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​¿Qué significa el retorno al velo que vive el islam?

© Ramón Ivanovich Lopez / Flickr / CC

L'Osservatore Romano - publicado el 17/05/14

Una reflexión sobre los cambios en las nuevas generaciones islámicas

Amira está sentada fuera de un bar del centro de Milán. Vestida con vaqueros y camiseta, tiene los ojos maquillados. Bromea y ríe con sus amigas antes de comenzar a recorrer las calles comerciales.

Una escena normal en la tarde primaveral de un sábado, salvo por un detalle que llama la atención de algunos transeúntes: Amira tiene la cabeza cubierta con un velo de color azul intenso y llamativo.

Al preguntarle por el velo, responde que lo ha elegido ella. Su madre, que llegó hace mucho de Argelia, jamás se lo puso, y se sorprendió por la decisión de su hija.

En la escuela algunos la miraban de reojo, pero ella no desistió: “El velo dice quién soy, en qué creo, de dónde vengo. De todo esto no me avergüenzo”, afirma. “Por lo demás –añade sonriendo–, ¿no cree que me queda muy bien?”.

En Egipto, hace algunos meses, durante el telediario del mediodía la conductora apareció perfectamente maquillada, con una elegante chaqueta negra y un hiyab color crema envuelto alrededor de la cabeza.

Era la primera vez que una periodista velada aparecía en la televisión pública, y el gesto causó sensación. “El velo no cuenta. Finalmente también aquí el criterio no es lo que vistes sino lo que sabes hacer”, respondía a quienes, sorprendidos, le preguntaban.

En realidad, su imagen había causado sensación porque, aunque muchas mujeres trabajan en la televisión con la cabeza cubierta, hasta aquel momento ninguna había aparecido en la pantalla.

El velo no congeniaba con la imagen de un Egipto que quería afirmar un Estado y un Gobierno laicos, a pesar de que en muchas zonas del país y en la misma periferia de El Cairo la tradición era muy fuerte y se aceptaba.

El velo se usa todavía en Túnez. Hasta hace unos años lo usaban exclusivamente las muchachas de los pueblos y las aldeas, pero ahora es cada vez más frecuente en las grandes ciudades y en las universidades, donde precisamente las jóvenes mujeres modernas, emancipadas y deseosas de trabajar, prefieren aparecer públicamente con la cabeza cubierta.

El fenómeno, que ha nacido ya hace algunos años, ha planteado no pocos problemas.

Mientras que algunos, por ejemplo los miembros de la Association tunisienne des femmes démocratiques, lo habían considerado “inquietante”, la Liga de los derechos humanos había denunciado la agresión a las mujeres veladas por parte de la policía.

Comoquiera que sea, en los últimos tiempos el velo se ha difundido hasta tal punto que el Gobierno ha considerado oportuno atenuar las restricciones previstas por la ley.

Si observamos lo que ha sucedido en estos últimos años en el mundo islámico, podemos hablar de retorno –algunos incluso hablan de revolución–del velo. De todos modos, la costumbre religiosa de cubrirse la cabeza nunca había desaparecido.

Hay países, como Arabia Saudí, Afganistán o Irán, que nunca han abandonado el velo; más aún, no sólo es obligatorio cubrirse la cabeza sino también el cuerpo. Se trata de países donde todas las mujeres llevan el niqab o el burka, donde una mujer no cubierta adecuadamente es castigada con severidad por las leyes o sufre discriminación social.

El retorno del que hablamos es más bien el del niqab, pañuelo o velo, en los países en los que su uso se había dejado a un lado; hablamos de su reaparición en las ciudades y en los ambientes que suelen definirse modernos, cultos y evolucionados, en los países en los que hasta hace poco los Gobiernos sostenían y propugnaban imitar a Occidente.

El velo ya no está relegado a las aldeas, entre las mujeres que permanecen en sus hogares o trabajan en los campos. También las que trabajan y estudian, las pocas mujeres que ocupan puestos de prestigio,

incluso algunas de las que se declaran feministas, han vuelto a usarlo.

Y como ellas lo llevan igualmente las mujeres inmigrantes que viven en países cuya cultura y tradición debería impulsarlas a una rápida homologación, y lo mismo sucede con sus hijas, nacidas después de la emigración.

La pregunta que hoy nos formulamos –y que muchos se formulan–es si este retorno se debe a una elección libre de las mujeres o si, en cambio, lo propugnan los Gobiernos y los Estados en los que actúan con fuerza movimientos tradicionalistas e, incluso, integristas.

Es una pregunta importante que supone otras: si es una elección de las mujeres, ¿qué tipo de elección es? ¿Un simple retorno a la tradición o una afirmación de un modo diferente de manifestar la propia fe?

