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Ortega Lara cuenta cómo sólo la fe impidió que se suicidase en su secuestro

© Contando Estrelas
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Los fragmentos que hablan de Dios, fe, vida y familia

Dentro discutía con Dios: ´Haz por lo menos que me maten´´: así titula el diario El Mundo su larga entrevista con José Antonio Ortega Lara, funcionario de prisiones que ETA mantuvo secuestrado 532 días en un cubículo diminuto, húmedo y a oscuras la mayor parte del tiempo. La entrevista, que firma Pedro J. Ramírez, se puede leer completa AQUÍ.
 
En ella habla de diversos temas: su secuestro, su recuperación, su militancia política en el PP y, al desencantarse de esta formación, en Vox… En ReL seleccionamos a continuación los fragmentos que se refieren a su experiencia espiritual y su fe católica, y también lo que se refiere a la defensa de la vida y la familia.
 
[…]
 
-Si hubiera sido una ballena [en vez de un zulo, un agujero], habría sido más generosa en determinados aspectos. Lo digo por Jonás… -dice Ortega Lara.
-¿A qué se refiere?
-A Jonás lo devolvió la ballena a la playa. A mí me tuvo que ir a sacar la Guardia Civil.
-¿Se sintió como Jonás?
-En el sentido de ser un desgraciado, sí. Pero nunca tuve la esperanza de que ellos fueran a escupirme al exterior.
 
[…]
 
-El próximo 17 de enero se cumplirán 18 años de aquel día…
-El día de San Antón. A veces me siento como una mascota porque es el día en que se bendice a los animales… Me acuerdo perfectamente. Me abordaron dos personas. Una me puso una pistola en la cabeza. Me dijo: «Necesitamos tu coche, huimos de la Policía…». Yo le di un empujón: «¡Déjame en paz!». Me volvió a apuntar. Le di otro empujón. Volvieron otra vez. A la tercera ya no reaccioné. Pero quisieron ponerme un sedante y no me dejé. Grité. «Bueno, no importa», dijeron. Entonces me ataron las manos a la espalda, me amordazaron, me taparon los ojos y me metieron en el maletero de mi coche. Ahí empezó la pesadilla.
-Cuando le quitaron la venda…
-Ya estaba dentro del zulo, de la ballena, de lo que sea…
-¿Cuál fue su primera sensación?
-De incredulidad. En aquella especie de sarcófago que había en el camión que me trasladó ya fui consciente de que era ETA. Pero luego, allí abajo, entré en una especie de shock, me costó semanas aceptar que quien estaba allí era yo.
-¿Cómo lo superó?
-Me aferré a tres cosas: a mi familia, hablando todos los días en voz alta con mi mujer, a la oración y al sentido del método que me enseñaron los salesianos. Todos los días igual: te levantas, te aseas, haces los estiramientos, lees, rezas, limpias el habitáculo… Aunque tuviera el alma dolorida y el cuerpo destrozado nunca abandoné ese método.
 
[…]
 
-Usted ha comentado que se le pasó por la cabeza suicidarse, ¿pero hasta qué punto llegó a madurar la idea?
-Lo programé, lo preparé y lo ensayé.
-¿Cómo que lo «ensayó»?
-Sí, dos veces. La primera cortándome estas venas de la mano, aquí en la parte posterior de la muñeca. Sangré mucho y me desmayé. […]
-¿Y el segundo «ensayo»?
-Fue el más definitivo, por decirlo así. Pasaron unos 15 días. Se acercaba ya el 27 de junio, que era nuestro aniversario de boda. Era la fecha que me había puesto como límite. Trencé una cuerda con jirones de bolsas de basura de plástico, me la puse al cuello, la colgué del clavo del que pendía la hamaca en la que dormía, apoyé la silla sobre dos patas, me até las manos a la espalda y…
 
[…]
 
-¿Si no fuera creyente se habría suicidado?
-Con toda probabilidad. Para un creyente el suicidio es lo más degradante, lo más humillante. Cada vez que me lo planteaba me sentía fatal conmigo mismo. Pero aquel dolor era insoportable.
-Debió ser un conflicto desgarrador.
-Siempre discutía con Dios. Luego me arrepentía, me disculpaba y volvíamos otra vez, así día tras día. Al final le decía: «Hombre, por favor, dame una salida. Si no consideras oportuno que salga de aquí vivo, haz por lo menos que me maten. No hagas que tenga que acabar yo mismo con mi vida».

