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Chesterton, el apologista que supo defender a la Iglesia sin esconder sus pecados

© DR
Famosa foto del debate entre G.K. Chesterton y Bernard Shaw moderado por H. Belloc, 
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El autor de Herejes, animaba a hacerlo así a sus lectores: "Yo tomo el cristianismo histórico con todos los pecados que arrastra"

¿Cómo conocemos las cosas?

Chesterton observa la realidad desde el punto de vista de la Creación. Los hombres, apunta, nos hemos cansado de ver al Creador detrás de las cosas.

“La realidad se le ha hecho familiar al hombre y, como consecuencia del primer pecado, se ha acostumbrado y le produce fatiga. Pero, si las cosas las viera por primera vez, desde el más ateo al más religioso, caería de rodillas temblando con temor reverencial”.
         
Chesterton, muy aficionado a hacer dibujos, siempre llevaba consigo una caja de lápices de colores y unos pedazos de papel. “El blanco- afirma- es un color”. En el artículo Un trozo de tiza, publicado en el Daily News, decía:

“En pocas palabras, Dios pinta con una amplia paleta pero nunca con tanta hermosura, y casi diría que tan llamativamente, como cuando pinta con el blanco ”. 

Pero a veces el fondo oscuro se rebelaba. La Iglesia precisaba ser defendida de los ataques que recibía.
                 
Chesterton, el apologista: Defensor de la Iglesia          

“Aún no ha nacido el santo inglés que lave las llagas a un leproso”, solía decir Chesterton con ironía. Ciertamente, el perfil de los conversos ingleses hasta él era muy intelectual y no tenían, al menos los más conocidos, ese carisma concreto.
                 
Pero el prolífico escritor, sí hizo eso con la Iglesia. Era un apologista. Defendió a los católicos reconociendo todos sus pecados desde el primer día. Aceptando la Iglesia visible "como cualquier otro producto humano desagradable".
                 
El autor de Herejes, animaba a hacerlo así a sus lectores: "Yo tomo el cristianismo histórico con todos los pecados que arrastra."
                 
¿En qué se basa la defensa que realizó de la Iglesia? En que esa sociedad tiene un carácter sobrenatural.  Si el Cristianismo fuese un mero invento humano, explica en El hombre eterno, hubiera caído ya hace tiempo en la historia.
                 
“Cuando Cristo –escribe con su personal estilo-, en un momento simbólico, estableció su gran sociedad, eligió como piedra fundamental no al brillante Pablo ni al místico Juan, sino a un confuso, un snob y un cobarde; en una palabra, un hombre. Y sobre esa roca construyó su Iglesia, la cual subsiste mientras ha ido viendo caer los reinos y los imperios que habían sido fundados por hombres fuertes sobre hombres fuertes”.

Amamos tanto a Chesterton

Esa pericia defendiendo a la Iglesia, además a la Gracia, se debía a las aptitudes que había adquirido en una de sus aficiones: los debates. En una ocasión, Gilbert tenía cita para celebrar un debate con otro caballero, defendiendo la postura católica y la anglicana, respectivamente. Llegada la hora, su adversario no se había presentado. Chesterton empezó a defender el catolicismo. Su oponente seguía sin presentarse. Tranquilamente, Gilbert se levantó, se sentó en el otro lado de la mesa y comenzó la réplica, defendiendo el anglicanismo. Terminada la misma, volvió a su lugar y comenzó a rebatir, punto por punto, su anterior alegato. Todo ello, durante el tiempo que se había previsto originariamente para el debate.
                 
Desde el mismo momento de su fallecimiento, hay voces, abundantes que reivindican la beatificación del escritor inglés. No hay proceso de beatificación en la actualidad, pero sí un interés preliminar, una predisposición para estudiar el caso por un Obispo inglés. Lo importante para la Beatificación es un milagro por su intercesión.
                 
Los que queremos tanto a Chesterton, nos gustaría que fuera Beato. Aquel joven inglés, Gilbert, que se enamoró de la Iglesia y, como los obreros de la viña de la última hora de la Parábola, se puso a trabajar esa viña con los que habían entrado de mañana, y percibiría su salario y, esta vez, los otros operarios no se quejarían, sino que le darían honores. Sólo era necesario un milagro. Un siglo después, como en aquel divertido debate, él volvía a tener la última palabra. Parecía que en la fiesta del piso de arriba se lo estaban pasando bien. 

 

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