Si es algo impuesto por los Gobiernos, ¿hay que contrastarlo? ¿Y cómo se deben comportar los países occidentales en cuyas calles se ve a mujeres veladas o incluso completamente cubiertas con el burka o el niqab? ¿Deben aceptar el uso del velo o considerarlo manifestación de sumisión y de esclavitud femenina? ¿Deben oponerse a él?

Es sabido por todos que el debate sobre estos temas ha sido amplio y vivaz en los países occidentales. Decenas de expertos han estudiado este fenómeno.

Renata Pepicelli, estudiosa del mundo islámico contemporáneo, en su libro Il velo nell’islam (Carocci, 2012) nos da la información más importante: el retorno del velo comienza en los años setenta y coincide con un extraordinario florecimiento de la religiosidad.

Las mujeres se cubrían la cabeza y, al mismo tiempo, se construían más mezquitas, a las que acudía cada vez más gente. Este fenómeno fue una sorpresa. Para la gran mayoría, el siglo XX fue la época de la secularización y del redimensionamiento de las religiones.

“El uso del término ‘revolución’ para hablar del renacimiento del velo –explica Pepicelli–tiene justificación, ya que se trató de un fenómeno que tomó por sorpresa a muchos observadores, tanto laicos como religiosos, porque comenzó al final del siglo XX, que, como sabemos, se caracterizó por una tendencia opuesta”.

Según Pepicelli, la inversión de tendencia ha sido y es muy vasta para coincidir con la reactivación del “islam político”: es indicativa de algo más importante y más profundo.

Así pues, el velo ha llegado a ser el símbolo del mundo islámico. Pero también de las dificultades y contradicciones en sus relaciones con Occidente (hay quienes han hablado de enfrentamiento de civilizaciones).

“Nunca antes –escribió Pepicelli–una prenda había hecho discutir tanto”. Y no es una casualidad. En efecto, a través de la discusión sobre el hiyab se afrontan algunos de los problemas más importantes del siglo XXI: el renacimiento del islam, sus relaciones con Occidente, su concepción de la mujer, su idea de cambio.  

A la vez, el velo ha llegado a ser una especie de barómetro de los países en los que se usa: su color, el modo de ponérselo, su negación o su aceptación convencida describen a un país más que muchas palabras.

Muchas estudiosas vislumbran en el retorno del velo una señal de la adhesión a algunos ideales comunes, una especie de florecimiento espiritual que también se ha alimentado de la oposición a Occidente y a la mercantilización del cuerpo femenino.

Algunas investigadoras notan cómo muchas mujeres consideran el hiyab un medio de disuasión del deseo masculino e incluso de protección de la violencia que sufren a menudo.

Otras creen que el velo es la manifestación de una fe femenina autónoma que remite a la relación con Dios y a la sura XXIV del Corán: “Y di a las creyentes que bajen la vista con recato, que sean castas y no muestren más adorno que los que están a la vista, que cubran su escote con el velo y no exhiban sus adornos sino a sus esposos, a sus padres, a sus suegros, a sus propios hijos, a sus hijastros, a sus hermanos, a sus sobrinos carnales, a sus mujeres, a sus esclavas, a sus criados, varones fríos, a los niños que no saben aún de las partes femeninas

”.

Por último, muchos observan que hoy el velo no sólo asume el significado de un acto de fe individual, sino que también indica el retorno de la religión a la esfera pública en los países donde ya se había establecido una separación. Por consiguiente, no es un retorno al punto de partida, sino exactamente lo contrario.

Naturalmente, la cuestión sigue siendo controvertida. Muchos y muchas ven en el retorno del velo la afirmación de un conservadurismo de muchos países de religión islámica y de un nuevo autoritarismo de sus Gobiernos que, aterrorizados por la difusión de los modelos y la libertad de la civilización occidental, intentan mantener de este modo un dominio sobre la población femenina.

El retorno del velo tendría, pues, una explicación más terrena, que poco tiene que ver con la religión y con la fe.

Y, además, el 11 de septiembre ha influido en la manera de leer este fenómeno. En nombre de la reafirmación de la laicidad, en Francia se aprobó una ley que, aunque oficialmente prohíbe el uso de todos los signos religiosos, en realidad apunta únicamente al velo.

En otros países no se ha planteado el problema del hiyab, sino más el del burka y el niqab, los cuales, al cubrir completamente el cuerpo y la cara de la mujer, dificultan –en opinión de muchos–su identificación y, por ende, la seguridad.

En Italia intentaron promulgar una ley parecida, pero la idea no prosperó. Europa está dividida entre unos países que no admiten ningún tipo de prenda que cubra integralmente la cabeza, como Francia, Bélgica y parte de Alemania (la elección corresponde a cada land), y otros que todavía no han afrontado el problema legalmente. Estados Unidos nunca ha prohibido el velo integral, ni siquiera después del 11 de septiembre.

Por Ritanna Armeni
Artículo publicado en News.va

Tags:
islammujerreligión
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