-Eso mismo es lo que le pedía a Dios uno de los personajes de El Maestro y Margarita de Bulgakov cuando Cristo estaba en la cruz: «Dale una salida».
-¿Pensó en algún momento que lo suyo era como la Pasión…?
-Sí y me enfadaba con Él: «Lo tuyo duró tres días hasta la Resurrección. Pero yo llevo aquí 300, 400, 500 días y no me das ninguna solución». Al día siguiente hacía de tripas corazón y le decía: «Perdona, es que estoy muy enfadado… pero tengo motivos para estar enfadado, ¿no?».
-¿Llegó a compararse con Jesucristo en la cruz?
-Me sentía como el más desgraciado de los hijos de Dios. ¡Pero cómo me voy a comparar con Jesucristo…!
-En el sentido de que la Redención es pagar por los pecados ajenos, sacrificarse por los demás…
-Durante un tiempo me sentí útil. Pensaba que mientras estuviera allí a ningún otro compañero le iba a pasar lo que a mí… Pero todo tiene un límite. Llega un momento en que más que un ser humano eres casi un guiñapo y eso me aterrorizaba…
-Hasta pensar que Dios le había abandonado…
-Había que estar allí, en aquellas circunstancias, en aquel momento, en absoluta soledad, en medio de aquella humedad, con dolores físicos y el alma destrozada. Sufriendo, sufriendo y sufriendo todos los días…
 
[…]
 
-¿Cuántos hermanos eran?
-Éramos siete… Bueno y mi hermana melliza que murió al nacer… y a la que me hubiera gustado tanto conocer.
-No sabía que su parto hubiera sido de mellizos. ¿Qué pasó?
-Yo nací primero. Ella murió de asfixia. No llegó a nacer.
-Su hermana melliza nació muerta…
-Sí, mi madre siempre me decía: «Tú, como eras tan pequeño que no valías un comino, te colaste el primero; y ella, que era más hermosa, se asfixió».
-¿Durante el secuestro hablaba alguna vez con su madre?
-Sí. A mis padres les rezaba mucho. Les decía: «Oye, a ver si podéis echarme una manita desde donde estáis para que esto se solucione…».
-¿Y con su hermana melliza?
-Sí, también hablaba con ella. Me imaginaba cómo sería con mi edad. Más guapa, más inteligente. Por lo que siempre me decía mi madre: «Ella valía más que tú, ella pesaba más que tú, ella era hermosa, tú eras pequeñito, flaco…». Sí, sí… pero bueno, el que estaba allí abajo, haciendo de tripas corazón, era yo. Yo le decía a ella: «Mira dónde estoy yo ahora…».
 
[…]
 
-¿Por qué me ha dicho usted dos veces eso de que allí en el zulo hacía «de tripas corazón»?
-Es que los humanos no somos sólo un trozo de carne. Allá el que no quiera creer en Dios pero tenemos inteligencia, razón… y una dimensión espiritual que nos hace trascender a la muerte. Hacemos camino al andar para que nuestros hijos nos recuerden cuando ya no estemos por algo bueno que hayamos hecho. Yo tengo unos recuerdos estupendos de mis padres y mis abuelos y así es como me gustaría que mis hijos me recordaran también a mí.
-¿Qué oraciones rezaba usted en el zulo?
-Muchos rosarios y a veces el Padrenuestro en euskera…
-¿En euskera?
-Sí, lo había aprendido en los salesianos.
-¿Y lo rezaba en euskera para ver si conmovía a los que estaban arriba?
-No, seguro que ellos eran ateos. Lo rezaba en euskera sobre todo por cambiar después de las avemarías.
-¿Y sigue recordándolo entero?
-Sí, claro: «Gure Aita zeruetan zarena, santu izan bedi zure izena…».
 
[Ortega Lara -escribre Pedro J. Ramírez-, el único ser humano enterrado en vida durante 532 días por dictado expreso de alguien de su misma especie, el único torturado hasta ese paroxismo en nombre de la «liberación nacional de Euskal Herria», el único superviviente que superó año y medio en aquel «campo de exterminio», continúa hasta el final sin balbucear, invocando a Dios en el idioma de sus verdugos. Mentalmente voy imaginando, sobrecogido, la traducción de sus palabras. Cuando llega la última línea -«baina atera gaitzazu gaitzetik… ("mas líbranos del mal…") amén»- suena como un réquiem por todos nosotros -¿cómo hemos podido consentirlo, cómo podemos seguir consintiéndolo?- y ahora soy yo el que siente ganas de llorar.]
 
Artículo publicado originalmente por Religión en Libertad

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