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¿Qué tal? No es obligatorio responder «¡Bien!»

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 23/05/14

Tal vez no sea así porque la felicidad no es ese estado permanente de paz infinita, se compone de momentos, luchas, sueños,...

A veces, en medio de la vida, entre carreras y pausas, nos detenemos. Miramos la vida, la nuestra, la de los otros. Observamos, meditamos, callamos.

Siempre me quedo confuso ante la pregunta que la vida nos hace: « ¿Qué tal estás?». Como si la pregunta tuviera trampa o viniera ya con la respuesta incluida. Como si en cada instante uno tuviera que responder que bien, que las cosas marchan, que somos felices.

Pero tal vez no sea así. Porque la felicidad no es ese estado permanente de paz infinita que nunca alcanzamos. La felicidad se compone de momentos, de luchas, de sueños, de fracasos, de tentativas, de esperas, de descansos, de encuentros, de sorpresas.

A veces podemos pensar que nuestra vida es gris. Y recuerdo entonces el relato de Giovanni Papini en el que escribía sobre su viejo reloj parado a las siete. Ese reloj, dos veces al día, se unía a todos los relojes que en su loca carrera de la vida se detenían un momento en ese punto. El resto del tiempo permanecía inmóvil, inútil, inservible. Pero había dos momentos en los que todo encajaba y tenía sentido.

El escritor sabía que la vida se compone de momentos en los que nos sentimos plenos, descubrimos un sentido, disfrutamos y soñamos: «También yo estoy detenido en un tiempo. También yo me siento clavado e inmóvil. También yo soy, de alguna manera, un adorno inútil en una pared vacía. Pero disfruto también de fugaces momentos en que, misteriosamente, llega mi hora. Durante ese tiempo siento que estoy vivo. Todo está claro y el mundo se vuelve maravilloso. Puedo crear, soñar, volar, decir y sentir más cosas en esos instantes que en todo el resto del tiempo. Estas conjunciones armónicas se dan y se repiten una y otra vez, como una secuencia inexorable».

Pero junto a esos momentos de luz, de plenitud, hay muchos momentos de silencio, de espera, de aguardar, de anhelar. Así es la vida.

Y cuando pretendemos vivir todo con la misma intensidad, cuando le pedimos a la vida lo que no nos puede dar, cuando nos desesperamos al ver que no tenemos esa felicidad de la que tanto hablamos, entonces, al ver que en muchos momentos del día no coincide nuestra hora con la de la vida, podemos ponernos tristes y desesperarnos.

Hoy pensaba que mi vida tiene muchos momentos de luz. Ojalá tuviera dos momentos al día como mínimo, como ese reloj parado. Serían muchos. Lo importante es pensar que Dios también está en esos otros momentos de cansancio, de rutina, de olvido, de neblina.

Sí, allí sigue, caminando, sosteniendo mi vida. Abrazando mis silencios. Alegrando mi espera. Sí, allí, cuando nadie parece verlo, yo lo veo. Sonrío y me alegra esperar. Y sueño fuerte. Y anhelo con ansia. Y quiero que me pregunten « ¿Qué tal?» para responder que estupendo.

Y agradezco por la vida. Aunque a veces no entienda. Aunque a veces camine sin respuestas. Y construyo con mis palabras. Y sostengo vidas que tiemblan. Y me levanto y me alegro. Y miro callado, deseando. Y tengo luz y tengo sombras. Noches y días. Lluvia y sol. Como la vida misma.

Y el reloj me recuerda que estamos hechos para lo eterno. Y que en la vida vislumbramos tenuemente lo que seremos.

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