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​3 peligros para quien está saliendo de la adicción a la pornografía

Houdoken
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A poco que bajemos la guardia, los problemas volverán

No sé si os habréis dado cuenta que para los que hemos salido de la pornografía hay una lucha de todos los días. Una atención constante. Sabemos que a poco que bajemos la guardia los problemas volverán.
 
“¿Sabemos?”. No siempre. Hay tres problemas que creo que son fundamentales para quien está viendo la luz del túnel:
 
1. La confianza: “Estoy saliendo. He salido. ¡Qué alegría y felicidad!, ¡proclamémoslo a los cuatro vientos! (sólo a los vientos que conocían nuestro problema, claro)”. Nuestro tiempo pasa y bajamos la guardia. La tensión continua
nos ayudó.
 
Abandonamos “Juego de pornos”, que tanto nos gustaba. Era muy profunda: espadas y camas. Supimos dejar de lado algunos periódicos deportivos con fotos que no venían a cuento. Bajamos el ordenador al comedor para estar acompañados. Nos quitamos internet del Ipad o le pusimos un guardián (eso dolió), etcétera.
 
Pero nunca estás a salvo. He vivido algo diferente a los demás, y a menudo lo olvido. En mi caso ya era muy complicado ver a ciertas mujeres y admirar objetivamente la belleza de sus cuerpos. “Como había salido ya -me decía- puedo hacerlo como cualquier hombre más. No es justo que no deba…”. Sí y no. ¿Tienes el discernimiento para separar ambas cosas? Esto me lleva al segundo problema:
 
2. La “ruleta rusa”. Alguna serie volvió a la tele (quizás no todavía “Juego de pornos”, esa aún escuece), internet libre apareció de nuevo en nuestros dispositivos. Como ya no ocurre nada, voy a mirar algo, quizás de refilón, porque, al fin y al cabo, me gustan las mujeres.
 
Igual ocurre con las portadas de revistas, lugares donde crees que puede haber algo. “Se trata solo de mirar de pasada, luego lo cierro. Al fin y al cabo estoy curado”.
 
3. “Un día malo”. Sabemos que lo tiene cualquiera, pero cada uno se desahoga a su manera. En mi pasado la huida era sencilla. Sabía que había algo que nunca fallaba. Siempre estaba ahí, esperándome. Me ofrecía una seguridad y no necesitaba de nadie.
 
Vuelves a casa. El día ha ido fatal. “Ha sido un día de aquellos”, te dices. Algo en el trabajo. Discusión con el jefe. Algún ridículo por el camino. Problemas de dinero. Cansado físicamente. Llegas a casa y no te espera el descanso del guerrero, sino guerrear sin descanso; los demás también han tenido un mal día.
 
“¡No puedo más! Voy a ver un capítulo de mi serie favorita y me meto en la cama para no salir jamás”. Este es el tiempo más peligroso. Yo he sido entonces más vulnerable. Cuando depresivamente estás hasta las narices de todo lo que antes era vital, ahora parece no importar tanto. Sería tan fácil recurrir a ciertos placenteros hábitos…
Bueno. Aunque lo parezca este no es un post negro. Yo he encontrado pastillas para estas tres dolencias. La confianza es irreparable, cierto. Yo rezaba. Otros tendréis otras maneras. Sin embargo, a veces he caído. Repito, “he caído”, pero ¡no soy esclavo!
 
No es lo de antes. Ahora quiero salir, ahora he visto QUE SE PUEDE SALIR. Ahora sé el daño que me hace. Ahora sé que tenemos amigos aquí. Caer y levantarse. No hemos vuelto al pasado. Eso es mentira. Volvamos a las armas, eso sí.
 
Es un toque de atención del que debemos aprender algo. Nunca estamos a salvo porque somos “sólo” hombres (o mujeres), pero sabemos distinguir el bien del mal y sabemos qué hay que hacer. Estamos juntos, no lo olvidéis.

Artículo publicado en el blog porquesepuede

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