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¿Nuestra existencia está sometida a un destino que no podemos cambiar?

Anna Omelchenko/Shutterstock

Aleteia Team - publicado el 31/05/14

¿Estamos predestinados? ¿Dónde queda la libertad del hombre?

1. Dios ha creado al hombre inteligente y libre, y por tanto responsable de sus actos. Por ello, el cristiano no debe creer en el destino, en el sentido de fatalidad, que es un concepto pagano. El pensamiento cristiano es contrario a la creencia en una fuerza ciega que lleve al hombre a un fin determinado.

La mitología griega llamaba al destino el Destino de las Moiras (las Parcas de la mitología romana). Ellas eran la propia condición constitutiva de los diferentes dioses.

Es decir, las moiras atribuían tanto a los dioses como a los hombres sus campos de acción, sus honras y privilegios. Las moiras fijaban a los seres límites infranqueables, en este sentido sus decretos eran inamovibles.

Esta representación, que se encuentra en el “fatum” latino, es anterior al cristianismo. Difunde la idea de que tras los acontecimientos de la vida hay algo inevitable, fatal, que sobrepasa la libertad del hombre. Es como si ciertos hechos y destinos ya hubiesen sido escritos previamente, y que no pueden ser cambiados.

Pero el pensamiento cristiano niega que el mundo y que los acontecimientos de la vida sean producto de una fuerza oscura – unas veces benéfica, otras maléfica– que se impone a los seres humanos.

Para los cristianos, Dios creó el mundo según su bondad y sabiduría; y quiso hacer que sus criaturas, de acuerdo con sus capacidades, participaran de su ser y de su bondad (CIC, n. 295).


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2. Dotado de inteligencia y libertad, el hombre debe responsabilizarse de sus decisiones y actitudes. Así, no puede echar la culpa al destino de las consecuencias de sus propias acciones.

Dios no sólo ha creado al mundo y ha dado la existencia a los hombres y a las mujeres. También les concede la capacidad de contribuir a su obra, o sea, de participar en el perfeccionamiento y en la armonización del mundo. Él ha dado a los seres humanos, dotados de inteligencia y voluntad, la dignidad de actuar por sí mismos, con libertad.

El pensamiento cristiano confiere tal valor a la libertad del hombre, que afirma que ésta es “una señal eminente de la imagen de Dios” (CIC, n. 1705).

Por tanto, si el ser humano es libre para actuar según su inteligencia. ¿cómo podría estar sometido a decretos preestablecidos sobre acontecimientos inevitables en su vida?

Así, el hombre es siempre responsable de sus actos libres, es decir, debe responder de ellos ante la comunidad humana y ante Dios.




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3. En lugar de creer en el destino, los cristianos creen en la Providencia Divina. El hombre fue creado en estado de caminante hacia una perfección última todavía por alcanzar, junto a Dios. Así, la Providencia Divina son las disposiciones por las que Dios conduce a su creación hacia esta perfección.

La perfección final a la que el ser humano está llamado, en la vida eterna, consiste en participar de la plenitud del amor que es Dios (CIC, 221).

Esta comunión con Dios supera la comprensión y la imaginación. La Biblia habla de este estado con imágenes: Paraíso, Jerusalén celeste, casa del Padre, felicidad, luz, vida, paz (CIC, 1027).




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Pero aquí en la vida terrena, los hombres y mujeres han sido creados en estado de camino hacia esa perfección última. En este camino, Dios no abandona al ser humano a su propia suerte, sino que lo sostiene, auxiliándolo en la guía de su vida.

Esta relación expresa la dependencia del hombre respecto de su Creador. Reconocer esta dependencia no significa poner en entredicho la libertad humana o hablar del destino como fatalidad. Se trata de un acto de humildad, fuente de sabiduría y libertad, alegría y confianza (CIC 301).

Por tanto, el modo de guiar a sus criaturas con sabiduría y amor – teniendo como meta la perfección última junto a Dios – es lo que se llama Providencia Divina.

En este sentido, los cristianos creen que su destino es acoger esta invitación a vivir la felicidad perfecta con Dios, respondiendo todos los días a su amor.

Como indicaba san Agustín: rezar como si todo dependiese de Dios, pero actuar como si todo dependiese de uno mismo. En otras palabras, los cristianos son más felices cuando se confían a la Providencia Divina. Los cristianos creen y confían siempre en ella.




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