real como una entidad que vive al margen de los vaivenes políticos y de las tormentas mediáticas que han asolado el país, especialmente por el destape de modelos de corrupción a gran escala que afectan a todos los partidos e incluso a gobiernos sucesivos, como es el caso de Andalucía. Muy al revés. Cuando la corrupción afecta a la clase política de un país de manera generalizada hemos de pensar que es la sociedad en su conjunto la que está podrida por una inmoralidad vuelta ya costumbre, como es nuestro caso. Este chapapote ha llegado hasta Zarzuela y ha atacado los cimientos de la institución.

No obstante, hemos de insistir: la forma de un estado no es una cuestión decisiva, salvo que la coyuntura aconseje o la una (Monarquía) o la otra (República). En nuestra actual situación, y precisamente por el peligro para la vida y la libertad de las personas que supone la intransigencia de los republicanos más visibles (que no los mejores), los españoles hacemos bien en optar por la continuidad. Es cierto que la calculada sucesión a la que vamos a asistir no nos va a refrescar el rostro con los aires de la novedad, pero representa la estabilidad en una democracia que, débil, con necesidad imperiosa de cambios de fondo y si quieren hasta enferma, sólo debe reformarse para hacerla más profunda y no, como algunos pretenden, para birlárnosla. Dios nos salve de aquellos salvapatrias que nos ofrecen librarnos de todos los males que en la tierra abundan, excepto de ellos mismos.

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