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La felicidad aquí es posesión y renuncia, logro y fracaso

© Emilia Garassino / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 21/05/14

Nos amargamos soñando en lo que podría llegar a ser, pero si aprendemos a mirar la vida en presente y soñamos sin dejar de caminar, todo cambia


Me encanta la imagen del camino. En el camino no vemos el final. Hemos perdido de vista el comienzo. Cuando recorro el camino de Santiago me encanta detenerme y mirar hacia atrás. Mirar el bosque pisado, la montaña que se pierde en la lejanía. El corazón se ensancha y se alegra al ver todo el camino recorrido.

Es bonito saborear los metros, los instantes del camino. Esa piedra en la que descansamos. Esa vista que sólo se da en el lugar exacto en el que nos detenemos.

También impresiona mirar hacia delante. Parece mucho lo que nos queda. Pero apenas podemos ver algunos metros. Intuimos la llegada, pero no nos importa su lejanía. Nos importa el siguiente paso. La subida, la bajada. Miramos y no es mucho lo que vemos. No vislumbramos el final, poco importa. Todavía está lejos. Confiamos.

La siguiente etapa es la importante. No la meta que no logramos ver y nos sabemos cuándo será.

El camino me enseña mucho de la vida. Me detengo si estoy cansado. Me asombro de la belleza del paisaje. Bebo agua. Descanso. Rezo en silencio.

La vida es así. Un camino de momentos, de miradas, de paradas, de instantes, de sorpresas, de asombro, de decisiones rápidas, de pausas y respiros. Un camino de sufrimiento, de esfuerzo, de exigencia, de paz y alegría. Un camino de sencillez, de esperanza, de anhelos.

Ojalá uno pudiera vivir siempre así, paso a paso, sin dejar de caminar. A veces nos amargamos por lo que nos falta, por lo incompleto. Nos detenemos desilusionados con la vida.

Me impresionan siempre aquellas personas que nunca están satisfechas. Viven con nostalgia por lo que no poseen. Como si justamente lo que no les pertenece fuera lo que les faltara para ser felices. Me recuerdan un cuento que contaba el sicólogo Jorge Bucay en Déjame que te cuente.

Habla de un rey que lo tenía todo, pero siempre estaba inquieto e infeliz. Nunca nada era perfecto en su vida y sufría. Su criado, sin embargo, que tenía mucho menos, parecía estar siempre feliz y entraba en la estancia cantando.

Eso le sorprendía y maravillaba al mismo tiempo. Un día le preguntó y él le contestó: «Es sencillo. Vivo con un trabajo agradable. Vivo con mi familia en la casa que el rey pone a mi disposición. Disfruto de la vida. ¿Qué más puedo pedir?».

No creyó que aquello fuera suficiente para ser feliz. Preguntó a un hombre sabio y él le dijo: «Es que todavía no ha entrado en el círculo de los 99». El rey lo miró sorprendido. Y el hombre sabio le dijo que si quería lo introduciría en ese círculo. Pero que así perdería un criado.

Le dejó una bolsa con 99 monedas de oro a la puerta de su casa. El criado la descubrió y, al contar las monedas, vio que eran 99. Se extrañó, buscó por toda la casa y se amargó pensando que le faltaba una. ¿Cuánto tiempo necesitaría para ganar la moneda que le faltaba para tener 100?

Así su vida sería perfecta. Desde ese momento perdió la felicidad, porque nunca alcanzaba la perfección. Vivía agobiado, corriendo, trabajando, persiguiendo desesperado una meta inalcanzable. Había dejado de ser feliz.

Así nos pasa en la vida. Nos amargamos pensando en lo que no tenemos, en lo que podía llegar a ser, en lo que nos falta para ser totalmente plenos y felices. Miramos nuestra vida y no nos alegramos, siempre nos falta algo para estar completos. Y como nunca llegamos a la perfección, nunca somos felices.

Por eso es la felicidad del camino aquella en la que creemos. La felicidad de cada etapa, de cada día, la felicidad cotidiana que vive sin buscar la satisfacción de todos los deseos. Que vive logrando y anhelando, poseyendo y renunciando.

En la renuncia, cuando lo hacemos siguiendo la voz de Dios que nos conduce, hay una fuente de vida que a veces no valoramos. Es la felicidad del peregrino que se sabe en camino hacia la meta final de su vida. Que posee y renuncia, y sabe despojarse para volar más alto.

Cristo es ese camino en el que podré ser feliz. Allí sale a mi encuentro en cada paso, no está lejos de mí, camina a mi lado. Él tiene respuestas a mis interrogantes de hoy, a esas dudas que me inquietan. Aparece en mi momento presente, no en el futuro, justo cuando más lo necesito. Sostiene el cansancio de hoy, mis miedos hoy, mis preguntas a veces sin respuesta. Va a mi lado sin que yo me dé cuenta.

Descansa cuando descanso y apresura el paso si corro. Si aprendemos a vivir así, aquí y ahora, todo cambia. Si aprendemos a mirar la vida en presente, y soñamos sin dejar de caminar, todo cambia.

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