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Si quieres hacer grandes obras…

© Ángel Raúl Ravelo Rodríguez / Flickr / CC
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Jesús nos asegura que haremos milagros sólo si nos vinculamos a su persona, si no dejamos de amarle en nuestra vida

Jesús nos dice que si permanecemos en Él todo será distinto. El que permanece en Cristo hará obras grandes, hará las mismas obras de Cristo en su vida.
 
Por lo general creemos más en las obras que en las palabras. Es verdad que un acto puede estar motivado por diferentes intenciones. Pero los actos dicen más que las promesas. Es la realización de un deseo. La muestra de un amor real y sincero. Los deseos y las ideas son importantes, pero han de plasmarse en la vida.
 
Decía el Padre José Kentenich: «Contemplen la vida de los santos. Ellos siempre tuvieron grandes ideas. La Iglesia primitiva abrazaba con fervor grandes ideas y esas ideas estaban vivas. Una gran idea educa un carácter firme»[1].
 
Las ideas, en un corazón que aspira a la santidad, se acaban plasmando en obras de vida. Los ideales nos hacen soñar con las cumbres. Los sueños nos sacan de una vida aburguesada y mediocre.
 
Se trata de ideales que superen nuestra capacidad. Que nos desborden y entusiasmen. Pero ideales que nos mantengan firmes, como decía el Padre Kentenich: «Tenemos que sostener ideales y no oscilar de un lado a otro»[2].
 
Los ideales nos centran, nos marcan un rumbo, ponen ante nuestros ojos una meta. En este mundo que cambia tanto, tener ideales sólidos nos da estabilidad en el camino. No vamos cambiando de principios dependiendo de con quién nos encontremos.
 
Los ideales nos ayudan a no bajar la guardia, a estar atentos y a mantenernos en forma. Son los ideales que descansan en Cristo. Porque Jesús ¡encarnó tantos ideales reconocibles en sus actos! Allí se manifestaba su poder. Sus milagros hablaban de su condición de hijo de Dios. Sus obras fueron fecundas.
 
El hombre busca los frutos, las obras, los hechos. Quiere ver en seguida el fruto de sus actos. Las obras importan. Marcan la diferencia. Un amor sin obras es un amor que se enfría. Una fe sin obras es una fe muerta.
 
Jesús nos promete que si permanecemos en Él, si vamos continuamente hasta Él como nuestra fuente, si lo buscamos y lo anhelamos, nuestras obras serán como las suyas y aún mayores. Promete fecundidad, promete que haremos milagros.
 
Siempre me sorprende esta promesa. Cuesta creerlo. Hacer lo que Él hace y aún obras mayores. Cuando conocemos tan bien nuestros límites y debilidades. Pero Jesús nos asegura que haremos milagros sólo si nos vinculamos a su persona, si no dejamos de amarle en nuestra vida.
 
Cuando nos alejamos del Señor nuestras obras pasan a ser sólo nuestras y pierden su poder. Señalaba el Padre Kentenich: «Uno de los ‘cánceres’ de la educación actual es que el hombre cree ante todo en sí mismo y en sus propios métodos humanos y no tiene la fe necesaria en el soplo del Espíritu Santo y la apertura de los hijos de Dios. Fíjense la meta más alta y se asombrarán de los resultados»[3].
 
Los ideales se plasman en obras. Obras que son fruto de la fe en la fuerza del Espíritu Santo. Obras que hablan de Dios, que conducen a Dios. Cuando nuestros actos son fruto sólo de nuestras capacidades, su poder es reducido. Cuando nuestras obras proceden de la actuación del Espíritu Santo en nosotros, es otro su poder, otra su fuerza.
 
Cuando seguimos a Jesús en el camino, descubrimos el verdadero rostro de Dios, que es el rostro de un Padre. Nosotros queremos ver su rostro, nos gustaría tener certezas. Tal vez llevamos ya mucho tiempo con Jesús y no lo conocemos. Quien ve a Jesús, ve al Padre.
 
En su vida Jesús pasó reflejando el rostro misericordioso de Dios. Sus actos, sus palabras. En ellas se escondía la mirada del Padre.
 
Pienso en el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo. Él tampoco conocía a su padre. Llevaba toda la vida con él, compartía con él cada día la comida, sus sueños, pero no conocía su misericordia, su amor.

 
A veces pasamos por la vida sin darnos cuenta. Jesús está con nosotros y tampoco lo reconocemos. No descubrimos su rostro. No palpamos sus rasgos. Tenemos una imagen distorsionada de Dios. No creemos en su misericordia infinita, lo vemos como un juez. Pensamos que es justo y hace justicia.
 
Pero Jesús es ante todo un padre misericordioso. Es un amor que se abaja y nos levanta. Queremos conocer a Jesús, pero, para eso, es necesario entregarle nuestro corazón como hacía una persona: «Hoy quiero darte mi corazón partido. Quiero que transformes mi tristeza en alegría, mi desesperanza en esperanza, mi oscuridad en luz, mi egoísmo en generosidad, mi debilidad en fortaleza. Pongo mi amor frágil y desordenado en tus manos, Señor».
 
El amor de Jesús nos salva, nos sostiene, nos levanta. Es un amor que nos prefiere, que nos elige, que nos busca sin descanso. Su amor hoy se manifiesta en su Iglesia. Allí el hombre ve a Cristo, ve el rostro misericordioso de Dios.
 
La Iglesia es el sacramento de Cristo. Es una comunidad viva, santa y pecadora. Es verdad que muchas veces la gente no ve en nosotros el rostro del Padre misericordioso. Ven nuestras obras y no creen. Escuchan nuestras palabras y su corazón no arde. Se sorprenden al ver nuestra miseria. Se asustan al ver la fragilidad del que cree. No ven el rostro de Dios, ni su verdad, ni su amor.
 
Pero Dios sigue confiando y construye la Iglesia sobre nosotros, sobre nuestra fragilidad.

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