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Lo que enseñan los éxitos y lo que enseñan los fracasos

© Gaston Ferreyra / Flickr / CC
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​De los fracasos podemos aprender a no desfallecer, de los éxitos el valor del esfuerzo y de la fe hasta el final, y el respeto al caído y el amor al que no posee

 
Estamos hechos para el cielo, para la eternidad. Y allí no hay vencedores ni vencidos. Allí está Aquel que le da sentido a la vida. El que eleva lo humano hasta lo eterno.
 
Allí, estaremos con Él para siempre y nuestra historia tendrá sentido. Porque a su lado, entonces, miraremos la vida con sus ojos, descubriremos sus huellas bajo las nuestras y sus manos sujetando nuestros miedos.
 
Comprenderemos muchas cruces que aquí nos parecían incomprensibles. Desentrañaremos los misterios que en la tierra eran confusos. Porque aquí, en el camino, sólo saboreamos algo de lo que será la vida eterna. Un poco de luz, de esperanza.
 
Jesús nos muestra el camino, nos enseña a vivir. Él lo tuvo todo y lo perdió todo en la cruz. Se vació, fracasó ante aquellos a los que había amado. Lo tuvo todo en sus manos, el éxito, el seguimiento de muchos, los milagros que podía hacer, el amor de los hombres, sus palabras escuchadas por tantos.
 
Y luego, no tuvo nada, lo perdió todo de golpe, no retuvo, abrió sus manos, se entregó sin miedo. Amó hasta el extremo. Y en el extremo fue herido de muerte. Lo perdió todo, y, al perderlo, lo ganó para su Padre. Sí, nos ganó para Él. Nos hizo suyos para siempre.
 
Y luego, con los brazos abiertos, abandonado en la cruz, solo, lo entregó todo, desnudo, pobre, herido. Perdió todo lo que tenía. Su nombre, su fama, su orgullo, su dignidad. Murió como un malhechor, como un delincuente. No se defendió. Guardó silencio cuando lo acusaban. Todo por amor. Colgado en un madero.
 
En nuestras luchas humanas siempre hay vencedores y vencidos. Hay orgullo y humillación. Gloria y desprecio. A veces rechazamos a los vencidos. Los olvidamos. Los menospreciamos. Porque no están en la cresta de la ola. Porque no viven el éxito. Porque van en el vagón de los perdedores y no tienen nada que darnos ni enseñarnos. Porque no se pueden defender, han fracasado.
 
Pero la vida es más que eso. La Iglesia no se construye con el éxito de algunos, sino con el trabajo humilde de todos. Las manos unidas. Con una misión común desde el amor. Trabajando los unos en los otros.
 
Como decía el Padre José Kentenich: «Estar profundamente uno en el otro, en lugar de uno contra el otro. Yo en ti, tú en mí y ambos el uno en el otro. ¡Qué profunda esta fuerza unitiva en el ser humano!»[1]. Unidos los unos a los otros. Una familia. Imitando el amor del Señor. Porque Jesús se abaja para levantar con misericordia al vencido, al caído, al pobre, al herido, al moribundo.
 
No sabemos hacia dónde vamos. Sólo sabemos que vamos con Él y sólo nos queda confiar. Amar y confiar. Caminar con mucha paz. Jesús no nos deja. Ganemos o perdamos va a nuestro lado, nos sostiene y sonríe. Nos abraza en nuestra pena.
 
¿Qué aprendemos de la vida? ¿Qué nos enseñan los éxitos en la vida, en el mundo profesional, en la vida personal? La humildad. El respeto. El saber levantarse. El soñar despiertos. El amar. El volver a empezar.
 
Cuando no es así, cuando no aprendemos nada, ¿de qué nos sirve tener éxito en lo que nos proponemos si no aprendemos de ellos? ¿De qué sirve el fracaso si no nos enseña a madurar? No valen para nada. Los fracasos nos enseñan a no desfallecer. A seguir mirando hacia delante. Sin perder la alegría. Los éxitos nos enseñan el valor del esfuerzo y de la fe hasta el final. El respeto al caído. El amor al que no posee.
 
Así lo expresa Rudyard Kipling: «Si puedes soñar y no hacer, de tu sueño, tu dueño; pensar, y no hacer de tu pensamiento, tu fin. Si al encontrar el triunfo o el desastre, puedes tratar igualmente a esos dos impostores; Si soportas escuchar la verdad que tú has dicho falseada por pillos que hacen de ella una trampa para los necios; Si puedes ver rotas las empresas a las cuales has dado tu vida, y bajarte después a reconstruirlas con las herramientas melladas. (…) Entonces la tierra es tuya con todo lo que contiene, y lo que es más importante, serás hombre, hijo mío». Cristo vence siempre en nosotros. En nuestra muerte Él sale victorioso. En el dolor nos salva.

 


[1] J. Kentenich,
Educación mariana, 1934
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alma
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